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Las primeras caras amigas

Dos enfermeras se encargan en forma voluntaria de asistir en salud a los migrantes y crearon un programa dirigido a acompañar a quienes llegan al país.

Katia y Lourdes durante una de sus consultas con migrantes.
Katia y Lourdes durante una de sus consultas con migrantes.

Lo primero que echó en falta al llegar al país fue la ausencia de una política de salud para los migrantes. Mucho después, mientras preparaba su especialización en Ginebra resolvió hacer algo en esa dirección. Katia Marina (37) debió sortear varios obstáculos y por fin, hace siete meses, puso en práctica un programa inédito y comenzó a comprobar los resultados.

Katia es auxiliar de enfermería y trabaja en el Hospital Maciel. En su tiempo libre se dedica en forma honoraria a esta tarea. Durante los tres primeros meses lo hizo sola, luego convenció a quien había sido su profesora en la Facultad de Enfermería, la nurse Lourdes Balado (52) con quien formó el equipo que lleva la tarea adelante por estos días.

El programa, aún mínimo, parece cumplir con sus requisitos y la voz se ha hecho correr entre las distintas comunidades de residentes en el país.

"La salud migratoria somos nosotras dos", dice sin complejos Katia. Y no es un despropósito la observación. Pese a que el país cuenta con una ley de migraciones integral y completa desde hace algunos años, el aspecto sanitario quedó prácticamente en el olvido.

Si bien el grueso de los migrantes que llegan al país son centroamericanos y venezolanos, en menor medida de otras nacionalidades sudamericanas, quienes vienen en la mayor situación de desamparo son los africanos. Sus necesidades suelen ser mayores a las de migrantes de otras partes del mundo.

"Los escuchamos, para nosotros es esencial conocer su historia, no se trata solo de tomarles la presión y los chequeos básicos", explica Katia.

Katia tiene además una maestría en lenguas y habla con fluidez inglés y francés, lo cual le sirve para comunicarse con prácticamente todas las personas que llegan al país. Eso resultó providencial, por ejemplo, cuando hace casi un mes llegaron como polizones en un buque carguero cuatro nigerianos.

El capitán del buque los había denunciado por desórdenes y por ello los dejó en manos de efectivos de la Prefectura Naval uruguaya.

"La gente de la red de africanos, que es muy organizada, se comunicó conmigo para que les diéramos una mano", cuenta Katia.

Al día siguiente la enfermera fue a verlos a la dependencia de Prefectura donde permanecían retenidos. "Me acompañaban otros dos africanos residentes aquí, un congoleño y un camerunés, los dos eran francoparlantes. Pero los nigerianos solo hablaban inglés, fuera de su lengua, con lo cual tenía que interrogarlos en inglés, traducirles al francés a los otros dos y al español al personal de Prefectura", cuenta Katia.

Los nigerianos "estaban asustadísimos", le relataron su situación y por último les pidió que se dirigieran al Maciel al día siguiente a primera hora. "Les pedí que fueran a las 6 de la mañana a la puerta de emergencia, porque a esa hora es más tranquilo y les advertí a mis compañeros que llegarían para una revisión", dice. Luego de las revisiones se constató que alguno de ellos necesitaba asistencia médica, "nada de importancia, pero era necesario un tratamiento".

Los nigerianos que llegaron huyendo de las atrocidades del Boko Haram viven ahora gracias a la solidaridad de los otros africanos residentes en el país.

Apoyos.

Desde mayo de este año hasta la fecha Katia y Lourdes realizaron 90 consultas interculturales.

Las primeras entrevistas se llevan a cabo en la vieja casona de la calle Washington casi Pérez Castellano, perteneciente a la ONG Idas y Vueltas, que respalda la actuación de las enfermeras. A estas siguen consultas a domicilio. "Atendemos una vez por semana en la calle Washington y luego dedicamos el tiempo disponible al seguimiento de los casos que lo requieran", explica Lourdes.

La nurse tiene además la especialidad en block quirúrgico y una maestría en gestión de servicios de salud. "Cuando Katia me hizo la propuesta para empezar a trabajar en el proyecto le dije: me tengo que poner a estudiar. Porque esto se trataba de algo más que gestionar un servicio de salud", recuerda Lourdes.

La preparación para echar a andar el mini programa de atención al migrante excedía la mera cuestión idiomática. "Recibimos gente de diferentes culturas, para quienes la salud tiene distintos significados y cuidados, donde influyen incluso factores religiosos", señala la nurse.

