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Un recorrido por el misticismo de las sierras

De Villa Serrana al templo budista, Lavalleja esconde rincones para conectarse con uno mismo

Pema Gompo en el templo. Foto: Darwin Borrelli
Pema Gompo en el templo. Foto: Darwin Borrelli

Algunos dicen que la energía que se respira en las sierras de Lavalleja es por la geología. Villa Serrana y buena parte del resto del departamento se erige sobre piedras de cuarzo, “que permiten una sanación poderosa”, explica Virginia Calabria, emprendedora del lugar. Ximena Guerrero, una montevideana que hace siete años se mudó a la zona y promueve el turismo místico, cree que también se debe a que hoy en día es uno de los únicos puntos del Uruguay que se salva de la contaminación: las tierras no son tan prósperas para grandes plantaciones, entonces no hay fumigación y la naturaleza se conserva intacta. El maestro budista que cuida el templo Sengue Dzong, habla del karma positivo que tiene el país, y en especial la zona.

También está el legado arqueológico que dejaron los indígenas y que hoy se puede visitar por el camino Valle del Hilo de la Vida. Por un motivo o por otro Minas, Villa Serrana y las sierras linderas se han convertido en un destino muy buscado por uruguayos y extranjeros. Desde el contacto con la naturaleza, chapuzones en agua dulce hasta espacios de retiro, meditación y yoga que permiten, de manera distinta, una estadía de bienestar.

Recorrido en las sierras de Lavalleja. Foto: Silvia Rodríguez
Recorrido en las sierras de Lavalleja. Foto: Silvia Rodríguez

Lugareños que defienden esa energía a capa y espada conversaron con Revista Domingo sobre cómo vivir la experiencia espiritual. Para unos puede llegar a ser un momento de entrega al disfrute y la conexión con uno mismo. Para otros, una práctica que se transforma en modo de vida.

Budismo en las sierras de Lavalleja

En los caminos camperos de Lavalleja, la tierra entre gris y colorada parece encendida. La brisa que corre entre los cerros es caliente, pero Pema Gompo no parece sentirlo. Camina con liviandad por las rocas que rodean al Templo Sengue Dzong, ubicado a 50 minutos de Minas por la ruta 81. A un sendero más adelante del templo, el paisaje alrededor de las casas de retiro es inmenso. Ahí, con vista a los cerros, Pema Gompo se detiene y mira.

—¿Por qué estas tierras fueron elegidas para construir el templo budista?

—Acá lo que pasó fue que a fines de los años noventa, no recuerdo si 1998 o 1999, en una de sus visitas, el maestro Chagdud Tulku Rinpoche se quedó en una casa que teníamos por acá. En la noche nos despertó y nos dijo que tuvo la visión de que todos los seres lo estaban esperando acá. Hablar de todos los seres es incluir a humanos, no humanos, visibles, no visibles. Todo el espectro de seres.

Chagdud Tulku Rinpoche, explica enseguida Pema Gompo, era uno de los últimos grandes maestros educados en la tradición antigua del Budismo Tibetano Vajrayana. “Era un gran bodhisattva, un paso anterior a ser Buda”. Pema Gompo es un Lama, lo que significa ser un maestro —“instructor”, utiliza él— embarcado en ayudar a otros a alcanzar el camino a la felicidad.

Pema Gompo en el templo. Foto: Darwin Borrelli
Pema Gompo en el interior del templo. Foto: Darwin Borrelli

Para acercarse a la comunión budista tibetana (hay otras corrientes) del Uruguay no es necesario ser un experto. Tampoco tener conocimiento previo más que para saber que existe la posibilidad. Las enseñanzas y los retiros suceden en varios puntos del país. Se puede consultar siempre en la página budismo.com.uy, donde figuran actividades en diferentes sitios. También online se habilitan las inscripciones para conocer el templo. En ese caso, las opciones son retiros de fines de semana o visitas por el día, encuentros donde además se imparten las enseñanzas para comenzar la práctica. Lo que sí importa es que el impulso para llegar hasta ahí sea propio, por una búsqueda personal. Por eso, sostiene el Lama, no hay marketing para sus actividades.

