VIAJES

Un refugio natural en las Islas Vírgenes

Son tres islas al Este de Puerto Rico donde suelen parar los cruceros que navegan por el Caribe. De ellas, Saint John es un notable descubrimiento: aquí, dentro de un parque nacional.

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Tiene la que por muchos es considerada la mejor playa del mundo.

"¡Coki Beach!". "¡Magens Bay!" "¡Sapphire Beach! La llegada al terminal de cruceros de Charlotte Amalie, la capital de Saint Thomas, es un enredo de gritos de hombres que anuncian nombres de playas a las que se dirigen en sus taxis. Es casi mediodía y en este momento somos miles de pasajeros que salimos de un crucero, el Oasis of The Seas, para bajar al puerto de Saint Thomas, uno de los tres territorios que componen las Islas Vírgenes de Estados Unidos.

"¡Coki Beach!". "¡Magens Bay!". "¡Sapphire Beach!" Sigo sin escuchar a alguien que vaya al lugar al que quiero ir: Red Hook, en el lado este de Saint Thomas. Como cada vez quedan menos taxis, le pregunto a un conductor, quien le pregunta a otro, y ese a otro, y ese a otro, hasta que finalmente me asignan uno. Cuando llego, ya hay pasajeros sentados: tres señoras estadounidenses que dicen que llevan ahí diez minutos y que no saben cuánto más tendrán que esperar.

El conductor corre de un lado para otro buscando más pasajeros para llenar el taxi, que tiene espacio para unas 20 personas. En un par de minutos más su misión rinde frutos. "Ok, primero pararemos en Red Hook para la señorita, después en Sapphire Beach, donde bajará la mayoría, y finalmente en Coki Beach", dice mientras enciende el motor.

Las Islas Vírgenes de Estados Unidos (USVI, por su nombre en inglés) es el único territorio de este país donde se maneja por la izquierda, y eso se debe a su historia: como la mayor parte de las islas caribeñas, fueron ocupadas por españoles, holandeses, daneses, franceses y británicos, pero estos últimos dejaron su impronta en el sistema vial. En 1917 Estados Unidos compró a Dinamarca las islas de Saint Thomas, Saint John y Saint Croix, que hoy son un territorio no incorporado de Estados Unidos.

La más pequeña y desconocida de ellas es Saint John, y también la con menor población (aquí viven cuatro mil de los cien mil habitantes que tienen las USVI). Algo de eso se explica por su geografía: un 60 por ciento de la isla es área nacional protegida. Ese es el dato que impulsa mi visita a la isla. Eso y el hecho de que aquí hay una playa que algunas revistas especializadas han definido como una de las mejores del mundo: Trunk Bay. Pero para eso primero hay que llegar a Red Hook, que es desde donde salen los ferries hacia Saint John.

Después de 35 minutos de viaje, bajo en la terminal marina de Red Hook cuando quedan 10 minutos para que parta el ferry, que sale cada una hora. Tras 15 minutos de navegación por tranquilas aguas turquesas llegamos a Saint John, una isla verde, con unas pocas construcciones en medio de palmeras. Muy diferente a lo que había visto hace solo una hora y media en la capital de Saint Thomas.

En el terminal de Cruz Bay, la capital de Saint John, tomo un mapa y busco el centro de visitantes del Parque Nacional de las Islas Vírgenes. Llego en 10 minutos caminando por tranquilas calles, con algunas tiendas. Aquí hay un ambiente más relajado, poca gente y escasos vehículos. La isla, de hecho, está llena de senderos que van paralelos a la carretera y que permiten recorrerla a pie. Eso es lo bueno de su tamaño: solo 50 kilómetros cuadrados.

La oficina del parque está sobre un muelle. Fue en 1956 cuando el millonario estadounidense Laurance Rockefeller visitó la isla y, enamorado de su naturaleza, compró dos mil hectáreas de tierra y luego las donó al gobierno federal para que creara un parque nacional.

Desde entonces, Saint John ha tenido la mayor parte de sus manglares, corales, playas y bosques bajo protección, con la ventaja de mantener abierto al público sitios que antes eran propiedad privada.

La mujer a cargo de recibir a los visitantes me da un mapa y le pregunto qué puedo hacer si tengo poco más de tres horas. "Lind Point Trail es una caminata corta que lleva a bonitas playas y comienza aquí mismo, en el centro de visitantes", dice.

