COLUMNA CABEZA DE TURCO

El tiempo de los patriotas

"Patriota es el que no anda buscando arreglos personales sino construye arreglos universales". Por Washington Abdala

Washington Abdala. Foto: Archivo El País
Washington Abdala. Foto: Archivo El País

El sentido patriótico, de entrega, de servicio o como el lector desee denominar a ese talante se revela en el devenir de nuestras existencias y en lo minúsculo de las pequeñas situaciones sociales cotidianas. En momentos límites aflora en su real dimensión porque el reflejo inconsciente explota y no permite “disimular” lo que realmente se siente. No hay tiempo para que el especulador instale su telón oscurantista. Y, por eso, las situaciones límites nos revelan héroes y seres diminutos. No hay espacio para el matiz (siempre Karl Jaspers).

Un patriota es un individuo magnánimo. No pasa facturas. No da cuenta en el ágora de su “generosidad” buscando el aplauso. No se mueve por interés personal sino que asume la necesidad del colectivo a sabiendas que es lo que corresponde hacer y si tiene que sacrificar parte de su terreno en aras de un bien superior, no tiene problemas en ir por el todo, consciente de los costos a pagar. El patriota avanza, no especula, no juega al ajedrez con la vida escondiendo sus piezas por detrás de caballos, torres y alfiles. Es, repito, de la “vida” de lo que hablamos, no un tablero lúdico. El patriota actúa en base a su profunda convicción humanista.

En el día a día el patriota -en todo el mundo es igual- se revela también en el detalle, la actitud donde lo accesorio no pasa a ser jamás central y por eso hay que comprender que andar hurtando canicas es tan malo -y denota una ética que envilece al conjunto- como si se estuviera operando para la mafia. La corrupción chica o grande siempre anida a un ser igualmente reprobable. Lo sabemos de memoria pero cuesta asimilarlo. Y si con algún corrupto existe algún vínculo y se actúa de forma complaciente con él, y de forma catoniana con el adversario, se cae entonces en la trampa del corporativismo. Esa es otra forma de corrupción (Robert Klitgaard).

Me dirá el lector que lo afirmado es obvio. Por cierto, lo que sucede es que en el ámbito del poder se pueden confundir estos asuntos y los patriotas, los que tienen que estar a la altura de las circunstancias, no siempre pueden con todo, y por eso es bueno repensarnos -en conjunto- para ver si se puede colaborar en el desafío de la hora, aunque sea aportando un poco, todos los días, algún granito de arena. Convengamos que los “no patriotas” (a los diminutos me refiero) son egocéntricos, convencidos que sin ellos el mundo no tiene amaneceres y tonterías de naturaleza óntica siempre abonadas por narcisimos grotescos.

Patriota es el que entrega más de lo que saca; el que sabe que tiene que hacer sacrificios resignando espacios personales para que lo mejor le sobrevenga a los demás; patriota es el que se la juega por lo superior, nunca por lo más cómodo. Patriota es el que piensa en el otro día, no en su día; patriotas son los que asumen costos por decisiones difíciles, no los que suman y restan con la calculadora de la conveniencia individual; patriota es el que no anda buscando arreglos personales, sino construye arreglos universales (Aldo Solari). Patriotas, servidores, gente de valía es reconocida y todos saben quién es el que calza esos zapatos dentro de las diversas visiones filosóficas que tenemos. Hay patriotas en todos lados (y mequetrefes también). Pero, el verdadero patriota siempre es el que resigna, el que suma, el que deja un legado de orgullo y no de puro individualismo, es también el que sabe fracasar y luego remonta la cometa, y vuelve a sentir que esa remontada es una entrega generosa validada por una causa superior (resiliencia).

Por eso somos artiguistas. Porque ese sentir nos cohesiona en el más profundo sentido patriótico por detrás de la causa que nos convoca y nos otorga sentido identitario. El presente es un tiempo de patriotas, de gente que se compromete con la gente, de silenciosos servidores que no hacen alarde de sus actos de nobleza. Está lleno de ellos. Hay que seguirlos, ayudarlos y apoyarlos. A los otros la historia los condena a un lugar apócrifo e irrelevante.

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