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Santa Marta, una visita al Caribe más salvaje

Además de playas increíbles, esta zona de Colombia se hace cada vez más conocida como destino donde disfrutar de la naturaleza. Tres opciones para, además de la arena, hacer turismo ecológico.

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Sierra Nevada ofrece varias opciones de turismo ecológico.

Poco a poco Santa Marta, hasta ahora esencialmente famosa por sus playas cercanas, se hace conocida también como destino de naturaleza. Las razones están a la vista: desde el famoso Parque Tayrona hasta la enorme biodiversidad de la Sierra Nevada, la cuna del vallenato y del Pibe Valderrama apuesta en verde por esos visitantes que buscan el mejor café orgánico y alojamientos de espíritu rústico a orillas del mar. Aquí, algunas cosas que hay que saber.

El futuro de Sierra Nevada.

El calor es cosa seria en Santa Marta. Ya lo saben: Norte de Colombia; Caribe; 28 grados promedio todo el santo año; humedad que suele rondar el 90 por ciento. Es decir: un pequeño infierno. O un paraíso. Todo depende de cómo se mire. Pero hay una alternativa: Sierra Nevada. La montaña más alta de Colombia, con 5.775 metros, picos nevados (aunque casi no se ven), tribus indígenas en sus dominios, plantaciones de café, cientos de aves y otros tipos de bichos. Y, lo mejor, a solo 42 kilómetros del mar.

Es decir, cuando el calor quema en Santa Marta —la tierra del vallenato; la cuna de Carlos "El Pibe" Valderrama— basta subir a un auto, a una moto o a una chiva (como los colombianos llaman a las micros), para llegar a uno de los lugares más sorprendentes del Caribe, de temperatura más agradable y que, poco a poco, comienza a abrir sus ojos al turismo.

Quizás el mayor tesoro de la Sierra Nevada, más allá de la brisa fresca, tiene que ver con su valor ecológico: es el entorno natural más irreemplazable del mundo por el valor de sus especies amenazadas. Un dato que se apoya, por ejemplo, en la gran cantidad de aves que existe en el lugar: se han registrados 635 especies, 36 de las cuales son endémicas como el hojarasquero de Santa Marta, el gorrión montés colombiano o el inca coliblanco, entre otros.

Si uno está en Santa Marta, puede ir por el día al sector de Minca, a una hora en auto cerro arriba. En un entorno rural, este pueblo es el punto de partida para explorar la zona cafetera de la Sierra Nevada, donde se producen varios de los mejores granos del país. Un buen lugar para conocer desde Minca es la hacienda La Victoria, una de las granjas cafeteras más antiguas de la zona.

El presente de Tayrona.

Por lejos la mayor atracción turística de Santa Marta, el Parque Nacional Tayrona es también el sitio natural más visitado de Colombia después de las islas del Rosario, en Cartagena de Indias. Alrededor de 300 mil personas por año que no son solo una cifra, sino que más bien una advertencia: si planea ir a este lugar —y disfrutarlo—, no lo haga en el momento pico, entre diciembre y febrero, cuando sus senderos de trekking y sus playas y sus campings y sus hoteles ecológicos literalmente se llenan a tope. Vaya mejor en junio o julio, cuando no llueve, o en los meses intermedios.

Antiguo paraíso de hippies y amantes de la vida natural, el mito dice que casi toda la marihuana que se fumó en Woodstock salió de este lugar y que la que permaneció fue consumida por los gringos que llegaron a partir de 1964, cuando se creó el parque.

Las playas de Tayrona son ciertamente de postal y la mejor excusa para venir aquí y desafiar el agobiante calor y humedad que se siente en sus senderos. Porque Tayrona es eso: una curiosa mezcla de trekking y playas, en un entorno selvático donde, dicen los datos duros, viven 108 especies de mamíferos, 300 de aves, 31 de reptiles —entre ellas, culebras venenosas, 15 de anfibios, 110 de corales y 401 de peces, entre otros animales.

El pasado de La Guajira.

Aunque en rigor no forma parte de Santa Marta (está en el departamento vecino), La Guajira es otro de los atractivos verdes de esta zona. Palomino, uno de sus puntos turísticos principales, ubicado a la entrada de esta península que llega al extremo Norte del continente sudamericano, está a solo una hora y media de distancia en auto, y también a los pies de la Sierra Nevada. Es decir: en Palomino hay una playa tibia, ríos cristalinos y exuberante vegetación selvática en la montaña (otras partes de La Guajira, como Cabo de la Vela o Punta Gallina, son sobre todo desierto). Hay aves y reptiles. Y, para tenerlo muy en cuenta, también hay cientos de miles de mosquitos que salen sobre todo después de un día de lluvia y parecen ser insaciables de sangre, sobre todo si esta pertenece a viajeros no embadurnados con el mejor de los repelentes.

El pueblo está alineado en torno a una calurosa y somnolienta carretera —la 90—, la luz eléctrica se corta de tanto en tanto, el vallenato hace retumbar los parlantes de los autos y camiones destartalados, y entre las actividades económicas principales todavía se cuenta la pesca artesanal, que aquí se realiza de una forma muy particular: en vez de salir a navegar, los pescadores lanzan una red al mar con carnadas, la dejan flotando unas horas y luego entre varios la tiran de vuelta hacia la arena.

La red trae novedades: varios kilos de peces que se repartirán entre los niños, jóvenes, hombres y ancianos que los sacaron a tirones con sus manos. Unos metros más allá, las velas de la Reserva El Matuy comienzan a encenderse e iluminar tenuemente las palmeras, que se mecen con el viento del Caribe. Los caballos inician su lento regreso sobre la arena. Los mosquitos vuelven a atacar sin piedad. Es la naturaleza pura y salvaje de esta parte de Colombia. Simple como un buen café. 

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