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Ruta de naufragios

Un recorrido por los restos de barcos hundidos que puede observar un veraneante en las playas del Este, cada uno con su historia de tormentas, maldiciones, revolucionarios y tesoros.

Los restos del Santa María del Lujan, en la playa El Emir de Punta del Este (Foto: Ricardo Figueredo)
Los restos del Santa María del Lujan, en la playa El Emir de Punta del Este (Foto: Ricardo Figueredo)
Juan Antonio Varese junto a los restos de un barco en playas de Rocha.
Juan Antonio Varese junto a los restos de un barco en playas de Rocha.
"Los palitos" de José Ignacio, vestigios del barco Devonnier, lanzado a la playa por el temporal de 1923.
"Los palitos" de José Ignacio, vestigios del barco Devonnier, lanzado a la playa por el temporal de 1923.
Así lucían hace poco tiempo los restos del pesquero Cathay 8 en La Pedrera.
Así lucían hace poco tiempo los restos del pesquero Cathay 8 en La Pedrera.
Imagen del Tacuarí, poco después de varar frente al islote del Polonio en 1971. Se dijo que transportaba sustancias radioactivas.
Imagen del Tacuarí, poco después de varar frente al islote del Polonio en 1971. Se dijo que transportaba sustancias radioactivas.

LUIS PRATS

Una caminata estival por las playas del Este pone al veraneante frente a todo lo que regala la costa: sol, arena, brisa y la espuma de las olas salpicando sus pasos. Pero cada tanto asoma algún vestigio de la otra cara del mar: cuando su furia de agua, viento, rocas y bancos arenosos marcó el punto final para el viaje de un barco. Todavía azotados por los elementos, pueden encontrarse señales de algún naufragio que en su momento causó impacto o hizo nacer leyendas.

Juan Antonio Varese, investigador histórico, escritor, cronista de faros y pescador de datos sobre barcos hundidos, estima en más de 2.000 los naufragios registrados frente a las costas del Río de la Plata y el océano Atlántico. La gran mayoría sigue allí, bajo las aguas, pero algunos todavía se pueden ver en las playas.

Hasta hace algunos años, frente a la playa Ramírez montevideana asomaban los restos del buque Calpean Star, varado hacia 1960. Los mayores de 40 años lo recordarán. Primero el vandalismo de quienes llegaban en botes, después el simple paso del tiempo, lo hicieron desaparecer del todo. Lo último visible fue su mástil.

En el departamento de Canelones tampoco quedan rastros notorios de naufragios, aunque Varese recuerda haber observado, hacia 1990, restos de madera en la playa Mansa de Atlántida. A veces aparecen entre esa playa y la del Fortín. "No se puede decir de qué barco se trata, tal vez de la fragata Santa Rosa, que dio nombre a la zona. Pero está en la memoria colectiva de Atlántida", asegura.

Maldonado.

En la playa de Solís, con suerte, y sobre todo después de una tormenta, se pueden hallar trozos de azulejos, que formaban parte de la carga de un buque francés hundido en las cercanías.

Más hacia el Este, por las inmediaciones de Chihuahua, existe un parador que exhibe restos de madera, posiblemente de un barco, aunque según Varese no hay indicios sobre cuál pudo ser.

Al llegar a Punta del Este, a la altura de la Parada 10 de la Mansa, muy cerca de la orilla, con suerte pueden verse vestigios de la fragata rusa Medora, encallada en 1874. "Antes se veía mejor, hoy queda poco. Dependerá de si hay bajante y si las corrientes se llevaron algo de arena", explica el investigador.

En plena península puntaesteña, frente a la punta del Vapor y la playa El Emir, es fácilmente apreciable lo que queda del Santa María del Luján, un buque argentino que encalló allí en el invierno de 1965. Llevaba una carga de madera que muchos se apresuraron a robar; el resto fue rematado.

Durante algún tiempo, el casco del Santa María resistió su desventura. Se habló de aprovechar su cercanía de la costa para instalar allí un local nocturno (lo que entonces se llamaba boite), al cual se pensaba llegar con un puente, pero la idea no se concretó. Finalmente, el barco se partió y fue desguazado. Su último esqueleto se mantiene, muy cerca de los surfistas que llegan a El Emir y que tal vez ignoren el peligro que se esconde bajo la superficie.

Si el veraneante prosigue su camino rumbo a Oriente, por la Brava a la altura de la torre de LAuberge pueden descubrirse los restos de la draga Lauro Müller, que encalló en 1911 cuando era trasladada al Puerto de Montevideo.

"La draga se convirtió en un punto de referencia en la playa. Era común decir: Voy caminando hasta la draga. También dio origen a un parador y local bailable llamado La Draga. El tiempo y la venta de su chatarra fueron reduciendo los restos. En el presente es un sitio muy peligroso para bañarse, porque hay filosas piezas metálicas bajo el agua. Hoy pueden estar cubiertas por la arena y no pasa nada, pero quizás la semana que viene cambia la corriente y las descubre", advierte Varese.

Los naufragios a veces persisten más allá de la memoria de quienes los vieron. La playa y la zona de San Rafael, por ejemplo, deben su nombre a una fragata que desapareció allí en 1765.

Frente a la laguna José Ignacio está el balneario Santa Mónica. El 10 de julio de 1923, después del peor temporal registrado en la costa uruguaya, apareció en la mitad de la playa el barco belga Devonnier. Llevaba una carga de madera, bananas y yerba mate de Paranaguá (Brasil) a Buenos Aires. Hasta no hace mucho asomaba buena parte de su estructura, conocida por los vecinos como "los palitos", pero cada vez son menos.

Cerca de José Ignacio existen varios barcos hundidos que son periódicamente visitados por buceadores expertos, aunque no resultan visibles desde la playa.

Rocha.

El mismo temporal de 1923 hizo naufragar al vapor brasileño San Salvador cerca de la laguna Garzón, a poca distancia del flamante puente circular.

Desde la playa Anaconda de La Paloma, a unos 60 metros de la costa, se divisan los restos del buque de pasajeros Corumbá. "Lo consideraban una nave maldita, porque se asegura que llevaba pasajeros afectados por una epidemia. Deambuló de puerto en puerto sin autorización para detenerse hasta que se hundió frente a La Paloma en 1874", relata.

El Cathay 8, un pesquero taiwanés, encalló cerca de La Pedrera en 1977. Inicialmente casi intacto (hubiera sido factible su rescate), poco a poco fue desguazado.

Unos diez kilómetros antes de llegar al Cabo Polonio quedan restos del barco argentino Río Chubut, encallado en 1964. Hasta la década de 1990 asomaba una suerte de casilla, pero hoy es más difícil descubrirlo.

A unos seis kilómetros de Aguas Dulces aparecen señales del Gainford, una nave británica de pasajeros que encalló en 1884. Muchos de ellos se quedaron a vivir en la zona. También puede verse, en La Esmeralda, vestigios del buque brasileño Cocal, siniestrado en 1969. Frente al parador de La Coronilla asoma la vieja caldera del Porteña, un vapor de bandera nacional que cubría la carrera entre Montevideo y Buenos Aires. Fue tomada por un grupo revolucionario de Entre Ríos y encallado a propósito en 1873. Encierra su propia leyenda, porque se habló de un tesoro hundido con el barco.

El repaso del estado de cada pecio revela cómo van desapareciendo lenta pero inexorablemente. "Mi consejo para los interesados en ver estos restos históricos es: ¡apúrese!", enfatiza Varese.

En plena península.

A metros de la playa El Emir, en pleno Punta del Este, sobresalen de las aguas los restos del Santa María del Luján, un carguero argentino que encalló en 1965. Por algún tiempo el barco se mantuvo casi intacto: luego se partió y poco a poco se le quitó todo lo aprovechable, hasta dejar su esqueleto.

"Los palitos" en la arena.

Así llaman los lugareños de la laguna José Ignacio a los restos del Devonnier, un barco belga lanzado a la mitad de la playa Santa Mónica por el temporal de 1923, el más fuerte registrado en las costas uruguayas.

El buque transportaba madera, bananas y yerba mate a Buenos Aires.

El barco de la pedrera.

Ya integrados al paisaje de la playa Sur de La Pedrera, aunque cada vez más reducidos, están los restos del pesquero taiwanés Cathay 8. Cuando naufragó, en 1977, su rescate era factible, pero quedó para siempre en la arena, como testimonio de lo duras que suelen ser las tormentas en Rocha.

La leyenda radioactiva.

Uno de los atractivos de los barcos hundidos es su historia, que a veces se mezcla con la leyenda. Del Tacuarí, encallado en el islote del Polonio en 1971 (la foto es de esa época), se dijo que transportaba carga radioactiva. No se pudo comprobar, aunque las circunstancias del naufragio no fueron claras.

Héroes de guerra y leyendas de tesoros.

El Don Guillermo "peleó" en Normandía, para caer "muerto" en las playas del Cabo Polonio. Es una de las historias insospechadas de los tantos barcos que yacen en las costas uruguayas. La nave, en realidad, era una barcaza de transporte de tanques durante la Segunda Guerra Mundial. Al final del conflicto fue vendida a una empresa argentina, que la rebautizó Don Guillermo y la destinó a carga. En uno de sus viajes encalló en la playa de la Calavera, hacia 1952. Hubo intentos para reflotarla, pero resultó imposible. "Fue entonces que alguien encomendó a un lugareño, el Bonito Caligaris, que cuidara los restos. Pese a que nunca cobró por su tarea, se la tomó en serio, al punto que pasó a vivir en los restos del barco. Cuando el salitre y el tiempo comenzaron a destruir al Don Guillermo, se hizo un ranchito frente al barco. Y allí estuvo hasta poco antes de su muerte, en Castillos", recuerda Varese, quien llegó a entrevistarlo.

Cerca de allí, en el islote frente al Polonio, encalló en 1971 el buque Tacuarí. La leyenda asegura que traía desechos radioactivos o alguna otra sustancia tóxica que origina las mareas rojas. Las circunstancias del naufragio, en su momento, fueron misteriosas y hasta se asegura que en realidad era otro barco con nombre oculto.

Aguas Dulces también tiene su naufragio mítico, el del Arinos, que según se dice traía un cargamento de monedas de oro en 1875. Varese recrea la historia: "En épocas del Imperio del Brasil, hubo un movimiento revolucionario en Mato Grosso y se enviaron tropas a combatirlo. Desde Río, era más fácil llegar en barco, por el océano y luego por el Paraná, que por tierra. También enviaban dinero. Uno de esos barcos habría encallado en Rocha, hecho que conocieron otros revolucionarios, los de Rio Grande do Sul, para apropiarse de ese tesoro. La policía uruguaya los persiguió, alertada por el Gobierno brasileño. Los revolucionarios habrían enterrado las monedas entre las dunas, donde había una formación de palmeras dobles. En la zona de Castillos, cuando alguien se compra un auto lujoso o hace alguna inversión inesperada, se dice: Este encontró el tesoro del Arinos".

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