"Nuestro objetivo último es el de conseguir una consulta de enfermería profesional dentro de un programa de salud para migrantes, implementado por el Estado", reconoce.

Pero entre tanto funcionan en base a sus propios recursos, al apoyo de la mencionada ONG y el respaldo del Programa de Extensión Universitaria de la Udelar, y un acuerdo entre la Facultad de Enfermería y la Alta Escuela de Enfermería de Ginebra (Suiza), que fue un poco el origen de la iniciativa.

"Yo vi que esto era posible cuando estuve la última vez en Ginebra para hacer mi maestría y pensé que podría llevarse a cabo acá", recuerda Katia.

Katia nació en Ginebra, pero es hija de padres españoles. Llegó a Montevideo en 2007 y decidió quedarse, pero la falta de políticas de salud enfocadas en migrantes fue una carencia que la inquietó desde el primer momento. Tal vez debido a su temprana vocación por la enfermería, que solo hizo a un lado durante el tiempo que dedicó a estudiar lenguas y literaturas hispánicas.

Su vínculo con Suiza resultó, a la postre, vital para el programa. "Estamos buscando algún tipo de apoyo económico, porque todo esto lo hacemos con nuestros propios recursos y eso complica bastante. En cosas tan elementales como el uso del celular, la gente nos llama constantemente para consultarnos por algo y todo eso representa gastos", explica.

En realidad va más allá. Las enfermeras terminan, muchas veces, acompañando a los recién llegados a hacer trámites o a comprar el remedio que les acaba de recetar el médico.

Como ocurre con todo pionero en algo, Katia y Lourdes van imponiendo las reglas básicas de su actividad. "Esto se basa en algunos principios inamovibles como el de la confidencialidad, la accesibilidad a los migrantes, la asequibilidad de los servicios de salud y, por último, la integración social", explica Lourdes.

Durante estos meses de trabajo las profesionales fueron construyendo una red de asistencia con médicos de distintas especialidades. "La especialidad de ginecología fue una de las primeras que contactamos porque estos suelen ser los casos más urgentes que recibimos", señala Katia.

De hecho, muchas mujeres sobre todo procedentes de Centroamérica vienen huyendo de situaciones de violencia de género o doméstica, o cursan embarazos no deseados también ligados a ese tipo de cuadro. Katia y Lourdes esperan que en un futuro no muy lejano el servicio que ofrecen en forma honoraria tenga un mayor alcance. Pero entre tanto se sienten satisfechas de poder hacer algo por quienes llegan en el mayor desamparo.

Planes para eseñarles a cocinar y hablar español

Cada grupo de migrantes llega con diferente tipo de necesidades y carencias. Es usual que en el caso de las mujeres procedentes de Centroamérica muchas lleguen escapando de situaciones de contexto crítico, donde prima la violencia de género, insolvencia económica y falta de formación. En el caso de los africanos de distintas nacionalidades a las barreras idiomáticas se agregan las culturales, cuadros de salud a menudo complicados por algún tipo de lesiones que han sufrido por malos tratos, peleas o algún tipo de enfrentamiento originado en situaciones de persecución que sufren en sus países. Y a ello debe sumarse el aislamiento y muchas veces la falta de documentación en regla. Hay otras comunidades que presentan otro tipo de problema. La cubana es un buen ejemplo de ello. "Ellos tienden a esperar mucho del Estado, porque están acostumbrados en su país que el Estado les da todo", explica Katia Marina. Y los problemas no terminan allí. La gastronomía es todo un gran tema para la mayoría de los migrantes, para los cubanos y centroamericanos en particular. "Para eso se organizaron jornadas a cargo de licenciadas en nutrición, con la finalidad de promover y asesorar en materia de buenos hábitos de alimentación. Durante esas jornadas se les enseña, por ejemplo, cómo preparar los alimentos que pueden conseguir aquí o a sustituir otros que son muy corrientes para ellos como los frijoles. Se les explica qué son los garbanzos, las lentejas, los otros tipos de porotos y cómo prepararlos", sostiene Katia. Por otra parte, para quienes no son hispanoparlantes la Facultad de Humanidades y Letras comenzó a impartir cursos de idioma castellano básico. "Es como el primer escalón necesario para la integración, que de otro modo se les haría prácticamente imposible", señala la enfermera. De este modo, poco a poco, los migrantes consiguen hacerse su espacio y no sentirse extraños en una tierra que no es la propia y a veces muy lejana.

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