Pablo Lemoine | EL PERSONAJE

"Quiero que se valorice la camiseta que se defiende"

Estudiante conflictivo, un día vio la final de rugby y le gustó eso de golpear y chocar. Jugó en Europa antes que nadie y como entrenador devolvió a Los Teros a un torneo mundial.

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El hoy entrenador de Los Teros fue el primer rugbista uruguayo profesional. (Foto: Ariel Colmegna)

En medio de la charla, Pablo Lemoine (40) se entusiasma. Y su entusiasmo es mezcla de orgullo, emoción y bronca. Cuenta que manejaba hacia el Centro, por Avenida del Libertador. En una esquina se le acercó un hombre que vendía pinitos perfumados para el auto y lo reconoció. "Bo, ¿vos sos el del rugby? ¡Cómo metieron, loco, qué orgullo, qué crá, cómo tacklearon! ¿Viste que me aprendí las palabras? ¡Muchas gracias!". Al entrenador que devolvió a Los Teros a una Copa del Mundo tras 12 años se le enciende la mirada. El orgullo es por la imagen que dejó la única selección amateur en el torneo de Inglaterra aún en disputa. La emoción es por el reconocimiento recibido, incluso de los profanos, luego de dejar la vida en el llamado Grupo de la Muerte ante potencias como Inglaterra, Gales, Australia y Fiyi. Y la bronca...

"Ese loco no piensa si el rugby es (un deporte) elitista o no. ¡Ese loco vio a quince flacos rompiéndose el culo por Uruguay!". Pablo, el marido de Gabriela y el padre de Mía (7), Jazmín (4) y Faustino (2), el primer rugbista uruguayo en irse a jugar al exterior y volverse profesional, el estudiante díscolo, el hijo de los antiguos dueños del Forte di Makalle, el hincha de Defensor y de Sporting, el que considera a Montevideo Cricket Club como su lugar en el mundo, dice que no le molesta que aún se asocie al deporte que ama con Carrasco, colegios ingleses y carísimos, e hijos de estancieros sin más obligación que ver su ganado engordar. Dice que no le molesta, pero evidentemente le da tirria. "El loco asoció al rugby con lo que tiene que asociar: esfuerzo, sacrificio, apoyo al compañero... ¡eso es lo que a mí me gusta que se vea! Yo soy un buen ejemplo: soy del Parque Rodó y mi viejo trabajaba dando vuelta los chorizos: no solo era el dueño del restaurante, también era el parrillero".

Pablo se ríe. Apenas había bajado del avión luego de 59 días fuera del país y se puso a hacer de niñero. Su esposa, laboratorista dental, tenía un congreso en la Facultad de Odontología y él tuvo que retribuir atenciones. "Toda mujer es responsable de los logros del hombre que compite. Yo tengo tres hijos, casa, obligaciones y cuando no estoy ella cumple por los dos. Le debo mucho. Entonces, me quedé con los nenes y la llevé adonde precisaba. Para mí es una de las cosas más importantes: retribuir a la persona que te da tanto". Acababa de volver de un Mundial donde cuatro previsibles derrotas no empañaron el orgullo de haber sabido cumplir: Uruguay, su equipo, tiene solo dos jugadores profesionales con contrato en el extranjero (Agustín Ormaechea y Felipe Berchessi), otros dos también tuvieron una experiencia rentada pero sin contrato y un universo de apenas 1.500 rugbiers para elegir. Así y todo, Los Teros, su desvelo, están por tercera vez entre las 20 mejores selecciones del mundo, y recibieron el reconocimiento unánime de jugadores, periodistas especializados e hinchas. El rugby, su pasión, volvía a darle satisfacciones.

Unión.

