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La pasión que llega después

Cuando se jubilan o en mitad de la vida, hay uruguayos que optan por otro camino y descubren una nueva vocación

Margot Arballo. Foto: Marcelo Bonjour
Margot Arballo. Foto: Marcelo Bonjour

Saber para qué se nace, conocer el propósito en la vida y tener una vocación marcada puede ser sencillo para algunos. Para otros, la vida misma, el tiempo y sus vicisitudes vuelven ese destino un poco más difuso. La vocación, el encanto por hacer algo que realmente guste, muchas veces llega más tarde, cuando finalmente hay tiempo o cuando la persona tiene una idea más cabal sobre qué es eso que quiere hacer, lo que lo llena.

La psicóloga Mariana Álvez cree que los cambios vocacionales o las carreras que empiezan en la mitad de la vida se deben también a hacer lo mismo toda la vida ya no es algo que se estile: “El caos y la transformación es parte de la dinámica vital”, dice.

Aún así, considera que ninguna decisión debe tomarse impulsivamente. Es mejor tener un plan de acción, cambiar el chip y empezar algo nuevo. “La paciencia y la perseverancia son aliados fundamentales en estos procesos”, remata. Puede suceder de empezar a esculpir luego de la jubilcación, volver a la guitarra o descubrir la escritura a los 60; pintar o encontrar un mundo en la abogacía después de los 40. Estas cinco historias lo confirman.

En la Figari

Margot (65, foto principal) deambula por los pasillos de la Escuela de Artes y Artesanías Dr. Pedro Figari en Palermo como si fuese su casa. Muestra los salones, comenta las hazañas de los estudiantes y saluda a quien se cruza, grandes y chicos. Allí, Margot es una alumna más. Se jubiló en 2013 como odontóloga y hace tres años se anotó en el Taller de Escultura de la Figari que finalizó hace unos días y —en paralelo— comenzó con joyería. Sus compañeros andan por su misma edad, aunque en el espacio del taller también comparten con adolescentes. “La Figari da la posibilidad de hacer esto en lugar del liceo, por lo que muchos adolescentes vienen de la escuela directamente para acá. Al principio, vienen y te pasan por arriba, pero después hacen una relación preciosa con nosotros. Es una interacción e integración buenísima”, afirma.

Lo del arte no fue una cosa de toda la vida y lo de la odontología no fue una carga, sino una profesión que Margot llevó con esmero y cariño y que -a su vez- le permitió mantenerse y criar a su hija. Cuando decidió retirarse de la odontología, muchos le preguntaron si estaba segura, porque sabían que eso le gustaba mucho. Y sí, lo estaba. Cree que son etapas que tuvo que cumplir: trabajó, se jubiló cuando pudo y decidió dedicarse a algo completamente distinto.

Después de jubilarse, Margot también decidió que era tiempo de viajar y a la escultura llegó, de casualidad, después de visitar Perú. “Vi cómo trabajaban los descendientes de incas con la arcilla y me gustó ver cómo con las manos movían el torno”, cuenta. En ese momento sintió que era lo suyo y descubrió “que necesitaba meter las manos en el barro”. Volvió a Montevideo, fue a la Figari y dijo: “Quiero hacer lo del torno”. Le explicaron que eso era escultura, la anotaron y cuando llegó a la clase resultó que la tendrían que haber inscripto en cerámica. Pero decidió quedarse y probar. No fue mala idea. Después de todo, también ahí había barro en el cual meter las manos.

Ahora, Margot —que en parte empezó porque quería ocupar su tiempo en algo que no fuera solamente la casa— admite que si no tuviera esto, no sabría lo que sería. Además del taller, disfruta ir a las clases complementarias como Dibujo, y se motivó con Historia del Arte, “realmente me encantó estudiar y no lo hago con ningún fin económico ni nada. Lo hago porque lo siento”. Las clases terminaron, pero Margot sigue visitando el taller, donde con dos compañeras están esculpiendo un bajo relieve que, cuando terminen, piensan colgar o en el patio de la escuela o en la peatonal de Nuestra Señora de la Encina. Las otras obras que creó en estos años encontraron rincones en su casa en Palermo y en la de veraneo en Los Pinos. Ahí, piensa, tiene el espacio suficiente como para algún día montar su propio taller. Por ahora, los planes son terminar joyería y seguir concurriendo a la Figari cuando tenga ganas de meter las manos en el barro.

