JULIO FERNÁNDEZ

"Los resultados llegan de forma inesperada"

De perfil bajo en Uruguay, el astrónomo es un referente mundial por su teoría sobre el origen del sistema solar que lo llevó a integrar la Academia de Ciencias de Estados Unidos.

El astrónomo Julio Ángel Fernández distinguido en Estados Unidos.
El astrónomo Julio Ángel Fernández distinguido en Estados Unidos. Foto: Ariel Colmegna

Hay un asteroide que lleva su nombre y no es una mera coincidencia. El objeto que orbita entre Marte y Júpiter se llama Julioangel y fue descubierto en 1983. No hay muchos uruguayos que compartan ese honor. Lo cierto es que Julio Ángel Fernández (72) es el astrónomo que junto a su colega Gonzalo Tancredi cambió definitivamente la historia del sistema solar al concluir que este está conformado por ocho planetas y no nueve, como habíamos creído hasta 2006. Sus observaciones permitieron saber que Plutón no era, en rigor, un planeta.

La modestia de este afable científico uruguayo le impide vanagloriarse de estas y otras distinciones de las que ha sido objeto. De hecho, acaba de recibir el premio Gerard Kuiper, que otorga la División de Ciencias Planetarias de la Sociedad de Astronomía de Estados Unidos en reconocimiento por un descubrimiento que Fernández hizo en 1980 y que solo cuatro décadas más tarde la tecnología más avanzada ha permitido confirmar.

Ello además le valió hace dos años la designación como miembro extranjero de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, privilegio que en Uruguay comparte con el bioquímico Rafael Radi.

Su despacho en el subsuelo del imponente edificio de la Facultad de Ciencias es tan austero como su ocupante. Muchos libros, carpetas, la computadora y poco más hay en la estrecha oficina al final del largo pasillo del Instituto de Física. Una puerta por medio está el de su colega Gonzalo Tancredi, junto al que dio la pelea hace unos doce años cuando sus argumentaciones fueron aceptadas por el resto de sus pares. Aquel fue el final de largos y silenciosos años de trabajo de investigación, de meticulosa observación del espacio y no siempre con las mejores herramientas a mano. De hecho, sus herramientas preferidas no son otras que su agudo intelecto y su pasión por el conocimiento mucho más allá de las fronteras de lo humano.

La carrera espacial.

A fines de los años 50 la ciencia se aprestaba a conquistar el espacio exterior. Estados Unidos y la Unión Soviética pugnaban en todos los terrenos, también por ser los primeros en lanzarse a explorar el infinito, la última frontera. Antes de que terminara esa década los soviéticos habían ganado el primer round y habían lanzado la Suptnik, el primer satélite artificial de la historia.

En la literatura era la época de oro de la ciencia ficción. Y todo ello bullía en la cabeza del pequeño Julio Ángel, que terminaba sexto de escuela cuando alguien le prestó el libro que le descubriría su vocación. Se trataba de Islas en el espacio, de Arthur C. Clarke, un científico británico que brilló en el género y a quien se le debe el texto cuya adaptación fue la obra maestra de Stanley Kubrick, 2001: Odisea en el espacio.

"Y ese mismo año recuerdo que hubo una colección de figuritas que se llamaba La Conquista del Espacio, que también me tuvo todo el año ocupado", cuenta Julio. Su sed de conocimientos comenzaba a ser insaciable, en el liceo se interesaba cada vez más por las materias científicas y las matemáticas.

No venía de una familia de científicos, sus padres eran unos humildes inmigrantes portugueses que, como tantos otros en aquellos tiempos, huían de una Europa asediada por la crisis y las guerras. Él y sus tres hermanos crecieron en un hogar modesto donde lo que primaba era la cultura del trabajo.

Pero nada de ello fue un obstáculo para Julio que al llegar a preparatorios eligió Ingeniería. Un año después ingresó en la facultad aunque su vocación no era la profesión de ingeniero, sino que se interesaba por la formación en física y matemáticas.

Mientras estudiaba el primer año de ingeniería se enteró de que la Facultad de Humanidades y Ciencias tenía una licenciatura en Astronomía y no dudó en inscribirse. "Me gustaba el ambiente porque era realmente mi vocación, y estaba en las dos facultades, en Ingeniería y en la licenciatura", cuenta.

Poco después recibió una beca para trabajar en un radiotelescopio, que lo hizo abandonar definitivamente ingeniería para continuar los estudios de astronomía. Un par de años más tarde ganó un concurso como profesor de astronomía en Secundaria. Con ello terminó por completar sus ingresos mientras podía dedicarse de lleno a su vocación.

