Regresar adonde nunca estuviste

FACUNDO PONCE DE LEÓN

Las investigaciones sociológicas (encuestas, sondeos, entrevistas, combinaciones de teoría y práctica) tienen un doble efecto apasionante: por un lado certifican y consolidan imaginarios colectivos, constatando que una determinada sensación social es efectivamente cierta.

Pero también, y en un sentido opuesto al primero, las informaciones sociológicas revelan resultados contrarios a lo que comúnmente todos creíamos.

Ejemplo de este último aspecto es lo que sucede con la investigación Magnitud y características de la población de retorno (1986-2006), del politólogo Martín Koolhaas.

Dicho estudio cuantitativo tiene como objeto informar sobre los uruguayos que vuelven al país luego de haber vivido en otro lugar del mundo.

La conclusión a la que llega Koolhaas, especialista en Análisis Sociodemográfico de la Facultad de Ciencias Sociales, es que contrariamente a lo que se supone, los que vuelven no consideran su regreso como un fracaso.

En el imaginario social, retornar a tu país es haber fallado: o porque extrañaste, o porque no conseguiste trabajar en lo que querías, o porque no ganabas dinero o debido a problemas personales.

La investigación recientemente terminada desmiente esta manera imperante de interpretar el regreso.

Los números indican que uno de cada cuatro emigrantes retorna al país y que un 85% de los que regresan se ubican en un grupo de edad laboralmente activa, es decir, entre los 15 y 64 años.

El propio estudio reconoce que es sólo cuantitativo y que la siguiente fase será cualitativa para profundizar las causas y perspectivas del regreso. En este sentido quisiera conjeturar una hipótesis de por qué para los que se fueron no es un fracaso volver a la tierra de la que se partió.

Creo que la clave del asunto está en que no vuelves al lugar del que te fuiste. Uno regresa pero todo está distinto.

Los que hemos vivido la experiencia de estar fuera del país sabemos que todo se ve de una manera diferente. Los olores son distintos, los ruidos más silenciosos, las veredas más rotas, los sabores más intensos.

Uno volvió, pero la esquina de la casa está distinta y el hogar también.

Claro, algunos dirán que me equivoco, que en realidad todo está igual y que quien cambió fue la persona que vivió afuera. Los que piensan así son aquellos que justamente opinan que regresar es un fracaso, porque la persona volvió al mismo lugar del que partió. Pero si los mismos que llegan son los que no lo consideran una derrota, debe ser porque creen que no vuelven al mismo lugar sino a uno nuevo, que se mira con otros ojos.

Poco importa si el cambio está en la realidad o en la persona que la mira.

Lo clave es que hay un cambio y es ese el elemento principal que hay que profundizar: el cambio visto como algo exitoso y no como algo negativo. Los emigrantes decidieron (o tuvieron) que cambiar y se fueron del país.

Ahora vuelven a cambiar y regresan a una tierra en la que creen que pueden hacer cosas, que están activos por transformar.

Traen ideas nuevas, experiencias vividas que pueden ayudar a seguir cambiando aquel país que los vio nacer; que es distinto al que los vio crecer; que es distinto al que los vio partir; y también distinto al que los ve volver.

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