DÍA DE LOS ENAMORADOS

De regreso a la adrenalina que dejó aquel primer amor

Para unos pasaron 10 años, para otros 40. Pero el primer novio o novia puede trascender a otros y al tiempo. Dos parejas cuentan cómo fue reencontrarse y darse otra oportunidad.

Niños enamorados
“No importa el tiempo ni la edad, sino la intensidad del sentir”, dice la psicóloga Virginia Mattos

Los dos leían Guambia y no lo sabían. Era 1998 y habían pasado 10 años de la última vez que supieron el uno del otro. En ese tiempo, él, Roberto, se mudó a Italia con su primera esposa y allí tuvo tres hijas; ella, Gianella, hizo lo mismo pero en Montevideo: se casó y tuvo dos hijos. Pero ambos, sin saberlo —aunque quizá la coincidencia esté dada por ser de la misma generación—, leían Guambia. Roberto accedía online en la época que Internet era costoso y de velocidad lenta. Gianella compraba la revista en papel, y fue allí que un día leyó la carta de un lector que vivía en Italia y que decía algo así como que se había ganado un CD y esperaba recibirlo. Pero eso no era lo importante.

Lo que a Gianella le llamó la atención fue la firma, porque reconoció allí el nombre de aquel que fue su amigo de la infancia y su novio de la adolescencia. No había Facebook ni ninguna red social para encontrar personas. Ni siquiera existía el concepto de “red social” como lo conocemos hoy. El MSN todavía no era parte del círculo internauta. Pero Roberto había dejado, debajo de la firma, un correo electrónico.

“Si sos el Roberto que yo creo, te ganaste un abrazo. Y si no, el abrazo va gratis, tenés una vida para contarme”, le escribió Gianella. Era él. Y así comenzó un intercambio diario de correos electrónicos que por extensión y sentimiento eran más parecidos a cartas virtuales. Las de ella eran espontáneas, aunque escribir le permitía pensar bien cómo decir las cosas. Las de él pasaban primero por un borrador. “Nos contábamos el día, hablábamos de los recuerdos de la adolescencia”, cuenta Roberto. Por aquel entonces lo que había en esas letras era el afecto profundo de una amistad que, a pesar del tiempo y los 11 mil kilómetros de por medio, no se había terminado.

“Buscar el reencuentro con el primer amor es mucho más común de lo que pensamos”, afirma Virginia Mattos, especialista en psicología familiar, a Revista Domingo. Añade: “Por lo general quedaron cosas inconclusas. Además tienen mucha historia en común, porque normalmente lo que vivieron fue una etapa linda: capaz que un verano, el barrio, un montón de cosas bonitas que hacen que para ambos esa historia los una más todavía. El reencuentro genera esa adrenalina”.

Virginia Mattos

Más realista que romántico

Que dos personas que se quisieron mucho busquen volver a verse y sientan cosas es normal. Así lo asegura la psicóloga Virginia Mattos. Lo del “flechazo” y el “amor romántico” poco tiene que ver; lo que pesa es la historia compartida que, por lo general, remite a etapas felices. Además, “si las relaciones posteriores fueron malas y el primer amor fue bueno, uno idealiza. Lo que sucede es que quedaron pendientes: tal vez existió el beso y el abrazo, pero quedó inconclusa una relación más madura o tener relaciones sexuales. A veces se pasa por esa instancia y se termina, otras veces se reaviva un fuego que quedó para los dos”.

Para Valentina (nombre ficticio) el reencuentro con Alberto fue casi una necesidad. Hacía unos 40 años que no lo veía y solo se había enterado que él “estuvo a punto de morirse”. Por lo demás, cada uno con su vida. “Siempre quise saber de él y no me daba cuenta cómo podía hacer, porque sabía que navegaba y que era muy difícil encontrarlo”. Y entonces escuchó a su hijo decir algo que le prendió la lamparita: lo buscaría en Facebook. Eso hizo, y ahí estaba, viviendo en Argentina, casado, navegando. Lo saludó por un cumpleaños (o por Navidad, no recuerda con exactitud) y él le devolvió un agradecimiento, le contó de su vida, ella de la suya e intercambiaron correos.