El templo impacta. Primero, cuando se lo ve a la distancia como una sombra de arquitectura tibetana entre dos cerros. Luego, cuando tras hacer un sendero se llega a él, cargado con el simbolismo que va desde la flor de loto de la escultura en la cumbrera, a los dragones y las joyas de las esquinas, el dorado de los bordes y las piedras de las paredes, que fueron bendecidas una a una al ser colocadas.

Pema Gompo en las afueras del templo. Foto: Darwin Borrelli
Pema Gompo en las afueras del templo. Foto: Darwin Borrelli

Después de dejar los zapatos y de observar la imagen del Buda de la medicina —fue esparcida por toda Latinoamérica en pos de apaciguar las pestes y las enfermedades del mundo— se ingresa. Paredes cálidas, ventanas altas que traslucen la luz del campo, almohadones, techos y buhardillas pintados a mano por artistas de Bután. Cuadros con imágenes que sirven para la meditación. En el centro del salón, de frente a la puerta principal orientada hacia el este, están las figuras de Buda, Padmasambhava y Avalokiteshvara. Las tres son muy importantes en el budismo, pero, aclara Pema Gompo, no se deben confundir con dioses. El budismo no es una religión, y en lugar de adorarlos, hay que tenerlos como referentes para las prácticas.

“El practicante retiene la imagen y cuando hace las prácticas la visualiza, para no distraerse. La mente queda enfocada en ese punto y entonces empieza el proceso de meditación o mantralización. Es algo así como lo que sucede con un niño que le gusta el fútbol: pega un póster de Luis Suárez en su cuarto. Lo mira y dice: ‘yo voy a jugar como él’. Cuando va a la cancha juega como puede, pero se imagina que es Suárez. Tiene claro que Suárez no es un dios, es un jugador y él quiere jugar como él”, comenta.

Las imágenes estabilizan la mente que busca reencontrarse con la pureza. La función del instructor es brindar las enseñanzas para que luego se practiquen dentro o fuera del templo. Las herramientas del budismo son para despejar los llamados venenos de la mente —como la rabia, el apego, la aversión, los celos, la envidia o el orgullo—, que taparon la pureza original. “La pureza con la que nace el niño no desaparece, se va tapando con los venenos de la mente que aprendemos”. Pero antes de empezar con el proceso —que puede llevar años, vidas enteras— “hay que tener conciencia y ver si uno quiere cambiar”.

Y, aclara el instructor, no es olvidarse de la vida, de la pareja, del trabajo. “Se puede continuar con todo pero con una mentalidad diferente, no egocentrada, no agresiva, y entendiendo que amar es desear la felicidad del otro”.

Sumergirse en el silencio de los cerros

Por el camino Valle del Hilo de la Vida que sale desde la Ruta 12, sobre un cerro de piedras de cuarzo, se erige una construcción moderna, de arquitectura minimalista y diseño rústico. Pisos de madera, paredes de piedra y ventanas enormes que hacen que, estando allí, el verde esté casi adentro de la habitación.

Detrás de Cerro Místico no hay una doctrina milenaria, ni figuras referentes. Pero la búsqueda es similar: sanar y así encontrar, de alguna manera, un camino para ser feliz.

Cerro Místico es un proyecto familiar. Ximena Guerrero y su esposo Matías Perdomo, montevideanos y totalmente ajenos al campo hasta hace una década, vivían la vida perfecta: se recibieron, se casaron, trabajaban y ganaban bien, tuvieron dos hijas y compraron la casa. “Habíamos hecho todo lo que el sistema nos dijo para ser relativamente exitosos. Éramos la foto perfecta, pero no teníamos tiempo”. El cam bio de vida era una necesidad inminente, sobre todo para Ximena que buscaba alivio por todos lados —con yoga, meditación, alimentación saludable—, pero no era suficiente.

arqueología

Una jornada de relax y energía en el Valle del Hilo de la Vida

Silvia vive en Montevideo y sus días los pasa trabajando en oficina. Para sus vacaciones del año pasado optó por seguir los consejos de un amigo que es guía turístico y le recomendó el Valle del Hilo de la Vida. “Ya había escuchado hablar, y sabía que era una zona muy energética, por eso tenía curiosidad por conocerlo. Ahí me convencí”.

