El personaje

Rosana Carrete: “Era cruel ver a las mujeres afuera de la historia”

Fotógrafa, escritora y gestora cultural. Desde 2013 dirige el Cabildo, y con su mirada crítica y feminista ha trabajado por encontrar otros caminos a la hora de contar la historia.

Rosana Carrete. Foto: Leonardo Mainé
Rosana Carrete. Foto: Leonardo Mainé

"Me hace mucha gracia cuando llamo y me presento como ‘Rosana del Cabildo’. Es como si estuviera casada con la institución. Me parece que suena horrible, pero me gusta lo que hago”. En realidad su apellido es Carrete y nunca cambiaría su apellido por nadie, tampoco lo hizo cuando estuvo casada. Es Carrete y punto. Pero el Museo Histórico Cabildo la apasiona, y en ese cariño irremediable por lo que hace, se deja absorber: su tiempo, su creatividad, su lado más racional y el idealista confluyen allí.

Al Cabildo lo dirige desde 2013. Llegó después de coordinar el Centro de Exposiciones Subte por tres años, y de mucha experiencia previa en el desarrollo de proyectos para varias áreas culturales de la Intendencia de Montevideo. El Museo Histórico había pasado un tiempo sin director, los que trabajaban hacían lo que podían, pero se necesitaba que hubiese alguien para ordenarlo y sacarle más historias. Rosana entró con su ideal del arte como una herramienta de transformación social y desde entonces trabaja por ello. La entrega se nota hasta en su “ya ni siento frío”, en un lugar que por lo antiguo, por las piedras y por las paredes altas, muy altas, está siempre gélido y húmedo. Solo se entera del frío cuando alguien más lo nombra.

Lo primero que hizo cuando entró fue cerrar las puertas. El museo estaba en obras, el polvo del material entraba a las piezas que se exponían y no había muebles adecuados para protegerlas. Lo segundo fue cambiar la concepción museográfica. Los vestidos y los muebles antiguos que recordaba de sus visitas como estudiante funcionaban a la perfección como “gabinete de curiosidades”, pero para ella había que plantear relatos distintos, y fomentar, sobre todo, el pensamiento crítico hacia la historia que nos habían contado. “Mucha gente que vino al Cabildo en su niñez y que ahora es adulta, viene y te pregunta dónde están los vestidos. Yo respondo que si todavía estuviese ese vestido, en esas condiciones, se lo habrían comido los ácaros. En un principio, al público le costó entender que la museografía ahora va por otro lado. Ahora ves que se han amigado”.

Dirigir en diálogo

Para Rosana, la frase “escuchar al otro” refiere tanto a la gente de su equipo como al público que visita al Cabildo. Lee los cuadernos de visitantes y busca combinar lo que cree mejor para las exposiciones -relatos distintos, que fomenten el pensamiento crítico y el debate- con lo que pide el público, que casi siempre tiene que ver con vestidos u objetos que retraten épocas pasadas.

Una de las veces que más la cautivó y emocionó lo que el público tenía para decir fue en 2016. Por ese entonces estaba la exposición Piedra fundamental y una de las obras era un audio en el que se escuchaba la lectura de ventas de esclavos que salían en diarios del siglo XIX en Uruguay. Mujeres afrouruguayas los escucharon y le preguntaron por qué lo había puesto. Rosana respondió que el fin era denunciar el horror y ellas le hicieron notar que ahí no estaba la contribución de la comunidad afro a la cultura local y la política. “Tenían razón. Pero no quería darle una mirada exógena, así que me contacté con investigadoras afrodescendientes de la Universidad de la república”. Un año después el Cabildo exponía Afrodescendientes: Pasado y Presente de la Comunidad Negra en Uruguay.

Rosana es licenciada en Artes Visuales y Comunicación, pero en su carrera entendió que lo que más le interesaba del arte era el vínculo con los públicos. Ya en el Subte observó que a muchos visitantes no les decía nada lo que exponían. Pensó que podía ser por lo ajeno que les resultaba el arte contemporáneo, pero en el Cabildo, donde el material es mucho más cercano porque habla de una historia y un patrimonio conocido, también había que buscar una “vuelta de tuerca”. Porque las narrativas lineales también se olvidan.

Hizo una maestría en educación (le queda la tesis), y además se anotó a cada curso y workshop sobre el trabajo con el público, incluso desde la tecnología. “Los museos son espacios de socialización, de educación, de construcción de ciudadanía y yo intento no dejarlo en el libro, sino aplicarlo a cada exposición”.

Contar historias

Un presagio sobre su futuro pudo haber estado en sus años de alumna del Liceo N° 18, el de avenida Millán. Era buena estudiante, de las que se dedican y sacan buenas notas, pero los días de setiembre en los ochenta eran demasiado tentadores como para estar en clase. “Yo siempre digo que a veces hay ocios que son muy recreativos”, sostiene. El suyo era ausentarse sin permiso de la clase para ir al Museo Blanes con sus compañeros. Miraban el cuadro de los Treinta y Tres una y otra vez, recorrían, caminaban por los jardines, y así pasaban los días previos a las vacaciones de primavera. “Está muy bien que los museos estén en los barrios y que la comunidad se apropie de ellos”. Rosana se apropió de ese mundo. O ese mundo la atrapó a ella.