El mensaje siguiente fue para el otro cumpleaños (o la otra Navidad), por correo. “Él me saludaba y yo le agradecía el saludo muerta de amor”. Pero los siete años de historia juntos en la adolescencia no eran suficientes: “Para él yo era inalcanzable porque tenía una imagen ‘x’ de cómo había sido mi vida”.

Una historia juntos

Según la psicóloga Mattos, se llama primer amor a “esa persona a la cual uno se sintió que era su novio o novia, donde hubo un beso, quizás algo más, no importa la edad, si fue a los 12 o a los 20. No importa el tiempo que dure, lo que marca más bien es la emoción, la intensidad de los sentimientos que se pongan en juego”.

Cuando chicos, Gianella y Roberto fueron más amigos que novios. Ella se mudó al edificio donde él vivía, Roberto tenía 8, Gianella 5. Crecieron juntos. “Nos hicimos amiguitos de la cuadra, de jugar en la calle”, recuerda Gianella; y Roberto añade que “las familias eran amigas también. Domingos juntos, fiestas juntos”. Cuando él tenía 16 y ella 13, con el tiempo compartido y la química —esa que a veces tiene mucho más poder que las cosas en común, aunque en ellos todo sumaba— nació el amor adolescente.

Reencuentro. Gianella y Roberto fueron novios de chicos. Foto: cortesía Gianella
Reencuentro. Gianella y Roberto fueron novios de chicos. Foto: cortesía Gianella

El noviazgo duró unos meses y unos besos. Cortaron y luego siguieron siendo amigos. De grandes estuvieron en contacto un tiempo hasta que surgieron las distancias de la vida adulta y la mudanza a Italia.

Si Gianella, en sus 50, mira en retrospectiva, es consciente de que cuando terminaron aquel noviazgo ella lo amaba. Pero el camino que cada uno recorrió, las personas que conocieron en el medio y de las que también se enamoraron, otros besos, otros abrazos, otras experiencias eran necesarias. “Yo sé que lo amaba, a mi manera de 13 años: pero todavía tenía un mundo por descubrir, me gustaban otros chicos”, dice Gianella. “Para mí a los 13 o 16 no estás preparado para construir una pareja. Estás preparado para construir muchas parejas”, opina Roberto.

Valentina y Alberto se conocieron a los 16 (hoy tienen 64). Eran compañeros de bachillerato, se enamoraron y fueron novios por siete años. Los separó las decisiones de vida. La familia de Valentina quería que se casaran, él no lo veía viable hasta recibirse. Se alejaron y ella cortó: “A las dos cuadras de irse ya me había arrepentido. Por 40 años guardé un anillo que él me había regalado”.

El reencuentro, dice Valentina, fue “como si no hubiera pasado un día, como si nos hubiéramos visto el día anterior”. Alberto confiesa: “Yo navegué y viajé tratando de mejorar, hasta que me di cuenta de lo solo que estaba y de que existía la posibilidad de recuperarla”. Para ninguna de las dos parejas fue sencillo volver: estuvo el final de las relaciones que habían construido, los hijos de por medio, dolores como secuelas, mudanzas, cambios rotundos.

Gianella y Roberto se volvieron a ver después de años intercambiando correos. Fue un verano en el que él vino a Uruguay por un proyecto en La Paloma —otro lugar que tienen en común desde siempre— y ella estaba de vacaciones con su familia. No pasó de una reunión de amigos, pero dentro de ellos se movieron cosas que no pudieron evitar. Después, Italia de nuevo y un silencio de años en las casillas de correo: ambos respetaron el proceso del otro e intentaron recuperar sus vidas previas a ese encuentro. Fue imposible.

Los ineludibles divorcios, visitas esporádicas, la mudanza de Roberto a Montevideo, la casa en barrio Palermo que compartieron con los hijos de ella, el cáncer de Gianella que enfrentaron juntos —llorando y resistiendo—, la chacra en la que viven ahora y, atravesando todo eso, por 17 años y con vistas a futuro, el amor y la química que no pudieron bordear.

“Nuestra historia nos enseñó a respetar muchísimo los primeros amores de nuestros hijos y nunca hablarles con desmedro de lo que estaban viviendo —dice Gianella—. De la relación se encargaban ellos, no nos metíamos. Pero el primer amor no es una bobada”.

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