La válvula de escape

Luis hizo vitrales y murales en su casa de Buceo. En las paredes del living, entre unos cuantos bodegones, está el primero que pintó, un óleo en pequeño formato y tonos ocres. Lo hizo en Suecia, en 1988, ocho años antes de volver a Uruguay. “Dibujaba desde chico, después, en algunos tiempos -antes de caer preso y exiliarme- hice varios afiches para concursos. También estuve alguna época sin hacer nada, pero extrañaba”, relata. Fue el artista Osvaldo “El Flaco” Leite, que también estaba exiliado, el que lo motivó para que se dedicara de lleno a la pintura.

En el taller que tiene ahora al fondo de su casa, hay dos bodegones casi idénticos. En uno, Leite escribió: “A mi amigo Luisito Muro, que nunca dejes de pintar”. El otro, es una réplica que Luis hizo para homenajear el regalo. Desde entonces, después de arrancar a los 40 años con la pintura, no la dejó más.

Fue en 2000, cuatro años después de volver a Montevideo, que empezó a concurrir al taller de Clever Lara y la pintura se convirtió en algo más serio. Hasta entonces, la expresión artística había sido una válvula de escape entre su trabajo en el Banco Hipotecario (antes de ir a Suecia) y la vida en la casa. Igualmente, aclara Luis, fue empezar a trabajar en el banco, con 19 años, lo que le abrió la cabeza y le hizo ver que había todo un mundo ahí afuera. Antes, no conocía más que el mostrador del almacén de sus padres.

Luis Muro. Foto: Marcelo Bonjour
Iniciativa. A Luis, la pintura le permitió ampliar su mundo.. Foto: Marcelo Bonjour

“Pintar para mí es una forma de ser. Y citando al ‘Flaco’ Leite, si no pinto un día, es como que estoy con hambre, es una necesidad fisiológica”, expresa. Cuando empezó a sentir eso y vio que estaba pintando de forma continua, se dijo: “Me estoy transformando en un pintor. Y no tanto por la calidad, sino por la tarea. Ser pintor implica retraerse y encerrarse con uno mismo en el taller”. Su miedo era convertirse en un ermitaño, por todos los prejuicios que hay en la vuelta, pero no sucedió. Luis siguió pintando y encontró en el taller de Lara un espacio para generar otros vínculos y otra amplitud. El arte, más que encerrarlo, lo comunicó.

Encontrar el Derecho

“No sé si uno sabe lo que le gusta a los 17 años”, cuestiona Patricia, que a esa edad empezó a estudiar en Magisterio, porque era lo que había en Soriano, donde nació. Además, eran tiempos difíciles para mudarse a Montevideo. Asimismo, venía de varias generaciones de docentes. Su bisabuela fue maestra vareliana y en su casa se respiraba enseñanza. Terminó por convertirse en profesora de biología y fue esa profesión la que le permitió criar a sus tres hijos junto a su esposo. “Ambos ingresos tenían el mismo peso en la economía familiar”, explica.

Después, la vida los llevó a vivir por varios departamentos y fue en Treinta y Tres, de casualidad o por obra del destino, que Patricia se encontró con las leyes y le fue agarrando el gustito al Derecho. En esa ciudad, no pudo tomar muchas horas como docente, así que para complementar el salario, decidió presentarse a llamados para entes públicos. “Yo tenía 36 años y todos los llamados iban hasta los 35. Salvo uno”, explica. Concursó y entró a trabajar en el Poder Judicial.

Pensar el cambio es fundamental

En muchos casos, la segunda vocación aparece o se reencuentra una vez culmina la vida laboral. La psicóloga Mariana Álvez cree que para que eso sea posible y se concrete de la mejor manera, es importante no estar rodeados de personas tóxicas. Un entorno saludable es esencial para comprender que es bueno llenar el tiempo libre con actividades diversas que repleten el alma y hagan a la persona sentirse feliz. Lo que sí recomienda, es considerar el contexto propio para no autoexigirse y decidir hacer “conforme las posibilidades reales y sus tiempos actuales”. Todo para que junto con la iniciativa no venga la frustración. También, remarca, se debe entender que va a costar más. El proceso de aprender y reinsertarse en algo, sobre todo si es completamente nuevo, puede ser más lento.

Para quienes deciden cambiar de profesión en mitad de la vida, aconseja tomarse tiempo, generar un plan y trabajar con paciencia para que la estructura vital (y los ingresos) no se vea afectada.

