VIAJES

Un recorrido por las alturas de La Paz

Para varios entendidos, La Paz es la ciudad de América Latina que hay que visitar este año. Acá, algunas de las razones, entre ellas la gastronómica.

La Paz
Foto: AFP

La Paz mira al mundo desde sus 3600 metros sobre el nivel de un mar lejano y añorado. Bien ganado el eslogan-marca ciudad con el que se la empezó a etiquetar en los últimos meses: Ciudad del Cielo.

Justamente, la mejor forma de recorrerla es por lo alto. Sobre la ciudad, con poco menos de un millón de habitantes, circulan por ahora siete líneas de Mi Teleférico. Este asombroso sistema de transporte público nació y comenzó a expandirse en 2014, y ya prepara otros tres ramales para confirmarse como la red más amplia en su tipo, después de una inversión de 700 millones de dólares en ingeniería austriaca.

La Paz es una ciudad montañosa, elevada, sinuosa y de trazado... asimétrico. Para el tránsito, un desafío mayor que, lejos de resolverse bien, durante años se enredó aún más con su urbanismo a los ponchazos y sus centenares de minubuses y taxis informales. En ese paisaje, las estaciones modernas y coloridas, y las góndolas ágiles de Mi Teleférico pintan a milagro.

La duración de los viajes interurbanos se redujo a un tercio o un cuarto, además de saltear las “trancaderas” permanentes, el ruido, la contaminación y la incertidumbre de tomarse el minibus. Desde el cielo, hasta parece una ciudad con paz en serio y los paceños cruzan cómodos por sus barrios a bordo del mismo medio que en Europa se usa para ir a esquiar.

Mi Teleférico, además de una solución para el tránsito, es un símbolo de cierta transformación. Según el Banco Mundial, durante 2004-2014 la economía boliviana creció a una tasa anual promedio de 4,9% por “una política macroeconómica prudente”. Bolivia sigue siendo uno de los países más pobres de la región y aquel crecimiento se desaceleró marcadamente, pero la pobreza “moderada” logró reducirse del 59% al 36,4%, su piso histórico.

El teleférico también es una buena noticia para los turistas. En esas góndolas para diez personas (todas y cada una con el retrato de Evo Morales), a veinte metros del suelo, cualquier viaje ordinario se convierte en un city tour espectacular, un sobrevuelo que permite asomarse a lo normalmente invisible incluso para residentes de toda la vida: los techos de calamina de colores, las canchitas de fútbol, el alucinado arte urbano en los panteones del Cementerio General, las torres de la avenida Busch y el hormiguero del Mercado del Alto se redescubren como en un libro de Yann Arthus-Bertrand.

Mini

O la interminable feria de la Alasita, una de las grandes fiestas populares con antecedentes desde tiempos coloniales. Cada 24 de enero, los paceños compran miniaturas de aquello que desean: una casa, un auto, billetes, herramientas para la contrucción, un mini certificado de salud, un mini pasaporte o un mini título universitario. Luego, las hacen “challar”, o bendecir para que el Ekeko, deidad de la abundancia, ayude a hacerlas realidad.

Alrededor de la feria, todos se suman a la fiesta. Los diarios imprimen “periodiquitos” para ese día y los cafés sirven promos con porciones reducidas de sus especialidades. El Banco Central tuvo que recordar la prohibición de copiar demasiado fielmente los billetes oficiales.

Después del 24 E, la feria con cientos de puestos donde se venden esas miniaturas sigue abierta todo un mes. Allí, como uno de los deseos más recurrentes es el de la vivienda propia, se multiplican las maquetas con casitas de tres o cuatro pisos y colores estridentes. Las venden con todo y mini título de propiedad, simulando una operación inmobiliaria formal.

A esos edificios coloridos, exuberantes, con ventanas espejadas y detalles geométricos, tan brillantes entre las casas de ladrillo sin revoque a medio terminar, características de la Ciudad del Cielo, se las conoce como “cholets”. A escala real, son las mansiones de la nueva burguesía de comerciantes aymaras, enriquecidos en los últimos años, y uno de los fenómenos arquitectónicos más curiosos del planeta hoy.

cholet, La Paz
Foto: AFP

Los llaman cholets porque en su último piso suelen estar coronados por un chalet, de techo a dos aguas, donde vive la familia de cholos propietarios. Los niveles inferiores se destinan a alquileres, a otros parientes, a cocheras y, sobre todo, a un infaltable salón de fiestas con tantas luces y detalles cromáticos como un flipper. De hecho, hay edificios cholets que rinden tributo a los robots Transformers y a personajes como Iron Man y Superman.

Uno de los mejores restaurantes del mundo está en La Paz. Se llama Gustu, vocablo quechua que significa sabor, y sólo sirve productos plantados, crecidos y procesados por manos bolivanas en territorio boliviano. El impulsor de la idea es, sin embargo, danés: Claus Meyer, famoso por su restaurante Noma, en Copenhague, pero responsable de muchos otros proyectos gastronómico-sociales.

Gustu, que desde su apertura en el barrio de Calacoto acumula premios y reconocimientos, sirve un menú fijo de una docena de pasos (100 dólares, maridado con vinos), que se renueva cada tres meses, confeccionado a partir de viajes de investigación por distintas regiones de Bolivia. Son verdaderas expediciones del staff de la casa junto con otros profesionales invitados (cocineros, sociólogos, historiadores) en busca de los productos y las tradiciones más autóctonas.

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