Placeres solitarios

LIL BETTINA CHOUHY

Suelen tener mala fama y connotación pecadora. La soledad se tolera mal en estos tiempos multitudinarios. El placer aparece ligado sobre todo al sexo.

Sin embargo en el tintero quedan unos cuantos placeres diferentes que vale la pena transitar. No necesariamente solitario, puede ser compartido. Paolo y Francesca lo hicieron juntos hasta el final en que perdieron el paraíso. Hoy, es un quehacer bastante menos peligroso que el de los famosos amantes, aunque no totalmente carente de riesgos.

Es un acercarse a abismos insospechados, a miradas inquietantes, a sentimientos que nos conmueven. Placer, disfrute y comprender al otro son palabras que se usan poco a la hora de transitar por un libro. Les propongo lo contrario.

Numerosos escritores han tratado de explicar esa necesidad. Bioy escribe para comprender la vida. Kundera dice "cada lector mientras lee está leyéndose a sí mismo. La tarea del escritor consiste sólo en proveer a sus lectores de una suerte de instrumento óptico que les permitirá discurrir sobre algo propio que sin el libro, quizás nunca hubiera advertido. El reconocimiento de sí mismo que hace el lector a partir de lo que dice el libro prueba la verdad de la obra".

¿Cuál verdad? Cabría preguntarse y discutir largamente sobre la verdad o las verdades. Cuando se llega a algún tipo de sintonía, simpatía, con el libro, esa es la verdad. La de cada uno reconociéndose en un espejo, que no está invertido sino explicado, revelado. Y la diversión, la risa, la aventura.

Recuerdo una tarde de invierno, en mi infancia asmática y montevideana, siguiendo a los tres mosqueteros en su camino desesperado para salvar a la reina de Francia de sus equivocados amores. Yo corría con ellos.

Sufrí con Anna Frank y la quise. Cuando se habla del holocausto, son aquellas esperanzas, aquellas pequeñas alegrías y sinsabores, aquella mirada de niña inteligente y buena en un mundo horrible, lo que el holocausto -ese y otros- significan para mí. Deja de ser una palabra que designa un hecho para personalizarse, tener rostro y sonrisa truncada por la maldad del hombre.

Hace poco leí en un libro estupendo de Jean D`Ormesson, Por capricho de Dios, un pasaje en que el personaje reclama una historia de los sentimientos, algo que nos pusiera en el lugar de lo que siente un romano que camina hacia su casa, o un siervo de la Edad Media que siembra el campo del señor, o un peregrino hacia La Meca.

Creo que la literatura en todas sus formas se acerca a esa historia de la sensibilidad, la nuestra y la de los que estuvieron antes y también porque es así de mágica adelanta lo que se sentirá en el futuro.

Hay algo que no puedo dejar de decir con respecto a los libros y es su viejísima y tormentosa relación con la libertad.

Basta recordar quienes y por qué sabían leer en siglos anteriores y quienes y por qué saben leer ahora.

Un ejemplo maravilloso de esta relación es el final de la película italiana -el cine es también revelador- Un día muy especial, en que una ama de casa embrutecida y agobiada, personificada por una estupenda Sofía Loren, tiene una experiencia de enorme trascendencia en su vida.

Viene de la mano de un vecino homosexual, antifascista y de un libro que le regala en la despedida de esa jornada tan particular y que ella lee cuando todos duermen. Es el momento de su libertad. De la libertad.

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