Para Patricia fue como abrir un libro nuevo y totalmente desconocido. Se esforzó por aprender todo aquello que caía en sus manos. Estando en Treinta y Tres y con el respaldo de su familia, decidió hacer las materias de bachillerato que tenían que ver con el derecho y a los 41, cuando se mudaron a Montevideo, entró a la Facultad. Mientras, seguía con sus horas en el Poder Judicial y en la enseñanza. Al principio trató de no presionarse. Se dijo a sí misma que si la veía muy difícil, dejaba. Pero cada materia salvada se convertía en un nuevo impulso para seguir. En febrero de 2002, después de dar por segunda vez el último examen -y el único que perdió- se recibió.

Ahora, con 64 años, a Patricia le brillan los ojos y se le esboza una sonrisa cada vez que habla de su profesión. En febrero de 2009 tomó el último examen de sus alumnos de secundaria -no los podía abandonar- y luego, la misma mañana que presentó su renuncia como docente, se fue directo a hacer el juramento para convertirse en fiscal, un cargo que ocupa con placer, y aunque problemas en las cuerdas vocales la hacen pensar en jubilarse, le cuesta, porque le gusta demasiado investigar y negociar.

El reencuentro

 Cada tanto, Jorge (63) se encontraba repasando partituras en su cabeza. Era, dice, un mecanismo para sentir que no había dejado por completo la música y que si un día quería regresar, no se habría olvidado de todo. Jorge pasó 20 años sin tocar la guitarra, ese instrumento que conoció en la adolescencia, con el que “chapuceó” un rato y que luego lo llevó por el Conservatorio Nacional de Música (hoy Escuela Universitaria de Música), donde arrancó, sin culminar, musicología y profundización en guitarra.

Lo que pasó después, dice, fue simplemente la vida. Nunca había considerado la música como un medio para subsistir. Fue siempre un gusto personal, una pasión que cultivó desde muy joven y que en parte estaba ligada a la facilidad que tenía de “agarrar cualquier instrumento y encontrarle la vuelta, aunque nunca lo hubiese tocado”. Además, sus padres lo inculcaron desde la cuna, e incluso, su hermana Laura fue bailarina del Ballet Nacional del Sodre.

Jorge Schneider. Foto: Leonardo Mainé
Recomenzar. Jorge necesitó 20 años para animarse y volver a tocar la guitarra. Foto: Leonardo Mainé

Pero llegaron el trabajo, los estudios en Recursos Humanos y la formación empresarial, la casa, los hijos. Las responsabilidades lo fueron alejando cada vez más de la guitarra. Encima, estaban los miedos. El pánico escénico, que lo tuvo toda su vida, al punto que sus padres solo lo pudieran escuchar detrás de la puerta, y el miedo a volver y no poder alcanzar un buen nivel: “Es como un jugador de fútbol, si estás un año parado, cuando volvés te sentís horrible. A mí me pasaron 20 años de vacío musical”.

“Pero todas son excusas”, resalta. El tiempo, las cuerdas viejas, el dolor en la uña, pretextos para no enfrentar el miedo. El reencuentro fue hace cuatro años, cuando en una feria vio una guitarra Yamaha y le encantó. No la compró, pero al tiempo fue hasta un luthier y se mandó a hacer una para volver a empezar. A los cuatro meses tocaba a un nivel que consideraba medianamente bien.

Hasta comienzos de este año, que se jubiló, Jorge mediaba el tiempo de la música con el del trabajo. Ahora, trata que sean por lo menos cuatro horas diarias de práctica, y se graba en cintas (es un coleccionista de aparatos de sonido) para ir evaluando sus avances. Por lo demás, el día entero están sonando discos, a veces música clásica, otras jazz y otras tantas rock. El miedo escénico lo tiene, y solo lo vence de vez en cuando para juntarse a tocar con amigos. Admite que su ambición nunca fue tocar en ningún lado: “Lo mío es medio egoísta”.

