EL PERSONAJE

"La fotografía es poner en línea el ojo, el corazón y el cerebro"

Considerado un maestro de la fotografía, Panta Astiazarán es además médico especializado, buzo, marino, periodista, piloto, y en su años mozos guardaespaldas. Una vida plena.

Panta Astiazarán continúa fiel a su cámara desde el retiro, un ojo incansable.
Panta Astiazarán continúa fiel a su cámara desde el retiro, un ojo incansable. (Fotos: Fernando Ponzetto)

"La fotografía es como el hilo conductor”, dice. Y la aclaración parece necesaria al tratarse de alguien que ha sido muchas cosas en su vida. Además de fotógrafo profesional y periodista, ha sido médico, karateka, buzo, guardaespaldas, docente, marino, un viajero incansable. Hombre inquieto, un ojo avizor que aún en su retiro continúa interpelando con la cámara, como lo hace con el periodista que lo está entrevistando, en un extraño juego de espejos.

Pantaleón Astiazarán (70) es y será conocido siempre como Panta, maestro de fotógrafos, aunque esa sea solo una de sus facetas. Cuando enseña el oficio a sus discípulos trata de transmitirles algunos de los preceptos que aprendió de sus maestros. Tal vez el más ilustrativo de ellos provenga de uno de sus mayores ídolos, el francés Henri Cartier-Bresson, el hombre que revolucionó la fotografía moderna y retrató a algunas de las personalidades más célebres del siglo XX -una serie que incluye tanto al Che Guevara, como a Edith Piaff, Marie Curie, Fidel Castro, Henri Matisse y Pablo Picasso, entre otros-, e instaló el concepto de la foto tomada “a la escapada”, o “el momento decisivo”. Una premisa que influiría directamente en el periodismo moderno.

“Él decía que hay que poner en línea el ojo, el cerebro y el corazón, todo en una fracción de segundos”, recuerda Panta.

Y allí parece residir una de las claves de su obra, la que puede verse en algunos libros y, en parte, colgada en las paredes de su vieja casona del barrio Palermo. Bajo la claraboya por donde se derrama la luz del día pueden verse las imágenes de un viejo astillero en Carmelo, los rostros orientales y graves de los parroquianos en el café de Mianmar, o una campesina y un niño en el valle de Urubamba, Perú, o el caótico tránsito sobre dos ruedas en Delhi, todas ellas en blanco y negro.

Y allí, mientras suena música de jazz en el equipo, Panta va desgranando su vida, la que ha llevado durante décadas tras el objetivo de una cámara. Una pasión que empezó hace casi seis décadas.

“Empecé a los 13 años, de casualidad”, recuerda con una sonrisa.

“Mis amigos abandonaron y yo seguí, con mi tozudez vasca empecé a estudiar. Me iba a la Biblioteca Nacional, estudiaba de un libro que se llamaba "Toda la fotografía en un solo libro", yo iba y tomaba apuntes”, recuerda.

Y así, en la buhardilla de su casa, improvisó su primer estudio. Le puso un papel celofán colorado a la bombita de luz, consiguió cubetas y compró los químicos del revelado en una casa especializada. “En primero y segundo de liceo ya sacaba fotos en los campeonatos de fútbol, a mis amigos, a mis compañeros de liceo y se las vendía”, recuerda.

Para cuando ingresó a la Facultad de Medicina la fotografía era su principal medio de ingresos. Panta recuerda esos años felices con una sonrisa, cuando dividía sus horas entre el karate, la fotografía, el estudio y esa curiosa ocupación temporal que tuvo entre 1971 y 1972.

Durante esos años, a instancias de algunos amigos de la época, terminó convertido en guardaespaldas del histórico líder del Frente Amplio, el general Líber Seregni (ver nota aparte). Cuando sobrevino el golpe y la detención del conductor de la izquierda uruguaya Panta ya había abandonado el trabajo para dedicarse de lleno a los estudios.

Tras recibirse de médico en 1976 resolvió irse del país. Vio una oportunidad en Brasil y no lo pensó más.

Luego de establecerse en Río de Janeiro, obtuvo una plaza en la poderosa compañía Petrobras, lo que lo llevaría a especializarse en medicina hiperbárica y al trabajo con los buzos.

“Me habían contratado como médico operacional, tenía 29 años, era divertidísimo, andábamos en helicóptero, en maniobras con buzos, era como el sueño del pibe”, recuerda.

Aunque oficialmente no le reconocían el título, en los hechos Panta era el médico al que acudían los buzos cuando tenían un problema. Y en las operaciones de buceo los problemas no son escasos.

Los equipos de buceo trabajaban en las plataformas océanicas de prospección de petróleo. En la época en que Panta formó parte de aquellas cuadrillas las plataformas se ubicaban frente a las costas de Espírito Santo, en el sudeste brasileño.

