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Santa Teresa, el corazón del surf en Costa Rica

Solía ser un pueblo remoto frecuentado por algún aventurero que buscaba tranquilidad, hasta que los extranjeros comenzaron a visitarlo y a quedarse, transformándolo en un popular destino.

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La transformación del pueblo se dio en los últimos 20 años (Foto: Google)

MONSERRAT SÁNCHEZ *

La historia puede sonar conocida. Un pueblo costero. Una playa. Una comunidad que lleva vidas sencillas, con personas dedicadas a la pesca y que, a veces, pasan el tiempo... surfeando. La discreta fama de este pueblo empezó a cambiar hacia los años noventa, cuando llegaron más extranjeros atraídos por los comentarios de otros viajeros que decían que este sitio era especial. Que era tranquilo. Que era el nuevo lugar donde "perderse".

Pasó hace ya tiempo con Montañita en Ecuador. Pasó también hace rato con Pipa en Brasil. Y está pasando ahora mismo con Santa Teresa, una localidad enfrentada al océano Pacífico, en Costa Rica, a la que en mayo de este año The New York Times calificó como "el próximo Tulum".

"A Costa Rica llegué hace 20 años. Acá no había nada". Fabrizio Mosca, argentino, 43 años, el pelo largo y canoso tomado en trenza y luego convertido en un moño que parece tomate, dice esto sentado en su tienda, Ambar Surf Shop, que funciona hace 12 años. Cuando decidieron con su señora establecer este negocio aquí, les costó encontrar un local para arrendar: casi no había construcciones.

"Empezamos ahí dice y apunta al frente, —dice—. Fue de los primeros locales que se construyeron en el pueblo. Esto era un predio baldío. La gente iba a Montezuma a bailar, al bar, porque acá se aburrían.

Mosca dice que todo cambió y creció por una cosa: el turismo internacional. Gente que empezó a llegar en 4x4, que los locales intercambiaban por terrenos. Por eso, hoy prácticamente la mayoría de los negocios son de extranjeros. "Todo lo que ves en el pueblo ha sido por este mar bello que tenemos y por sus olas. Nada más. Porque no tienes nada más. Si acá no hubiera olas, no sería lo mismo", afirma.

A Santa Teresa los surfistas empezaron a llegar en los años 70 y 80, porque en esta costa —decía el dato— se corrían las mejores olas de Costa Rica. La electricidad y la telefonía llegaron mucho después: a mediados de los 90. Y el crecimiento del pueblo se aceleró en la última década: la confluencia de playas de arena blanca, largas olas e innumerables especies de vida salvaje dejó de ser un secreto y transformó al pueblo que alguna vez fue un rincón desconocido.

Lo de las tablas también era un atractivo adicional, en una localidad que ofrecía algo diferente a los circuitos verdes y aventureros que han hecho famosa a Costa Rica (país, se sabe, es célebre por su cantidad de parques nacionales, bosques tropicales, volcanes y por la preservación del medio ambiente). Por eso, Santa Teresa se convirtió en una parada casi obligada en la ruta de los mochileros por Centroamérica.

Aún así, llegar a esta zona sigue siendo complicado. Santa Teresa está casi en la punta de la península de Nicoya, un pedazo de tierra que se adentra en el océano Pacífico, en el extremo Noroeste del país. Para venir en auto desde San José, la capital costarricense, se requieren al menos seis horas y eso si se toma el ferry que cruza de Puntarenas a Paquera o a Naranjo. La otra opción es volar a Tambor. Como sea, desde cualquiera de esos puntos, habrá que recorrer zigzagueantes caminos que suben y bajan y cruzan verdes montañas con cebúes que pastan, para recién alcanzar el camino polvoriento que pone a prueba la resistencia del auto y que une las localidades que conforman esta costa: Mal País, Playa Carmen, Santa Teresa y Playa Hermosa.

El pueblo mismo de Santa Teresa se levanta en torno a esta calle de tierra que tiene apenas algunos tramos pavimentados, flanqueada por construcciones de uno o dos pisos que sirven como sencillos supermercados, hoteles de todo calibre, hostales mochileros, lodges eco-friendly, tiendas de surf y restaurantes.

A pesar de eso, caminar por esta calle sigue sintiéndose como un respiro frente a cualquier ciudad, con extranjeros bronceados y livianos de ropa que ya se sienten tan locales que parecen haber asimilado la amabilidad y el carisma costarricenses.