De niño, Pablo no estaba "ni cerca" del rugby. Practicaba fútbol, básquetbol, natación y todo lo que sus padres pensaban que le haría bien para quemar energías. Era inquieto y conflictivo. "Un anormal". De físico grande, era el que lideraba las revueltas infantiles en el Erwy School y el que siempre salía sancionado. "Un día pusieron rugby en el colegio. Yo en la tele había visto la final del Mundial de 1987, entre Nueva Zelanda y Francia, y me prendí. ¿Viste cuando vos tenés feeling con algo? Golpes, choques, fricción (risas)".

Cuando terminó el rugby en el Erwy, en 1989, sus profesores del Cricket invitaron a los jugadores al club. A todos menos a él. "Fue por temas de conducta (risas). Pero fui igual, ¡y a la primera práctica me echaron! Tuve problemas con los que hoy son mis amigos de toda la vida. Pero se ve que me vieron potencial, un tipo grande, con carácter, me dieron otra oportunidad. ¡Y también tuve lío (carcajada)! Pero al final me llevaron por el bueno camino".

Fundado en 1861, Cricket es el club más viejo de Uruguay y el que introdujo al país el fútbol, el hockey y el rugby. Pese a ser el primer club no británico en jugar a este deporte en el mundo, su palmarés es reducido: apenas tres títulos uruguayos en la década de 1950. "Es un club de 154 años que ha logrado mantener la mística. ¿Cuál mística? Que un grupo de gente de distintas generaciones se pueda alinear detrás de unos colores, de una filosofía. Aquí es más importante ayudar a un amigo que ganar un título. Yo entré a los 13 años y tengo el mismo grupo de amigos hasta hoy, habiendo vivido cosas buenas y malas. No nos unieron títulos, nos unió la historia. Además es un club más introductor y formador que buscador de éxitos. Pasa que los clubes exitosos, si no tienen éxito, fracasan".

Su fanatismo por el rugby se volvió tan fuerte que se anotó en Administración de Empresas solo para jugar un mundial universitario. "¡No sabés la alegría que hubo en casa! '¡Pablo estudia (risas)!' Para que no se entristecieran en casa, seguí como un año y medio. Pero ni bien firmé el primer contrato huí despavorido".

Pilar.

Como jugador, Pablo era pilar y jugaba en la primera línea del scrum. Su 1,84 metros y sus 125 kilos hacían el trabajo duro. Esto es ir a la paliza, empujar al equipo adelante y pelear como nadie para conseguir la pelota, apenas tocándola. Mucho sacrificio, poco lucimiento, toda una enseñanza. "Es un puesto en el que trabajás para el otro, ni te ven la cara. Es otro el que se luce y busca generar cosas con la pelota que vos obtuviste. Pero es un puesto de liderazgo, formador. Si mañana tuviera que nacer de nuevo, jugaría en el mismo lugar".

Su nivel lo llevó al extranjero (ver nota aparte). En 1998 llegó al Bristol de Inglaterra; él no sabía hablar inglés y sus compañeros no tenían idea dónde quedaba Uruguay. Dos años después se fue a Francia, donde jugó por una década. Aprendió qué era ser profesional. "En el amateurismo se hace deporte por placer y en el otro es un trabajo. Cada vez que iba al entrenamiento sabía que jugaba por mi familia y por mi futuro". Aunque hubiera plata de por medio, tuvo suerte de encontrar buenos grupos humanos, dice. Un equipo no se entiende sin un grupo, repite.

Pablo jugó por Uruguay los mundiales de 1999 y 2003. De hecho, el último try de Los Teros en estos torneos había sido suyo, ante Inglaterra y hace doce años; el último hasta que el 6 de octubre Carlos Arboyeda apoyó otro ante Fiyi, ahora con Pablo como entrenador. Para Uruguay fue casi como ganar la Copa Ellis. "Un try es la demostración de que podíamos. Además, lo metió Carlos, que había tenido un problema de presión en un ojo, que venía de una lesión, que trabajó muy duro para volver... todo era un contexto. Me pone contento cuando se puede demostrar nuestro trabajo, sobre todo con estos guachos que dejaron parte de su vida".