“Cuando me fui —algo que ocurrió 14 años más tarde—, ya no trabajaba como médico sino operando los equipos de compresión, en una función por la que me pagaban muy bien. Hacíamos operaciones de buceo que nadie en el mundo hizo, a 300 metros de profundidad”.

Pero aún en aquellos años en las plataformas petroleras su pasión por la fotografía seguía firme. Y continuó más tarde, cuando viajó a Europa para continuar trabajando principalmente como marino y buzo. Cargaba con una pequeña cámara de fotos que escondía entre sus ropas, dado que las compañías navieras no permitían fotografiar durante la navegación.

“Trabajaba seis semanas a bordo y seis semanas en tierra, en esas seis semanas en tierra no podía estudiar ni podía hacer nada, así que me dedicaba a la fotografía”, cuenta.

La fotografía y los viajes, además, habían picado su incesante curiosidad y necesidad de entender lo que veía. Y así comenzó a estudiar antropología, etnología y sociología, entre otras disciplinas.

En 1991 vivió por un tiempo en Francia, hablaba el francés con fluidez, al punto que quienes no lo conocían lo creían nativo. Y allí comenzó a estudiar, también por su cuenta, los primeros rudimentos en informática. Se hizo con una pequeña computadora y aprendió algunos de los lenguajes que se utilizaban en aquella época: Basic, D Base, FoxPro. Y de ese modo también aprendió a programar. Trabajó durante ese año en el área informática y cuando se terminó el contrato tomó la decisión más importante de su vida: dedicarse de lleno a la fotografía.

Volvió a Uruguay y, además de trabajar como fotógrafo, comenzó a dar clases. “Eso me obligó a sistematizarme y a documentarme para preparar las clases”, comenta. De esa manera construyó la que, asegura, debe ser la biblioteca especializada más completa del país.

"Empecé en fotografía a los 13 años, por pura casualidad".
"Empecé en fotografía a los 13 años, por pura casualidad".

“Acá nadie enseña historia de la fotografía, cómo fue evolucionando, esa simbiosis entre la necesidad y la tecnología hace que la fotografía vaya cambiando”, explica. Y eso es lo primero que enseña a sus discípulos.

A principios de 2000, ingresó a la Agencia France Press (AFP), y pronto se convirtió en el editor fotográfico de las oficinas para América Latina. En la agencia trabajó 17 años hasta su reciente retiro.

Hoy su obra es reconocida como la de uno de los fotógrafos más importantes del continente. Y si bien gran parte de esa obra es en blanco y negro, como la de la mayoría de los grandes maestros en esta disciplina, en la última etapa comenzó a “migrar” hacia el color. Y no se trata de una cuestión baladí, al menos no para un fotógrafo.

—¿Por qué decidiste cambiar?

—De a poco fui evolucionando hacia el color, ahora me interesa más el color, supongo que me pasa lo que le pasó a mucha gente: se aburren del blanco y negro. Componés distinto, trabajás distinto el color que el blanco y negro. Para empezar, hay una cosa que está estudiada científicamente y es que nosotros percibimos el color distinto a lo demás, de hecho primero captamos el color, después la forma. Por eso los extinguidores son rojos, y por eso si vas a armar una foto y tenés el color mal ubicado lo sabés enseguida. En una época el color tenía muchos problemas, era muy caro y para imprimir era un drama. Eso cambió con la fotografía digital, con la que estoy trabajando más ahora. Tengo una camarita digital, pero uso el mismo lente que compré allá por 1973, con eso estoy sacando la fotografía que hago ahora.

La misma cámara que sigue interpelando la realidad, medio siglo después.

Las espaldas del general

Entre 1971 y 1972 Panta Astiazarán tuvo la ocupación más curiosa de su historia personal: fue guardaespaldas del general (retirado) Líber Seregni, líder del emergente Frente Amplio. Dos de sus secretarios personales eran oficiales de la Fuerza Aérea y amigos personales de Panta. Fueron quienes lo invitaron a integrar el equipo de custodia del líder. Por aquel entonces era un avanzado estudiante de karate y conocía bastante el manejo de armas de fuego. De hecho, le entregaron una pistola y munición cuando lo convirtieron en la sombra que seguía al líder a todas partes. “Yo tenía una 45 con siete tiros, uno en la recámara y no había otro cargador, eran las pistolas personales de los amigos de Seregni, había una Lugger, un 38 corto, un ñato que le llamábamos nosotros, había dos o tres 45, un precioso 38 Military Police”, recuerda. En aquellos tiempos turbulentos las cosas empezaron a complicarse y Seregni comenzó a recibir amenazas de muerte. Durante su tiempo como custodio no le tocó emplear el arma. De sus tiempos como parte del equipo de seguridad del líder de la coalición de izquierda, fue material para su libro Cuidando al general, publicado en 2009.

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