Significó, además de una inmersión en la naturaleza, la posibilidad de compartir con personas distintas, desde uruguayos a extranjeros. Quedó fascinada con la cocina -también estuvo en Cerro Místico-, con la paz y el silencio.

“Esa zona tiene una energía muy especial, quizás por los cerros de cuarzo que la rodean. Pero la verdad dan ganas de vivir allí, y sin duda existe un ‘magnetismo’ que provoca volver en más de una ocasión”, afirma.

El Valle del Hilo de la Vida, al que se accede por la Ruta 12, es un sitio arqueológico donde hay estructuras de piedra en forma de conos, cuyo hallazgo contribuyó a la reconstrucción de la historia del país. Para quienes visitan la zona también hay hospedaje, restaurante y paseos con guías especializados.

Pasaron muchas cosas, un sueño recurrente en el que Ximena caminaba por un cerro con un paisaje hermoso de la mano de Clarita, su hija mayor, fue la señal. Luego vino la posibilidad de comprar un campo serrano entre varios propietarios para dividirlo en parcelas. El de la idea se llamaba José. Ximena lo escuchó en una entrevista, habló con su esposo y se embarcaron en el proyecto familiar que los llevó a mudarse y dejar sus trabajos convencionales.

Cuando empezaron el proyecto no existía la categoría turismo místico en Uruguay. Pero Ximena trabajó en la idea, lo presentó ante el ministerio que lo avaló, y logró así un préstamo en el banco para proyectos turísticos. Hoy, lo místico es el diferencial en el hotel de tres habitaciones que está debajo de su casa. También en Casa Calma, un espacio que es a la vez restaurante y lugar de retiros al que se puede visitar por el día, y donde se hacen actividades de grupos. Todo emplazado en ese campo que compró en comunidad con otros. Además, es parte de la Red Latinoamericana de Bienestar que busca fomentar este tipo de turismo.

Vista desde una de las habitaciones de Cerro Místico. Foto: Darwin Borrelli
Vista desde una de las habitaciones de Cerro Místico. Foto: Darwin Borrelli

Dentro del predio, la regla es que quien se mude sume a la paz de la convivencia, y que la construcción sea autosustentable. Es el caso del hotel y Casa Calma, que fueron construidos con materiales del lugar. La energía es por paneles solares y el agua potable viene de las corrientes subterráneas. Está prohibido fumigar y para la limpieza se usan elementos naturales, porque no quieren que los químicos maten los microbios que limpian las aguas servidas.

A lo largo del campo hay otras posadas, arboladas donde hacer baños de bosque, cinco kilómetros de sendero para caminar y disfrutar de las cañadas o hacer avistamiento de aves. Hay canteras para buscar fitolitos, una cama de cuarzo adentro del bosque, una pirámide para meditar, un paseo arqueológico con taperas antiguas y la posibilidad de hacer tours de aventura. Hay, también, talleres de meditación o mandalas, feng shui, de yoga. Y en Casa Calma, un chef que hace cada menú especializado —y saludable— para los huéspedes.

Espacios de Casa Calma. Foto: Darwin Borrelli
Espacios de Casa Calma. Foto: Darwin Borrelli

La posada se construyó en base a las leyes de la geobiología, en las habitaciones no hay televisión y no llega ningún tipo de radiación. Además, si se cierran ventanas y puerta hay aislamiento sonoro. “Lo que brindamos es bienestar: que la gente venga de la ciudad para hacer algo completamente diferente. Mirar bichitos de luz por la ventana, la puesta del sol, el amanecer o la salida de la luna. Se formó un nicho de gente que está muy estresada y viene acá a dormir. Si es para fin de semana, se recomienda reservar con anticipación. Hoy el silencio es un lujo, la gente paga para estar un poco tranquila”, explica Ximena, que por experiencia sabe de lo que habla.

