MAGDALENA ANDRADE | EL MERCURIO
Me casé muy enamorada, llena de ideas para hacer juntos, y creo que Sebastián también lo hizo así. En nuestra separación no hubo peleas ni terceras personas, ni una razón que nos hiciera odiarnos. Sólo pasó que un día nos convertimos en dos desconocidos que vivían bajo un mismo techo, pero con sueños diferentes, proyectos diferentes", relata Lorena Álamos -publicista, 32 años-, intentando explicar por qué su matrimonio, que esperaba fuera para toda la vida, alcanzó a durar apenas un año.
Con su ex marido, un publicista argentino radicado en Chile por trabajo, noviaron casi dos años antes de dar el sí. Entonces él recibió una propuesta para trabajar en Argentina y allá todo cambió. "No dudo de que él me quisiera, pero pensaba en él y en su trabajo como primera, segunda y tercera prioridad. Entonces empecé a hacer lo mismo: a trabajar como loca y repetir su patrón como una forma de no estar sola, de no volver a mi casa porque sabría que no encontraría a nadie. La llegada de las vacaciones gatilló la crisis. "Pensé en algunos lugares adonde podríamos ir. Pero Sebastián me dijo que tenía pensado ir con "los chicos" -su grupo de amigos- en bicicleta a la Patagonia, plan en el que yo no estaba considerada. Ahí terminé de darme cuenta de que nunca hicimos el clic de que éramos una familia. Tuve esa terrible sensación de decir: en verdad, ya no lo necesito".
Desde hace varios años, los terapeutas advierten que son cada vez más las parejas jóvenes que viven matrimonios express, que terminan sin ningún otro motivo de fondo más que la insatisfacción que les provoca estar juntos. La mayoría sigue un patrón similar: existe el amor y el deseo, pero no está bien desarrollada la tolerancia a las situaciones conflictivas. "Son parejas que durante el noviazgo evitaron los conflictos y que no toleran estar en estados que les provoquen insatisfacción ni sobrellevar las crisis naturales a todo matrimonio", observa Paula Vergara, terapeuta de parejas del Instituto Neuropsiquiátrico de Chile (INC).
Según el psiquiatra chileno Arturo Roizblatt, también hay dos grandes factores sociales que han acrecentado la menor tolerancia a la insatisfacción dentro de la pareja. "Hoy, el desafío del matrimonio es poder fortalecer el compromiso sin dañar las individualidades, tanto del hombre como de la mujer. Porque, si antes se le pedía al matrimonio una gran dosis de "compañerismo", hoy la lucha entre hombre y mujer es por tener un mayor derecho a la individualidad, a poder vivir mi metro cuadrado".
Estas parejas jóvenes suelen centrar la relación en sí mismos, pues aquello del compañerismo está desprestigiado. Roizblatt cita un ejemplo: "¿Qué pasa en la actualidad si después del trabajo, una mujer le dice a una amiga o un hombre a su amigo?: `No, no voy a ir a tomar algo contigo, porque quiero ver a mi señora o a mi marido en la casa".
Por otro lado, hay una concepción cada vez más efímera que se tiene del matrimonio, en parte por la posibilidad de divorcio y la cada vez menor sanción social que tiene la separación. Esto provoca que el matrimonio hace rato haya dejado de ser percibido como un evento "para toda la vida".
Según Roizblatt, los jóvenes no tienen una conciencia clara del grado de compromiso del matrimonio y a la vez, no terminan de construir el proyecto de vida en común. Eso precipita que los casamientos y los noviazgos son más cortos, lo que complota contra el nivel de conocimiento mutuo que debe anteceder al casamiento. Otro factor de problema es la dificultad de muchos jóvenes para resignificar su relación con sus padres.
Bien sabe Lorena de estas situaciones. Dado el conflicto, ninguno de los dos quiso ceder para recomponer la situación. Como ella era profesional, podía mantenerse por sus propios medios y sintió que no tenían nada más que hacer juntos. "Antes, casarse era para toda la vida; hoy día es una lotería, y al tercer inconveniente uno dice: ¿para qué voy a estar toda la vida soportando a ese tipo si me arreglo sola?"
Era del amor-delivery; no me gusta ésta, traiga otra
En 2004 y por primera vez en la historia, los divorcios superaron a los matrimonios en Uruguay: 14.225 enlaces contra 14.300 separaciones. No hay datos posteriores, pero tampoco sospechas de que la tendencia haya cambiado.
El psicólogo Álvaro Alcuri piensa que el alza de las separaciones encuentra razón en que cada integrante de una relación tiene una idea "consumista" del lazo que los une. "Desde hace varios años, no estamos creando vínculos, estamos consumiendo vínculos. El otro tiene que satisfacer mis deseos, como si fuera un producto que compro, una pizza que pido al delivery", dice.
Tarde o temprano, la crisis llega al menor desencuentro de la pareja y la solución es romper e ir por otro que cumpla con los deseos. "Nos estamos comportando como consumidores insatisfechos. Me llegó la pizza, señor, pero yo la pedí sin aceitunas, pueden enviarme otra; eso mismo estamos haciendo con los vínculos", agrega.
El resultado son relaciones muy débiles porque el vínculo de pareja implica, según Alcuri, un "dar y recibir, se necesita una cantidad de sacrificios y concesiones para que el otro también se sienta cómodo".
Hoy, sin embargo, cada vez hay menos personas dispuestas a esas concesiones. Siempre es más cómodo cambiar la pizza cuando no nos gusta.