Cabeza de turco I washington abdala

Piketty ha muerto

Decidí terminar con el libro de Thomas Piketty El capital en el siglo XXI, que está de moda en todos lados. Larguito: 649 páginas en letrita pequeña. ¡Puff!

Piketty es un recopilador de datos históricos de economía como nadie en estos tiempos. Redescubrió que la "herencia" es central en la acumulación del capital, algo que todos en el planeta sabíamos pero no teníamos cuantificado, y desnudó las incertidumbres del capitalismo en medio de democracias oligárquicas que esconden acumulación de riqueza en base a una inequidad permanente. El enfoque es removedor porque ubica la crisis desde un lugar que nadie había ponderado de esa forma (repito, las herencias). Por eso los Krugman y compañía lo aplauden como focas en una fiesta.

Piketty, con su rostro de angelito, es un hábil armador de debates intelectuales. Sabe bien que está incendiando la pradera. Mezcla números estadísticos serios con teorías aceptadas (Gini y Pareto por ejemplo), los condimenta con sus visiones ideológicas (su libro al final es político, no jodamos) y finalmentre los riega con aterrizajes que van desde programas televisivos como Dr. House (lo amé) hasta la literatura de Balzac y Jane Austen (genial enganche, no neguemos esa originalidad puesto que los libros sobre economía suelen ser un embole prodigioso). Con eso quiere seducir. Y lo logra. Es pícaro. En realidad, hace nacer un cóctel demoníaco donde la "herencia" es culpable de la desigualdad en el mundo porque el propio capital se recapitaliza más que el trabajo. Además, cree que los altos ejecutivos reciben sueldos injustos (¿se los pagan por ineptos?). En realidad el economista entiende que el capitalismo está enfermo en su distribución (chocolate por la noticia).

¿Cuál es la solución "pikettiana"? La creación de nuevos impuestos planetarios. (¡Boing!) Un final cándido o cínico, según como le creamos a su autor. La montaña parió un cascarudito.

La obra quiere ser un grito de alarma ante la necesidad de masificar el análisis de la historia económica; un asuntillo que, francamente, no es para las masas ávidas de otras cosas. Pero como está escrito con piques modernosos y tiene un aroma "braudeliano", eso lo hace masificarse divinamente. Además, en un mundo donde la ignorancia nos gobierna, alguien que aporta un estudio más o menos ordenado (aunque súper discutible) se gana su lugar.

Piketty en definitiva rinde culto al infantilismo político al levantar la voz ante lo que, todos sabemos, no anda demasiado bien, pero no sabemos cómo mejorar. La democracia no ha podido con el capitalismo, pero ese es el desafío a acometer, y no hay otro escenario, ni mejor, ni posible. Todo lo otro es el infierno. (Igual, prefiero que se venda este libro a que sea éxito de ventas la vida de Jorge Rial. Las cosas como son).

Miro por la ventana del bar Sportman, donde estoy escribiendo esta nota, y veo cruzar un carrito de caballos con tres nenes montados en él, de esos que abundan en esta capital, y pienso que Piketty no tiene ni idea de estos asuntos. Que al final, sus miradas no terminan por relevar toda una dimensión de lo "informal" en las economías del olvidado tercer mundo. Y por eso considero que su libro es simpatiquísimo y delicioso para ser leído en Europa, comiendo una crepe en alguna bella ciudad milenaria. Pero no en este lugar donde las cosas pasan por el choripán y la torta frita, que son reyes de lo cotidiano para miles de sobrevivientes urbanos que se prenden de eso porque no tienen otra.

Lo paradojal del asunto es que Piketty —que tiene cierta aversión a los ricos, porque de alguna manera los combate y los culpabiliza— es ahora millonario: su libro ya ha vendido más de un millón de copias. Calcule una ganancia de 4 a 6 dólares por unidad y verá que la vida de Piketty ha cambiado estupendamente. Está bueno hacerse millonario jugando al Robin Hood intelectual.

Sigo en el Sportman unos segundos más y mi café está frío. Pido otro, lo bebo como si fuera una grappa, de una, y me voy raudo al maldito encuentro laboral. Piketty me calentó el día. Para mí, Piketty ha muerto.

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