Cuando la dictadura quebró toda la vida del país en 1973 Julio Fernández se encontró sin trabajo de un día para el otro. No tenía militancia política, había vivido demasiado dedicado al espacio exterior como para ver lo que ocurría en el más cercano. De todos modos tuvo que exiliarse, como lo hicieron miles de uruguayos por aquel entonces.

Continuó estudiando y trabajando como astrónomo en España y más tarde en Alemania, donde terminó de perfeccionarse gracias a otra beca. Ahora sí disponía de los medios más avanzados para la observación y en poco tiempo más eso lo ayudó a dar con el descubrimiento esencial que cambiaría su carrera.

Su observación se detuvo en el cinturón de asteroides que se ubica cerca de la órbita del lejano Neptuno. Julio, al igual que muchos de sus colegas, estaba obsesionado con el conocimiento sobre los orígenes del sistema solar.

"Si los planetas se formaron en un disco de materia que quedó rodeando al Sol, ese disco podría haberse quedado suspendido mucho más allá de Neptuno", explica Fernández con su habitual sencillez. Porque allí estaba la clave de su descubrimiento, lo que de algún modo terminaría por cambiar la concepción que se tenía hasta entonces de la formación de esta galaxia que habitamos.

Pero tal vez lo que se considera su mayor aporte es el haber considerado que aquellos objetos que se han observado orbitando cerca del Sol y que los astrónomos han designado como "La familia de Júpiter" deben provenir de ese cinturón cercano a Neptuno.

Claro que cuando Fernández formuló esta teoría los instrumentos de observación no permitían confirmar ni siquiera por aproximación su hipótesis. Hubo que esperar a que la tecnología digital hiciera sus aportes a la fotografía recién a mediados de la década de 1990. De hecho, en 1992 tuvo la primera de las confirmaciones que siguieron después.

"La investigación exige un gran esfuerzo, obviamente uno le tiene que dedicar mucho tiempo y sobre todo mucha cabeza, porque a veces son cosas que no se resuelven en el momento ni automáticamente, además la investigación tiene eso de que las soluciones o los resultados interesantes aparecen cuando uno menos se lo espera", explica Julio Fernández.

Una sorpresa.

Actualmente, el científico reparte su tiempo entre la docencia y la investigación. Por un tiempo fue decano de la facultad, ahora permanece al frente del Departamento de Astronomía.

En estos días prepara la presentación de su trabajo para cuando le otorguen el premio Gerard Kuiper en la ciudad de Knoxville, Tennessee, en octubre de este año. Será el primer latinoamericano y cuarto no residente en Estados Unidos en recibirlo; ese mismo galardón lo obtuvo Carl Sagan. "Lo primero que puedo decir es que yo no sabía nada de ese premio, o sea que me tomó totalmente por sorpresa. Un viernes me comunicaron que alguien de esa organización que es la División de Ciencias Planetarias, es un programa de la Sociedad Americana de Astronomía, el vocero de ellos quería ponerse en contacto conmigo", recuerda.

En 2016 había pasado algo similar cuando fue nombrado como miembro extranjero de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos.

Ambas sorpresas llegaron para coronar una carrera de muchos años de entrega a la ciencia. Fernández no tiene hijos y nadie en su familia comparte su pasión por el conocimiento. Se considera a sí mismo como un "trotamundos", tal vez un término por demás apropiado para un astrónomo planetario, un explorador de otros mundos que cada mañana empieza una nueva jornada con entusiasmo en su pequeño despacho en Malvín Norte.

SUS COSAS.

Lecturas. En su infancia y su juventud fue un asiduo lector de ciencia ficción. Arthur C. Clarke y Ray Bradbury fueron sus autores predilectos. Ahora sus lecturas se relacionan más con temas vinculados a la Historia en general, y a la Historia nacional en particular. "Me interesaron episodios de nuestra historia que quiero conocer mejor", dice.
​Revalorar el tango. Cuando su trabajo no se lo impide, Julio Fernández escucha música. "Me gusta el tango, lo he revalorado con los años, el jazz, música americana", confiesa. Sus gustos son eclécticos y admite que solo con los años ha aprendido a valorar el tango, así como otras modalidades dentro de la música popular uruguaya y rioplatense en general.
Mens sana... Acude regularmente a la Asociación Cristiana de Jóvenes para ejercitarse. "Algo de gimnasia y natación", dice. Convencido de la sabuduría de la máxima acuñada por los antiguos (mens sana in corpore sano) Fernández cree que el ejercicio físico le ayuda a mantenerse templado en una profesión que a menudo lo obliga al sedentarismo.

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