La plástica no estaba sola y en ese camino de construirse culturalmente desde la niñez también la curtieron el cine y la literatura. Y su madre, una inmigrante gallega que había hecho pocos años de escuela rural en Galicia, pero que siempre le regalaba libros y los sábados la mandaba al cine con su hermana.

Aún así, a su padre le hubiese gustado que Rosana fuese escribana, porque era buena en las letras; a su madre que fuese maestra, porque le veía la vocación cuando enseñaba inglés a sus amigos del barrio. “Con eso me pagaba las salidas de las noches de sábado”, recuerda. Cuando le tocó decidir qué rumbo seguir, y a pesar del disgusto familiar, se anotó en Bellas Artes, una carrera que, con la maternidad y el trabajo de por medio, hizo de a poco. Al final terminó aprovechando su gusto por la educación —también es docente en la Universidad ORT—y despuntó en la escritura por su cuenta.

A principios de los noventa, Rosana publicó cuentos en tres antologías de varios autores: La explanada de los nóctámbulos en Extraños y extranjeros (Arca, 1991), Azoteas en Mujeres de mucha monta (Arca, 1992) y Buseca para un 1º de mayo en Relatos culinarios, también de Arca. El primero surgió de los largos trayectos nocturnos en el ómnibus 306, después de trabajar hasta tarde en una recaudadora. El segundo vino de su interés por la literatura erótica, pero nunca se sintió contenta con el título Mujeres de mucha monta, más bien le pareció una concepción machista para una recopilación de cuentos hechos por escritoras mujeres.

Una de las acuarelas de Léonie Matthis
Una de las acuarelas de Léonie Matthis expuestas en el Cabildo.

Desde entonces, al lápiz lo ha dejado bastante quieto, y el único medio de expresión que retoma cada tanto es la fotografía. “Soy fanática desde chica. Mi padre había comprado una cámara Olympus que tenía solo un lente gran angular y no sé por qué era la encargada de sacar las fotos. Me gustaba mucho”. Ese gusto se volvió público por un tiempo. Expuso en muestras colectivas e individuales, curó y sacó fotos por doquier. Se deleitó al hacer una fotonovela para el Fotogramas 2009. Cumbias estaba inspirada en lo kitsch y en las revistas que veía en las peluquerías cuando era niña y se aburría esperando. Ahora también está en crisis con esa vía de expresión. “Saco fotos y las subo a Instagram porque me gustan a mí, pero ante tanta abundancia de imágenes me resulta difícil encontrar el valor de la fotografía”.

Ahora, su necesidad de contar historias la sacia en el Cabildo. Se ha fascinado con todo lo que dice la obra plana del acervo sobre Montevideo y el Uruguay del siglo XIX. Cuentan mucho, y eso que narran, también cambia con el orden y con el contexto que se les adjudique. “A la historia no la podés mover, pero en el museo podés incorporar nuevas miradas sobre lo pasado, podés rellenar casilleros vacíos, y mal vacíos, porque había con qué llenarlos”. Se refiere a la mirada masculina que siempre hubo sobre la historia uruguaya, y que desde que entró ha tratado de cambiar con exposiciones como Mujeres de la revolución oriental (2017-2018), y con los paisajes de Montevideo y Colonia hechos por la dibujante francesa Léonie Matthis entre el XIX y el XX. Matthis es una de las pocas mujeres del acervo: son ocho frente a 200 hombres.

—Se habla poco sobre referentes mujeres de la historia del arte. Con el debate sobre el discurso de género, ¿creés que eso cambia?

—Van cambiando los paradigmas y está bien que así sea. No es que el feminismo sea una moda, sino que era cruel que las mujeres no aparecieran en la historia del arte, y estamos corrigiendo esa injusticia. Las mujeres pintaron, participaron de la historia. Eran tan sujetos constructores de cultura, historia y política como los hombres, lo que pasa es que no estaban en el papel. Pongámoslas por favor. Y sin ‘por favor’. No pido permiso: las pongo.

Aunque el lápiz y la cámara de fotos se le escapen, aunque el tiempo se escabulla, Rosana agudiza la mirada, presta el oído para ideas nuevas y encuentra la historia y el equipo adecuado para contarla. Y, sobre todo, defiende la premisa de que un museo histórico puede poner la realidad en discusión: “Me importa que se sepa que nunca hay un relato solo, inocente u objtivo. La historia es así: un relato posible”.

Sus cosas

José Pedro Barrán
Barrán

En los noventa, y antes de arrancar comunicación, hizo un semestre de historia en Humanidades. Por ese entonces era fanática de Barrán. “Me gustaba esa visión de la historia anecdótica. Vos tenés que tener los datos ciertos, pero aprovecharlos en lo narrativo y no solo en una línea recta”.

Cocinero
La cocina

En su tiempo libre, Rosana disfruta mucho de cocinar. Llega a su casa, pone música, se sirve un tinto -Malbec o Cabernet- y se pone a cocinar. Es su actividad doméstica favorita y descansar la mente así hace que le surjan ideas creativas cuando se tranca alguna exposición. Además, la inspira para escribir.

Museo Blanes
Su lugar

De niña su casa estaba en Brazo Oriental, pero las horas de liceo y los ratos libres los pasaba en el Prado. Se divertía mirando el cuadro de los Treinta y Tres en el Museo Blanes o tomando aire en sus jardines. Los sábados su madre la mandaba siempre al cine del barrio. Hoy vive en la zona y dice que el Prado es su lugar en el mundo.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados