EMIL MONTGOMERY

"Yo quiero que el público viva su propia experiencia"

Pionero de la electrónica y protagonista del show más multitudinario de Uruguay, hoy prefiere lo íntimo y ecléctico. Y aún paga derecho de piso.

Era abril de 1987, el mes en que Uruguay recibía la primera visita del papa Juan Pablo II. Un Emil Montgomery de 17 años disfrutaba de una reunión en casa de amigos en su barrio, Pocitos. Desde muy chico mostró interés en la música, tanto que sus padres le habían facilitado que estudiara piano y solfeo. Pero ahora no tenía claro qué rumbo tomar. Hasta que uno de sus amigos, en esas épocas antediluvianas sin CDs ni Internet, puso un casete: Oxygène y Equinoxe del francés Jean Michel Jarre, maestro de la música electrónica, espacial, onírica, transportadora a otros mundos. Su mundo jamás volvió a ser el mismo.

"Es muy difícil expresar el impacto que eso me causó", dice Emil, de flamantes 45 años. "No era algo muy conocido por acá entonces. Hoy hay Internet y todo está mucho más cerca, pero entonces... yo recordaba de chico haber visto películas de ciencia ficción, Encuentros cercanos del tercer tipo o 2001: odisea del espacio, que tenían esa música experimental, extraña. También recuerdo una publicidad de los viejos championes Gamo, allá por 1976, con música de Jarre. Y cuando me volví a encontrar con eso, a los 17, fue un impacto fuertísimo. Y ahí decidí que eso era lo que quería hacer".

Emil Montgomery es su nombre real, no artístico como creen muchos. Su bisabuelo era escocés ("Creo que fue organista del Templo Inglés") y su nombre se debió a un gran corredor de fondo olímpico checoslovaco, Emil Zatopek. Hoy vive entre Uruguay, México —país al que se fue "para salir de la zona de confort" en 2000— y Europa. En el país tiene su búnker por la calle Julio Herrera y Obes. Es un lugar con varios contrastes: afuera hay rejas de metal y una puerta que parece blindada; adentro hay pianos, teclados, PCs, sintetizadores, alfombras, tapices, fotos de gárgolas, máscaras africanas, arcos indígenas, mesas de madera y reposeras; hay libros de Tolkien, Carl Sagan, de chakras y de profecías mayas; hay discos de Suzanne Ciani, Leda Valladares y la Tabaré Riverock Banda. "Es como mi baticueva", dice el músico y ofrece té. En el ambiente coexisten en armonía la frialdad tecnológica con una calidez más espiritual. Esos contrastes y esa variedad en sus gustos también refleja el momento actual de quien fuera el pionero de la electronic dance music (EDM) en Uruguay, creador de la recordada "Candonmarcha" y responsable del Concierto por la Paz y la Tolerancia de 1995 en las escalinatas del Palacio Legislativo. Nunca antes (ni después) se reunieron 300 mil personas para un recital como en esa ocasión. Ahora apunta a experiencias menos masivas, sin reglas establecidas, y eclécticas. Así será su próxima presentación en el Sodre (ver nota aparte), un espectáculo más intimista, pensado para dos mil personas.

¿Encasillarse?

"Es muy difícil encasillar lo que hago. Pasa que por electrónica hoy se engloban muchas cosas: house, acid jazz, dance, trance, experimental... dentro de eso, lo mío puede ser ambient".

Viste boina negra, camisa violeta, jeans y sandalias. Es muy cordial en el trato. Nada más alejado a lo que —se dice— es el divismo de ases de la EDM como los franceses Daft Punk o el sueco Avicii. Es un uruguayo que debió cruzar esa barrera de hacer música electrónica aquí. "Yo siempre fui el rarito. Ahora es otra época, pero en aquel momento no encajaba en ningún lado. Había pasado una oleada del rock, el pop latino aún no se escuchaba. Se hizo como un silencio y ahí surgí yo. Fui como un pionero". En 1991, realiza el primer concierto de este tipo de música en Uruguay en el Teatro del Anglo. En 1993, por encargo de los responsables de la disco Space de Punta del Este, produce el primer álbum dance criollo: Dee-jay music. El corte de difusión, Space is a dream, la "Candonmarcha", fusión de candombe con música electrónica, es un éxito monumental. "Eso explotó en todas partes. Hasta hoy me siguen llegando regalías en distintos países". El espectáculo en el Legislativo incluye un impresionante juego de luces —otra característica suya— y 150 artistas en escena. Otro show suyo, en 1998 y en Punta del Este, reúne a 100 mil personas. Su ídolo Jarre acepta conocerlo y colaboran juntos para un proyecto del francés. Por los valores promocionados en sus presentaciones, la Unesco lo premia entre 1.600 compositores en 1996. Sin embargo en 2000 hizo un giro: "Todo el mundo estaba haciendo megaeventos para recibir el nuevo milenio y a mí me pareció mejor hacer algo más íntimo. Por eso organicé un fin de semana, Encuentro por el nuevo mundo, en las sierras del Penitente, en Lavalleja". Talleres de astronomía, tai chi, música indígena y un concierto suyo atrajeron a unas 400 personas.

Eran tiempos de su partida a México, el mayor mercado latinoamericano. "Quería destruirme y construirme de nuevo. Si me quedaba acá, me iba a empezar a copiar". No le fue nada mal. En México, aparte de nutrirse aún más de elementos indígenas, espirituales, folclóricos y étnicos, están las grandes multinacionales discográficas. Ahí fue seleccionado entre los 18 mejores músicos del género, como Jarre, Vangelis o Kitaro (con quien llegó a tocar en Uruguay). Actuaciones como la del 11 de febrero próximo en el Sodre permite ver sus intereses actuales: música con fuerte presencia de elementos visuales, ausencia de letras, ideas que se sugieren pero no se imponen.