Como sea, algo perdura de la atmósfera que este pueblo tenía hace unas décadas. Mosca, el argentino que llegó de Buenos Aires en 1997, dice en su tienda de surf que ha habido dos discotecas en Santa Teresa que no han prosperado por quejas de los propios habitantes, que no parecen dispuestos a tolerar el ruido ni a convertir este pueblo en una fiesta permanente.

Aún así, Santa Teresa tiene un punto más movido. Es lo que llaman "el cruce": el lugar donde la calle intersecta con la ruta que lleva hacia el distrito de Cóbano. En este sector se concentra la mayor cantidad de negocios, casi todos tiendas de ropa y accesorios que ofrecen productos importados y para nada baratos, además del banco y los cajeros automáticos. Junto a él hay una especie de centro comercial donde está Ambar, la tienda de Fabrizio, que es uno de los cientos de extranjeros que han echado raíces en esta aldea, y entre los que se cuentan europeos, norteamericanos e isreaelíes, además de sudamericanos. Son principalmente jóvenes que forman familia. "Han venido también muchos costarricenses de otros lados por el surf. Porque aquí cualquiera, aunque venga a trabajar como farmacéutico, en el fondo vino para surfear. Nosotros le debemos todo al surf, porque no tenemos otro modo de vida. Si desaparece, estamos muertos ", dice Fabrizio.

Las temporadas en Santa Teresa funcionan así: la alta va de noviembre a junio y la baja es en los meses en que llueve. Ahora mismo es temporada baja y se nota: en las calles hay un letargo que hace que a uno solo le den ganas de ir a la playa y montarse en una tabla. En verano, a eso se suman animadas conversaciones callejeras y noches más movidas. "La temporada baja es muy larga —dice Fabrizio—. Sobre todo desde la crisis del 2008, que nos afectó bastante. Pero igual el pueblo sigue creciendo".

Eso de que siga creciendo no se nota en la calle. Cuando llueve, se transforma en un barrial difícil de sortear. Y en verano, se seca tanto que el polvo molesta al respirar. Por eso el municipio ha pavimentado algunos tramos y espera, algún día, completar esos trabajos. Curiosamente, esa idea divide a los residentes. Hay quienes creen que eso los haría perder el "encanto" de ser un pueblo fuera de ruta. Pero sobre todo creen que traería un "sobredesarrollo".

En la calle principal se ven restaurantes asiáticos, mexicanos e italianos. Todos en terrenos que pueden valer hasta 500 dólares el metro cuadrado. Y en cada uno de ellos se siente la atmósfera surfista, con padres jóvenes en short y hawaiana, y niños con pelo largo aclarado por el sol y el agua de mar.

"Quería algo que me llevara a la playa", dice Randy Siles. Tiene 34 años, es de San José y ahora oficia como chef de Shambalá, restaurante del Hotel Trópico Latino, uno de los más antiguos de la zona, abierto en 1995. Hace 15 años que Randy viene a surfear a Santa Teresa, pero hace 10 llegó a trabajar luego de ganar experiencia en Francia, España e Italia. En todo este tiempo, ha visto los cambios vividos en Santa Teresa. Desde las dificultades para llegar ("Antes era más difícil: había un ferry para 40 vehículos y ahora hay dos para 180"), hasta el tipo de gente que los visita, más allá de los surfistas: "Viene también gente con un poder adquisitivo muy alto. Acá se ha visto a Mel Gibson, Gisele Bündchen, Matt Damon. Esta zona atrae a ese tipo de personas porque pasan totalmente desapercibidos".

Olas y relax es lo que busca la gente. Por eso también llegan fanáticos de otras disciplinas, como yoga: al Trópico Latino llegan constantemente grupos de 20 a 40 personas para hacer retiros dedicados a esta práctica. Las largas playas de la zona y la amplia franja de arena bordeada de selva son escenario ideal para ejercitarse sobre el mar.

En la playa misma hay muchos hoteles y restaurantes. Estas arenas se conectan con las de Playa Hermosa, hacia el norte, y las de Playa Carmen y Mal País, hacia el Sur: son los puntos más populares del litoral después de Santa Teresa. "Las condiciones de la playa son otras en temporada alta —dice Marcos—. La playa se mantiene plana, las olas pequeñas y con buenas condiciones. En la baja hay lluvia y los ríos rompen la arena; la playa es más inclinada, se encuentran palos; las olas son más grandes. Ahí aprovechamos los point breaks, puntos definidos en donde salen olas. En verano no los tenemos porque no hay oleajes constantes. Ahí es cuando el surf se pone bueno, con el beach break". *EL MERCURIO/GDA

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