Ser alguien

Eduardo Donegana. Foto: Marcelo Bonjour
Contención. A los 68 años, Eduardo descubrió en los talleres de UNI 3 que la escritura lo motiva y su plan para el próximo año es escribir un libro. Foto: Leonardo Mainé

La psicóloga lo vio feliz a Eduardo y, después de seis años de tratarlo por depresión, le dio el alta. Él se siente mejor, más tranquilo, y ahora, aunque por mucho tiempo tuvo sus dudas, concuerda con que “vale la pena vivir”. El cambio en su vida se dio cuando a comienzos de este año empezó a ir a la Universidad de la Tercera Edad en Uruguay (UNI 3). Con 67 años, encontró el lugar que necesitaba para, primero, ejercitar su cerebro. Y segundo, para entender que podía hacer algo más, que había algo más, y que estudiar y escribir eran dos opciones que estaban en su camino.

La vida de Eduardo no fue fácil. Entre otras cosas, un desalojo lo llevó a vivir en un hogar municipal. Luego, el temporal de 2005 desbarató la casa que había construido en un “terrenito” que pudo comprar después de un despido, y hasta ahora son unos troncos los que sostienen el techo. En 2014 sufrió un accidente cardiovascular que hasta ahora incide en su cuerpo. “En ese sentido, nunca pude ir ni para atrás ni para adelante”, comenta Eduardo, que ha trabajado en la construcción, haciendo changas y un tiempo en la fábrica de rollos de papel hasta que en la crisis, en 2001, lo despidieron.

La vida de Eduardo ha sido ardua, pero en él pesa mucho más el no haber hecho el liceo. Probó arrancar en dos ocasiones, pero era comienzos de los años 70 y entre la dictadura y su cultura represiva y la necesidad de trabajar, la posibilidad desapareció. Pero, agrega, tuvo varias oportunidades “que le fueron mostrando que podía intentar ser alguien”. Una fue pasar por las clases de periodismo que daba Leonel Tuana en los 90.

Tenía 40 años y Tuana le fue sincero: iba a ser difícil que consiguiera trabajo. Fueron pocos laburos y duraron menos de lo que le hubiese gustado, pero considera que fue una de las etapas más lindas de su vida. Entonces llegó UNI 3. “Yo ya sabía que existía, pero pensaba que no era tan sencillo el ingreso y nunca me animé a preguntar. Después vi que haciendo algunos sacrificios lo podía pagar”.

Lo que más lo marcó fue el taller de escritura, porque todas las propuestas estaban enfocadas en retomar sus memorias y para él fue como abrir una caja de Pandora. Nació y fue creciendo su necesidad de escribir. “Después de los 60, la vida corre más rápido. Pero recién ahora puedo decir que encontré un espacio para ser alguien, me encuentro con otros y voy recuperando lo que fui perdiendo”. El próximo desafío es escribir un libro, pero por mientras le alcanza con sentirse feliz, satisfecho.

¿Sabía?

Antes y después de Hollywood

Harrison Ford no siempre fue Han Solo o Indiana Jones. Puede que hoy sea uno de los actores más taquilleros y haya pasado por papeles inolvidables para el gran público, pero le costó alcanzar la fama. Antes del éxito, y con una carrera frustrada como actor, Ford decidió dedicarse a la carpintería, un oficio que le sirvió para mantenerse hasta que impactó a Hollywood.

A la inversa, está el actor Jack Gleeson, conocido por ser Joffrey Baratheon en Game of Thrones. El joven, de 26 años, decidió parar por un tiempo su carrera en la actuación para dedicarse a sus estudios de ingeniería.

Un llamado, otra carrera y una vida para servir a los demás

Patricia, la profesora de biología que a los 41 años decidió cambiar para la abogacía, remarca que su situación no fue la única. Que en su generación en la Facultad de Derecho compartió con varias personas de su edad e incluso mayores. Recuerda especialmente a la Hermana Rosa. Para Rosa Ketchedjian, o Sor Querubina, la vocación religiosa estuvo clara desde sus 13 años. En una entrevista con El País en 2017, contó: “Me gustaban las monjas porque siempre estaban alegres y contentas, siempre estaban ayudando a los demás. Yo vengo de una familia muy cristiana (...) Así que la semilla de querer ayudar al prójimo ya estaba en la familia”.

A los 19 años ya se había convertido en monja, pero además estudió en el IPA y dio clases de varias materias.

Su otra carrera, la abogacía, llegó cuando ayudando a un sobrino a estudiar para los exámenes, se dio cuenta de que ella también podía salvarlos. A los 60 años, Sor Querubina dio los exámenes de liceo que necesitaba. Luego se anotó en Derecho y hoy, con 86, trabaja sobre todo defendiendo mujeres, pero sigue ayudando en cárceles y hospitales.

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