Salgo del edificio y tomo mi izquierda. Después de pasar unas escaleras donde un cartel señaliza el sendero, empiezo a caminar por un pedregoso camino rodeado por árboles algo secos. Varias lagartijas se cruzan en el camino y durante diez minutos no veo a nadie más. Al fin me cruzo con gente que viene en dirección contraria y me indican que voy bien, que pronto llegaré a la primera playa.

Así es. Llego a Solomon Beach, que es como un respiro después de tanta tierra, piedra y rama seca. La playa es angosta y en la fina arena blanca solo hay diez personas recostadas, tomando sol y leyendo, con sus ropas colgadas en los árboles que separan la arena del camino. Varios andan con heladeritas: seguro pasarán el día aquí (algo que comienzo a lamentar).

Vuelvo al sendero y sigo avanzando para ver las otras playas. De pronto pasa corriendo un hurón, aunque pronto desaparece. Siguiendo el camino que bordea la costa llego a Honeymoon Beach, que es más grande que Solomon Beach. Aquí hay un poco más de gente e incluso se pueden alquilar reposeras.

Al fondo de la playa hay un quiosco de helados, sándwiches y bebidas, y una colorida tienda que vende ropa y souvenirs, arrienda kayaks y organiza tours de esnórquel y navegaciones por la costa.

"Saint John es un paraíso. En Saint Thomas no consigues estas playas. Aquí viene la gente que busca exclusividad y contacto con la naturaleza, porque todo está menos intervenido", dice William Fernández, que trabaja en la tienda. Si sigo caminando, me indica William, llegaré a Caneel Bay, donde hay un resort de lujo.

También se puede ir en unos carritos de golf cuyo letrero dice "Honeymoon Beach Express" y que por cinco dólares realiza el trayecto entre esta playa y el resort, pero esta vez prefiero seguir caminando. Tras diez minutos diviso una postal perfecta: es Caneel Bay, una bahía escondida bañada por un cristalino mar. Al frente está el resort.

En Caneel Bay se acaba Lind Point Trail, así que espero un taxi para ir a Trunk Bay, la playa más famosa de esta isla. De tener más tiempo podría ir caminando: son solo tres kilómetros y medio por la carretera, un curvilíneo camino entre los árboles del parque nacional. Pero el taxi de Henry aparece más rápido.

"Esta es la mejor parte", dice y se detiene. Abajo se ve la bendita Trunk Bay: una franja blanca atrapada entre el verde de la tierra y el turquesa del mar, que en esta parte es especialmente más claro. Al frente hay unos pequeños islotes. Sin siquiera haberla visitado aún, el título que le han dado revistas como National Geographic y Conde Nast Traveler, de ser una de las playas más lindas del mundo, no parece exagerado.

Henry me deja en la entrada de Trunk Bay, donde hay una caseta del parque nacional. Allí, una señora controla la entrada y cobra cinco dólares, que son para mantener la infraestructura del lugar, como baños y mesas de picnic. Lo que de arriba se veía color blanco resplandeciente, abajo lo es aún más: la arena brillante obliga a ponerse los anteojos de sol.

La playa es larga y tiene dos pequeñas bahías —desde el cielo dicen que Trunk Bay tiene forma de corazón—, así que hay espacio suficiente para todos, lo que se agradece. Lo más atractivo de este lugar, además de su belleza caribeña, es su "sendero" submarino, que está alrededor de los roqueríos que hay al frente en el mar. Alrededor de estos veo un grupo de gente flotando: en los 200 metros de extensión de este "sendero" se puede hacer esnórquel, otra de las actividades más famosas de la isla, junto con el trekking.

Dejo mis cosas en la arena y voy a arrendar un equipo de esnórquel En unos minutos ya estoy flotando junto con el grupo. Sumerjo la cabeza en el mar transparente. Lo primero que veo son grandes cardúmenes de un pez gris azulado, que nadan despreocupados.

En el fondo marino hay varios corales y erizos de mar. Algunas algas se sacuden lentamente. Un pez gordo aparece entre ellas. En la arena noto que hay unas o placas de cerámica que indican la dirección del sendero submarino. La primera dice en inglés: "Flote lentamente. Deje que los peces se acostumbren a su presencia y más aparecerán". Otras indican las especies que se ven, como corales duros y blandos, peces cirujano, peces loro y peces trompeta, lo que hace que el recorrido sea muy entretenido. 

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