NOMBRES

La perdedora que dio vuelta una elección

Stacey Abrams entró a la política para hacer oír su voz. Fue vencida en su intento de ser gobernadora pero volvió para ser (casi) millones. 

Stacey Abrams
Stacey Abrams

Donald Trump no es el único caso más o menos reciente de un candidato que no le concede a la victoria electoral a su contrincante. Hace dos años, la entonces candidata a gobernadora del Estado de Georgia en Estados Unidos, Stacey Abrams (del Partido Demócrata), rehusó reconocer que había perdido la carrera por la elección contra Brian Kemp, del Partido Republicano. Kemp le había ganado a Abrams por un margen comparativamente pequeño (55.000 votos de un universo de votantes de casi cuatro millones), pero esa diferencia no fue la que le hizo “perder los estribos” a Adams.

Otros factores incidieron en ese enfrentamiento: Abrams es negra y Kemp es descendiente de una familia propietaria de esclavos en ese estado. Pero además Kemp era —al mismo tiempo— candidato y Secretario de Estado de Georgia. Entre las funciones del cargo de Kemp se incluye la supervisión de las elecciones estatales. Abrams, literalmente, competía contra alguien que corría con el caballo del comisario.

Por último, hubo una importante “purga” de votantes de los registros, muchos de los cuales parecían haber sido eliminados sin justificación. Esa purga, dijo Abrams, la perjudicó directamente y terminó por torcer la balanza hacia Kemp.

Abrams no reconoció la derrota formalmente, pero cuando renunció a seguir la campaña dio tácitamente la elección por perdida. En su discurso de renuncia, les dijo a sus adherentes: “Respecto de ventilar la rabia o peor, darle la espalda a la política, les imploro que no lo hagan. La política puede ser tan podrida y arreglada como creen, pero en vez de la apatía lo mejor es la acción. Porque el mejor antídoto a la injusticia es el progreso. La cura para esto es una pelea limpia, en cada elección (…) Y vamos a ganar. Eso se los prometo”. Abrams se bajó del estrado y se fue para su casa, pero con una idea en la cabeza.

Estudiar y estudiar

Abrams nació en 1973 en el estado de Winsconsin pero sus padres se mudaron a Georgia cuando ella aún era una niña. En vez de seguir el camino de sus padres como pastores metodistas, Abrams eligió una carrera académica. Primero se graduó con las mejores notas en la Universidad de Spelman (especializándose en Sociología y Ciencias Políticas). Luego, hizo una maestría en Políticas Públicas y finalmente se recibió de abogada en Yale. Le gustaba estudiar a la muchacha.

Pero no solo. Abrams, además de ostentar varios títulos académicos, fue una escritora de novelas románticas bajo el seudónimo de Selena Montgomery. Como tal, llegó a publicar ocho novelas.

También tuvo varios emprendimientos comerciales pequeños. Algunas de esas múltiples actividades le fueron impuestas porque había que traer dinero al hogar.

Su padre tenía que costear un tratamiento para el cáncer que, como suele ocurrir en Estados Unidos, era muy caro. Además, la adicción de uno de sus hermanos lo llevó a la cárcel y ella y otros parientes se tuvieron que hacer cargo de la crianza de su sobrina. En algún momento, la emprendedora y ordenada Abrams se descuidó en cuanto a los impuestos que tenía que pagar, algo que Kemp usaría como argumento cuando se enfrentaron en la campaña electoral.

El bichito de la política, empero, ya le había picado de joven. En una visita del entonces gobernador de Georgia a la universidad que ella iba, Abrams lo interpeló en términos bastante duros. El político, en vez de ofenderse, le ofreció a que se sumara a su equipo.

Cuando Abrams entró a trabajar en política, empezó a darse cuenta de que eso podía ser un camino para hacer oír su voz. Porque siempre había sido una persona reservada: “Prefiero estar sola, no soy tan social. Pero eso no quiere decir que no disfrute de una campaña electoral. La gente se te acerca y te cuenta sus historias y problemas. Y siendo introvertida lo agradezco, porque no tengo que hablar mucho. Solo escuchar”, dijo en una nota publicada en Washington Post.

Ya familiarizada con los vaivenes y vericuetos de la política, Abrams empezó a escalar en la estructura del Partido Demócrata de su estados, hasta llegar a ser legisladora estatal.

Luego de ganar por amplio margen la interna de su partido, se tiró a gobernadora y perdió. Luego de la derrota contra Kemp, fundó una ONG: Fair Fight (Pelea limpia) para hacer algo al respecto de la práctica de suprimir el derecho al voto y evitar “purgas” en registros electorales.

En un documental que puede verse en YouTube, producido por Netflix y narrado por Leonardo Di Caprio, Abrams cuenta que Kemp “limpió” casi un millón y medio de votantes de los registros aduciendo diferentes motivos, lo que la motivó a ponerse a trabajar para que esa práctica no siguiera expandiéndose.

Puede que sea introvertida, pero se ve que Abrams tiene una capacidad organizativa fuera de la común. Porque Fair Fight consiguió movilizar a muchos militantes que trajinaron el estado de punta a punta convenciendo a gente a no solo reivindicar el derecho al voto, sino también a registrarse y votar a favor de Joe Biden en las elecciones presidenciales que ocurrieron este año.

El trabajo de Abrams y sus colaboradores fue tan metódico y concienzudo que Georgia, un estado que prácticamente siempre vota a favor de los republicanos, esta vez fue para los demócratas (la última vez que eso había ocurrido fue en 1992).

Cuando el equipo ganador de las recientes presidenciales -Joe Biden y Kamala Harris- ofreció sus primeros discursos, la nueva vicepresidenta Harris tenía en su alocución algo para decir sobre Abrams: “Georgia es un estado con mayoría demócrata hoy y eso es un cambio fundamental en la historia de ese estado. Eso es gracias a Stacey Abrams y a un montón de mujeres negras que estuvieron en el territorio, haciendo que muchos se registraran para votar”.

En total, Abrams y otras organizaciones sociales consiguieron que 800.000 personas se registraran para votar.

Nada mal para una introvertida que venía de perder su hasta ahora más importante elección.

Ese éxito electoral y de militancia no solo aportó para la victoria de Biden y la derrota de Trump. También le devolvió algo de orgullo a muchos georgianos, sobre todo negros.

Una militante entrevistada por BBC luego de las elecciones decía: “Se podría haber ido para su casa con la frase ‘Bueno, perdí’. Pero se puso el overol y comenzó a trabajar. Y que haya contribuido a que tanta gente se registrara fue un gran cambio. Ahora se vio, tanto en Estados Unidos como en el mundo, que nuestro voto importa”.

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