Retiros en Villa Serrana

El verde de Villa Serrana, las corrientes de agua con espacios para baño, la comida, la historia y las construcciones del arquitecto Julio Vilamajó son conocidas para los uruguayos. Sin embargo, hay rincones del lugar que esperan a aquellos que quieren paz, armonía, un cambio espiritual, a los que se llega por el boca a boca o por una búsqueda personal.

Así, frente al Baño de la India, por ejemplo, está Espacio Zen, donde Claudia Souza se unió a la iniciativa de Zen López Caubarrere, quien en su cabaña Bed & Breakfast notó el interés por espacios místicos.

Cabaña bed and breakfast Espacio Zen. Foto: Pablo Cancela, cortesía Espacio Zen
Cabaña bed and breakfast Espacio Zen. Foto: Pablo Cancela, cortesía Espacio Zen

Zen viene de una familia dedicada al budismo y al Kundalini yoga. Claudia es terapeuta floral de Bach, Diksha giver (transmisora de energía), reikista, y ha trabajado personalmente en Gestalt y constelaciones familiares. “Es mi camino”, afirma. En su espacio, donde reciben a particulares y grupos, la gente acude detrás de talleres que les permitan conexión.

Cerca de Espacio Zen, entre un monte espeso y un camino pedregoso, está el Octógono Om Shanti. Para Virginia Calabria ese proyecto también implicó un “movimiento familiar”. Conoció la Villa junto a su esposo, a sus 30 años, después de trabajar en el camino espiritual fuera del país y en Montevideo. Se enamoraron de la energía potente y se mudaron todos. Al tiempo, sintió la necesidad de cumplir su misión. De esa mudanza ya pasaron diez años.

Levantó el octógono, que para su familia y los que llegan es el centro de todo. Para la construcción contrató a un carpintero de la zona y se dejaron llevar por la canalización de energía. “Fue medido con radiestesia y realizado con Vastu Vidya, es decir que está medida a nivel de numerológica, para trabajar con la energía. Este es un templo de sanación, de conexión para nosotros. Es un lugar austero, no tiene nada especial, simplemente mucho cuidado energético, que se mantiene diariamente. El círculo y el cuadrado del octógono conecta con el cielo y con la tierra.”

Octogono.
Octogono. Foto: Nicolás Curbelo

En el predio también hay una cabaña individual y otra familiar que son tanto para esparcimiento como para los retiros. En el octágono y en el restaurante pequeño, La Mía Cucina, Virginia trabaja desde la ayurveda, una medicina india que implica la alimentación del cuerpo, la mente y el alma.

Virginia se siente guardiana del lugar y de la gente que lo transita. “Lo que más hacemos son retiros detox ayurvédicos, donde la persona —o un grupo— llega y se le hace un diagnóstico energético. A partir de ahí, se establece un programa particular: desde la clase de yoga, el masaje, la alimentación, la meditación, la tina medicinal exterior. Todo en función a cada uno”.

Foto: cortesía Octogono
Foto: cortesía Octogono

Los caminos son distintos, pero Virginia, Claudia, Pema Gompo y Ximena coinciden en algo: todos, más que nada en los tiempos que corren, necesitamos parar y conectar con lo que verdaderamente importa, los otros y la naturaleza. Por ahí, creen, está la ansiada felicidad.

Otro viaje

La geología tiene su lugar

En el kilómetro 37 de la Ruta 60 se puede hacer un paseo que, aunque no está ligado a lo espiritual, tiene para los que lo visitan su carga energética. Se trata del Parque Arqueológico Mina La Oriental, donde antes funcionaba una mina de cobre. Hoy, los dueños del terreno realizan visitas guiadas al interior de ella. En el paseo se cuenta la historia documentada, así como anécdotas que transmitieron los lugareños.

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