Para Pablo, por más amateur que sea, si alguien dedica ocho horas del día a entrenar, es rugbista. Vio muchas de estas historias. Vio más. "Cuando dicen elitista... los Teros son gente que tiene que laburar para vivir, estudiantes, bancarios, profesionales que se rompen el culo. Cuando se acercaba el Mundial, hubo tipos que me dijeron: 'Largué lo que hacía porque si quiero llegar bien preciso tiempo para entrenar'. ¡Y vos quedás de cara! ¡El tipo deja el laburo, de tener ingresos, y lo hace convencido! Por eso cuando meten un try, cuando juegan un buen partido, cuando logran el reconocimiento de la gente, te enorgullece el doble. ¡Ese tipo dejó el laburo para jugar un Mundial! ¡Eso es tener huevos! Y vuelve acá, a cero".

De nuevo, el coach, el primer Tero profesional, el que le ve a Faustino destino inexorable de rugbier ("Es un jabalí, una cabeza así, un culo así, ¡se pasa haciendo cagadas!"), vuelve a apelar a los valores de este deporte —esfuerzo, sacrificio, apoyo al compañero, solidaridad, espíritu de grupo— como fórmula para el éxito. Éxito que no equivale a triunfos. "Yo quiero transmitir a mis dirigidos que valoren la camiseta que defienden. Cuando eso pasa, todo queda de lado, amateurismo y profesionalismo. Mi objetivo fue ese: valorizar la camiseta, su historia y a tipos que pusieron su vida en eso, dejando años, familia, trabajo...".

EL PRIMER ADELANTADO

El mismo año en que Uruguay se clasificó por primera vez a un Mundial de Rugby, 1998, Pablo Lemoine se transformaba en el primer rugbista criollo en volverse profesional. Uno de los responsables de que esto pasara fue Pedro Bordaberry, quien antes de dedicarse a la política organizaba el Seven de Punta del Este. El otro fue Jack Clark, entonces entrenador de la selección de Estados Unidos. Ambos fueron consultados en octubre por el coach del Bristol inglés que andaba buscando un pilar argentino, conocidos por ser muy aguerridos y fuertes en el scrum. Ambos terminaron recomendándole a Lemoine; Clark porque había quedado impresionado con él en un Panamericano que se había realizado en agosto y Bordaberry porque su sugerencia inicial —otro pilar uruguayo— no tenía pasaporte europeo. "Por destino o por suerte, terminé en Bristol", ríe Lemoine.

En este tradicional club inglés, Pablo comenzó su periplo europeo como profesional que duró 12 años e incluyó a los equipos franceses Stade Français (donde ganó el campeonato local dos veces y fue finalista de Europa otras dos), Montabaun y Valence dAngen. Volvió en 2010 para cerrar su carrera donde la inició, en Montevideo Cricket.

SUS COSAS

Su disco

El disco Si me voy antes que vos de Jaime Roos, de 1996, fue infaltable durante su aterrizaje al Bristol, adonde llegó sin casi hablar inglés. "Le daba duro, lo escuchaba para mí. Era un nexo con mi mundo". En esos tiempos, andaba con un diccionario traductor a todos lados y se prendía a cualquiera que hablara español.

Su gloria deportiva

Pablo elige a la sufrida victoria 36-27 de Los Teros ante Rusia, el 11 de octubre de 2014 y en el Estadio Charrúa, por el repechaje para la Copa Mundial de Rugby 2015. Con él como entrenador, Uruguay volvía a la elite internacional tras 12 años. "Fue concretar una cantidad de cosas que había pregonado y defendido a muerte".

Su libro

El entrenador no se reconoce como un gran lector. Pero le ha gustado mucho El poder del ahora, del escritor germanocanadiense Eckhart Tolle, que ha sido traducido a 33 idiomas en todo el mundo. "Es un libro de autoayuda y posicionamiento. Te explica que no vale la pena pensar mucho hacia atrás y hacia adelante. Se complica".

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