CABEZA DE TURCO I washington abdala

Porteñitos y uruguayitos

Todos los veranos sucede lo mismo, pero este es más fuerte en todo. Se llenó de porteños el Este y con ellos reaparece el contencioso eterno que tenemos los "yoruguas" con el hermano grande. (Los porteños ni se enteran que el hermano chico es necio, rencoroso y mala onda).

El porteño hace ruidos molestos, es farolero y bullanga por donde pisa. El uruguayo es exactamente lo opuesto hasta que le dan un metro y quiere ser como el porteño. El resultado se parece a cuando te mamás y hacés papelones delante de gente a la que no deberías poner en semejantes aprietos. "Eso" es el uruguayo tratando de imitar al porteño: un iraní pretencioso en Londres.

El porteño es compadrito, atrevido, rápido y prepotente. Paga y exige, pero paga sin miedo. El uruguayo es perfil bajo, slow motion, garqueta y nunca quiere pagar sino garronear, por eso no exige nunca nada y si le dan un fainá frío no se queja, ni en joda. El uruguayo es piojo y por eso se banca cualquier cosa. Además tiene complejo socialista y cree que quejarse es asunto de capitalistas y por eso se morfa los clavos creyendo que "ese" es su deber ético (gil).

La porteña es genia con la moda. Va a la playa como si fuera a París, piensa el detalle, la combinación de las zapatillas, lolas perfectas, la cartera y hasta los sombreritos. Las uruguayas curten look Punta del Diablo, aire frentacho y creen que estamos en Woodstock. ¿No leen Ohlalá? ¿No vichan Gente? ¿Es necesario tanto aire sauvage?

El porteño fuma habanos pero odia a la familia Castro. Todos, sin excepción, saben que esa barra es una truchada de sabandijas que hace cincuenta y siete años tienen esclavizada a la isla de Cuba. El uruguayo fuma porrito y ama a esos cretinos cuentamuzza**. (Incomprensible).

El porteño bebe Apperol Spritz, Fernet Branca y bebidas con menta. El uruguayo no sale del whisky, whisky y whisky (y se cree vivo el mamerto).

Las porteñas se matan a gimnasia —todo el año—, no morfan un chocolate ni por joda y viven a lechuga. Llegan divinas. Las nuestras le meten al choripán y a la torta frita. Recién ahora entendieron el asunto de la gimnasia y se notan ciertos progresos. (Amo cómo les molestan este tipo de comentarios a algunas damas uruguayas que se los toman en serio).

Los porteños que votaron a Macri ya lo demonizan. Los que se querían acomodar con Scioli no creen en Massa. Y los de Massa… son inexplicables. Los uruguayos que votaron al Frente Amplio —a los que el Frente amasijó a impuestos— igual cornudean y aguantan la toma. Falta que les saquen los calzoncillos y las bombachas y allí capaz que marcan bobera. (Todo llega). Los otros, los de la oposición, son creyentes en la llegada del Mesías (?). Todos se quejan del gobierno pero no se toman un café juntos ni si lo paga Trump. (Menos si lo paga Trump, aunque ahora podrían dejarse de jorobar y entender para dónde va el mundo).

Los porteños van a Punta con placer, la sienten propia, "disti", hermosa y de ellos. Los uruguayos, allí, se sienten intrusos pero cuando van para Salinas se quieren matar (ese arco en la entrada de Salinas no es muy estimulante). Los uruguayos viven problemas de doble personalidad en verano.

Los porteños tienen a Lilita Carrió. Los uruguayos a Marita Muñoz. (Todo dicho).

Los porteños cuentan con Natalia Oreiro, no, perdón, esa divina es uruguaya pero chetísima allá, "latita" acá. Lamento. Los uruguayos tienen a Victor Hugo, no perdón, hace tiempo que delira como un porteño Brancatellizado porque se transforma en alguien patológico con su credo K a cuestas. Victor Hugo cree que Cristina (sí, esa dama que nos odió por piojos insurrectos) es una diosa justiciera y no una "vieja chorra". En fin, no aceptamos devolución del relator. Bye, bye.

Los porteños son gregarios, se amuchan, se endiosan, se asesinan pero se aman. Los uruguayos se dispersan, se envidian, se ciniquean, se saben quiosco y se odian ("aldea" J. H. y R.). "Shomo ashí", dijera el prócer peperil.

Sigo en la playa.

Besos.

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