"Yo viví la masividad y ahora apunto a llegar más directamente al espectador. Eso se pierde en los conciertos masivos, donde la gente puede sentirse lejos. Yo no he tenido el don del canto, me siento más cómodo transmitiendo a través de los demás elementos. Es una forma de comunicar lo que querés pero a la vez dejás que el público viva su propia experiencia. Me interesa que la música y las luces sean las herramientas para construir tus propias sensaciones".

Ser artista.

México le dio mucho. Para empezar, lo convirtió en un ser humano "más consciente de sí mismo", logros, fracasos y experiencias místicas mediante. Y en Uruguay, si bien se sabe reconocido por público y colegas, aún siente que debe pagar algún derecho de piso. "Eso pasa cuanto tenés que sentarte a negociar (con patrocinantes), a proponer que precisás apoyos. Ahí lamentablemente siento que no se me reconoce como creo que debería. Yo no solo traigo música, yo produzco y dirijo todo. Más allá de lo artístico, traigo una propuesta de contenidos, valores, que me parecen un plus muy importante. Pero no me quejo... sigo trabajando y haciendo lo que quiero. Lo que hago, lo hago porque lo siento: esa es mi primera regla para hacer las cosas. Si creara en función de lo que los demás quieren escuchar o lo que el sistema propone, yo no sería un artista". Muchos le pidieron que repitiera otras candonmarchas. "Lo cierto es que no me interesó seguir haciendo eso, ¡y económicamente me hubiera servido muchísimo!".

—En tus shows manejás conceptos como tolerancia o paz. ¿Realmente creés que tu música puede contribuir a eso?

—(Piensa) Lo hago porque me nace y lo siento, y no en función de un resultado. Esto es lo que quiero decir: lo que hagamos no lo hagamos por cambiar el mundo, vamos a hacerlo porque lo sentimos como lo que hay que hacer. Eso es mucho más importante. Y si lo hacemos de esa manera, creo que el cambio sí se puede dar.

En la heladera del búnker hay un dibujo infantil prendido por un imán: "Te quiero tío Emil. Con mucho amor, Camila". Es una sobrina. Él no ha podido formar familia; su ritmo de trabajo ha tenido mucho que ver. "Me hubiera encantado haber tenido hijos, pero he sido un poco egoísta en mis tiempos, estoy muy clavado en lo mismo. Vivo entre acá, México, España y Francia. Por ahora, considero como mis hijos a las obras que voy haciendo".

Él alguna vez fue un hijo que encontró un rumbo escuchando a Jarre. Y ese rumbo no terminaba de convencer a sus padres, aunque siempre le habían incentivado su formación musical. "Yo le mostraba a mi padre los conciertos que yo quería hacer y él me decía: Pero vos estás loco, ¿cómo vas a lograr algo así? (risas). Pero siempre me apoyaron. Y cuando estaba montando el show del Legislativo lo invité a los preparativos, que mirara en primera fila. Yo tenía 25 años y él me veía dirigiendo todo. Me le acerco y lo veo con la boca abierta. Vos me enseñaste que todo es posible, me dice (se le ilumina la cara). Y... es difícil que un padre te diga eso, ¿no?".

LA BASE DE LA MATERIA

Quantum es una voz latina traducida como "cuantio", que era el valor mínimo de la materia. Quantum también es el nombre del espectáculo que Emil Montgomery presentará el 11 de febrero en el Auditorio del Sodre. Será su primera vez en ese escenario y presentará temas propios inéditos acompañado por artistas de la talla de la soprano Sandra Scorza, los DJ Fernando Picón y Ariel Perazzoli y el músico David Montenegro, especializado en instrumentos y ritmos indígenas.

"Es un gran desafío para mí. Cuando creás un espectáculo buscás una meta: fusión con instrumentos étnicos o algo más sinfónico. Esta vez me permití ser ecléctico, abrir la cancha, que la única regla sea que no hay reglas. Me di la libertad para crear cosas entre lo folclórico, lo místico, lo barroco, lo electrónico. O sea, es una representación de todos los mundos que han transitado en mi carrera: lo coral, lo sinfónico, lo barroco, lo electrónico, lo étnico, la contraposición entre lo moderno y lo medieval en un escenario que se va transformando con música e imágenes. Y por eso me gustó el concepto Quantum: a partir de ahí la ciencia determina que todo es posible. Por un lado, es un show bien concreto; por otro, podemos ir a cualquier lado".

SUS COSAS

Un referente

Emil sorprende y a la hora de señalar un referente artístico nombra a John Lennon, "por su gran capacidad creativa". Junto a los hermanos Andrés, Martín y Nicolás Ibarburu, más Nicolás Sarser, tocó de joven en una banda de covers que incluía temas de The Bealtes.

Un Libro

Siddhartha, una novela de 1922 escrita por Herman Hess, es el texto que el músico destaca por encima de todos. "Es un libro que refleja la búsqueda espiritual, pero una búsqueda espiritual mucho más humana, más alcanzable", explica. Su popularidad llegó casi tres décadas después, cuando fue publicada en Estados Unidos en 1951.

Una experiencia

"El haber vivido en la selva mexicana, en la zona de Chiapas. Estuve viviendo junto a una comunidad maya". Emil tiene un gran interés en esa cultura. De hecho, Las profecías mayas están bien visibles en su biblioteca. "Te nutre mucho vivir la sencillez que da el contacto con la naturaleza".

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