El precio de la libertad de un país multicultural

Crónica de un viaje por Ucrania un año después de la llegada al poder del presidente Zelenski, en un intento de entender cómo respiran, resisten, luchan y sueñan los ciudadanos del lugar.

Un viaje por Ucrania
Un viaje por Ucrania

Ucrania, tierra de contrastes, se busca a sí misma en duras condiciones. Este país clave para la estabilidad de Europa ha sido agredido por Rusia, que le arrebató la península de Crimea y que apoya a los separatistas en la región de Donbás. También ha sido víctima de la corrupción, la incompetencia y el egoísmo de su clase dirigente. Más de un año después de la toma de posesión del presidente Volodímir Zelenski, en mayo de 2019, la fe en el futuro se enfría y nuevos retos, como el coronavirus, se han sumado a los anteriores.

La tarea de unir a los ucranios, divididos entre quienes miraban hacia Rusia y quienes se orientaban hacia Europa, resulta titánica por la magnitud de los problemas acumulados y por la misma inexperiencia del presidente, un actor cómico respaldado por el 73% de los votantes.

En busca de claves para entender por qué uno de los países más ricos de Europa se ha convertido en el más pobre del continente, emprendimos varios viajes por Ucrania. Una veterana colega nos aconsejó “empezar por el alma ucrania, la tierra de nuestro gran poeta”.

Tarás Shevchenko, el padre de la lengua ucrania moderna, pintor y revolucionario, nació en 1814 en Mórintsi, como siervo de los Engelhardt, una familia de terratenientes que veraneaba en parajes hoy integrados en la provincia de Cherkasy. Los Engelhardt pagaron clases de pintura a su dotado siervo en San Petersburgo y un grupo de admiradores lo rescató por 2.500 rublos.

Shevchénkov

Así pues, un sábado de madrugada en un ómnibus desvencijado nos dirigimos a Shevchénkov (antes Kirílovka). Es el centro de la “patria chica” del escritor, entendiendo por tal el entorno geográfico y cultural de su infancia y adolescencia. Los contornos de dos templos ortodoxos, uno del patriarcado de Moscú y el otro del patriarcado de Kiev, se recortaban nítidos en el cielo.

Un viaje por Ucrania

En el pueblo, los monumentos al hijo insigne lo representan como un chico frágil y angelical, y las estatuas de Lenin, el fundador del Estado soviético, no existen y nunca las hubo, según Sergui Smalkó, jefe de la Comunidad Territorial Unida. La fusión de municipios es parte de la reforma descentralizadora iniciada por Ucrania. En Shevchénkov, la nueva gestión multiplicó los ingresos municipales, pero evidencia ineptitudes y corruptelas. Ingeniero y pedagogo, Smalkó se queja de que es “más fácil robar el dinero del Estado que gastarlo correctamente”.

La antigua hacienda de los Engelhard es hoy un parque natural bautizado con el nombre del poeta, que, de niño, apacentaba allí al ganado y copiaba a hurtadillas los cuadros de su dueño. Deambulamos por mansiones, caballerizas y pabellones venidos a menos. “Sería un magnífico destino turístico si lo restauraran”, comenta Smalkó.

El pueblo vive de la agricultura y se prepara para el comercio de la tierra. En virtud de una ley aprobada en marzo, a partir de julio de 2021 los ciudadanos podrán adquirir hasta 100 hectáreas en una sola transacción y poseer hasta 10.000 en total. Inicialmente el proyecto de ley contemplaba compraventas de hasta 200.000 hectáreas, lo que alarmó a granjeros como Nikolái Olínik, jefe de una empresa agrícola familiar en Shevchénkov. Olínik posee 10 hectáreas (dos parcelas de una antigua granja colectiva soviética “compradas de forma irregular”, según él mismo confiesa) y arrienda cuatro más. Dueño de tres tractores, tres camionetas y un frigorífico, no tiene deudas y evita intermediarios. El bloqueo del comercio con Rusia, consecuencia de los conflictos de 2014, perjudicó las exportaciones frutícolas. “Antes, decenas de camiones salían cada día en dirección a Rusia, que ahora puede elegir manzanas polacas, bielorrusas, ucranias y las suyas propias”, afirma Olínik.

Más allá de las sanciones, entre Ucrania y Rusia existe aún una red de capilares o “rutas alternativas por Crimea, Donetsk o Bielorrusia”, y por ellas siguen transitando camiones cargados de manzanas, explica Olínik. De forma análoga, por retorcidos caminos, entre los dos países eslavos circulan las materias primas y productos industriales.

Kiev

Las fachadas deslucidas, los infinitos baches y los oscuros pasos subterráneos no restan poder de seducción a Kiev, una ciudad de 2,9 millones de habitantes donde se trenzan huellas; de las pasiones religiosas eslavas desde el medievo, de la industrialización de principios del siglo XX y del desarrollo soviético.

A este crisol de culturas llegan gentes de todos los confines de Ucrania, y en los últimos años sobre todo de las regiones desestabilizadas por Rusia. En Kiev, los tártaros de Crimea rehicieron los órganos de autogobierno que el Kremlin les vetó en la península; en Kiev se reabrió Isolazia, una galería de arte de Donetsk, cuya sede original, una vieja fábrica de material aislante, fue convertida en cuartel y prisión. Más provinciana que París o Berlín y más relajada que Moscú, Kiev, no obstante, puede resultar insegura para periodistas y políticos, a juzgar por los atentados perpetrados contra ellos aquí.

Entre los desplazados desde Donbás está Irina Zemenchuk, camarera en un hotel de Kiev. Zemenchuk era empleada de una fábrica de bombones de Donetsk y vivía en Márinka, una localidad cercana, que los separatistas de la autodenominada República Popular de Donetsk y las tropas de Kiev se disputaban en 2014. Los primeros “colgaron su bandera y dejaron un retén de 10 personas”, los segundos “nos liberaron destrozándolo todo”, explicaba esta mujer que, durante los combates más duros, pasó casi un día entero sentada en una silla mientras los proyectiles cruzaban el aire.

Un viaje por Ucrania

En busca de la casa abandonada de Irina en Márinka viajamos al este en el tren que une Kiev a la zona controlada por el gobierno. Andrí nos abrió la puerta de una ruinosa construcción con vidrios rotos, paredes hinchadas por la humedad y llena de cacharros, basura y periódicos viejos. “Aquí dormíamos mi hermano y yo”, recordaba, y sus ojos recorrían el “Chernóbil doméstico”.

Desde 2014 en Márinka no hay gas y todos los intentos de arreglar la tubería abastecedora acaban en tiroteos. Sacos de arena donados por la Cruz Roja protegen las ventanas de la escuela número dos de Márinka. El frente está cerca y de vez en cuando las balas llegan hasta aquí. Antes de la guerra a la escuela asistían 300 niños, ahora son 195. Desde septiembre de 2019 la educación se imparte solo en lengua ucrania.

Mientras el este se consume en la guerra, la occidental Lviv se orienta hacia el futuro. Esta ciudad de 800.000 habitantes apostó por Europa y por la creación de puestos de trabajo para evitar la emigración masiva característica de principios de este siglo, explica el vicealcalde, Andrí Moskalenko. “Nuestra estrategia ha funcionado. Nos centramos en el turismo y la tecnología, las áreas más competitivas. En 2019 recibimos 2,5 millones de visitantes y tenemos la mayor agrupación de empresas de alta tecnología de Ucrania, un sector que emplea a 30.000 personas aquí”, afirma Moskalenko. Un nuevo parque tecnológico creará 10.000 puestos más. 

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