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Las páginas de un almanaque que se convirtió en una institución uruguaya

El Almanaque del Banco de Seguros del Estado sale este año con su edición número 100. Un buen pretexto para repasar algunos hitos de una publicación que marcó a la historia nacional.

Almanaque BSE
Foto: Darwin Borrelli. 

Marianna (45) recuerda que el Almanaque del Banco de Seguros del Estado (BSE) le era útil para sus tareas escolares. Y que años más tarde, cuando su hija iba a la escuela, el almanaque también era útil para los deberes de su pequeña. Además recuerda que a su padre, periodista, también le resultaba de utilidad. Tres generaciones unidas por una misma publicación: un compendio de artículos de diversa índole pero que durante muchos años, antes del advenimiento de la instantaneidad informativa, fue un vehículo popular y accesible para algunos saberes y su transmisión.

Este 2020, se cumplen 100 años de la publicación, aunque como explica el actual presidente del BSE Mario Castro, ese número “redondo” tiene algunos matices. “En realidad, el centenario del almanaque se cumplió en 2014" —explica Castro— "pero la edición número 100 es esta porque hubo unos años en los cuales no salió. Y también hubo algún año en el que se publicó una edición para dos años”.

Uno podría pensar que la edición número 100 llevaría un editorial del presidente de la institución que lo publica, pero no. Esa tarea le correspondió al actual subgerente general del BSE, Rodolfo Vázquez. Es que Castro fue el editorialista de, justamente, el número de 2014. Ahí, recordó el nacimiento del almanaque. Buscando en las actas de los directorios, Castro relata que gracias al archivo de la institución, la publicación del almanaque nació como “la idea de un ‘proyecto de propaganda’ en la sesión del 9 de junio de 1913”, presentada por el vocal Jaime R. Navarro. “Los fundamentos eran que ‘con el objeto de organizar la propaganda en todas sus formas, se crea un servicio especial (...) Esa propaganda se especializará en seguros sobre la vida, accidentes del trabajo e incendios de propiedades de familia (...) Cada rama será motivo de un pequeño folleto, desarrollándose con demostraciones, fábulas y leyendas que hagan más comprensible su utilidad al elemento popular’”.

En las ideas germinales de Navarro para la publicación anual del banco ya estaban delineadas algunas de las funciones esenciales que iba a cumplir y significar: un depositario de conocimientos, un vehículo para afianzar el alcance y la influencia del Estado (que iba a asegurar los bienes a “las clases menos acomodadas”) y, por último, una herramienta para la construcción de un sentimiento común y compartido.

Pero aún faltaban algunos años para que el almanaque dejara de ser un “proyecto de propaganda” y se transformara en un potente vehículo sociocultural. De hecho, al principio era algo más acotado: una publicación que desde la capital —y desde el inicio del segundo gobierno de José Batlle y Ordóñez— miraba hacia el campo: era el Almanaque del labrador. Luego tuvo un título aún más centrado en lo rural: Almanaque del labrador y ganadero.

La primera edición de un clásico

Antes de ser el Almanaque del BSE, fue el del labrador, y salió por primera vez en 1914. Ya en la primera página queda claro el propósito de la publicación: vender seguros.. “Todo labrador que se dé cuenta de la responsabilidad que tiene para consigo mismo, para con su familia, para con los dueños del campo que ocupa (si es rentero), para con el negociante que le surte durante el año, y, en fin, para con todo aquel que le fía, debe emplear todos los medios a su alcance para alejar los peligros que amenazan su cosecha, que, en definitiva, le representa el medio de vivir él y los suyos”. Ese peligro, que se afirmaba en la primera página de la publicación era el granizo. Pero había un remedio muy fácil: un seguro de, claro, el Banco de Seguros del Estado, que así comenzaba a extender su influencia y su alcance en la vida económica y productiva del país. “... ¡En caso de que el siniestro fenómeno caiga en su sembrado, pueda cobrar el valor de su cosecha como si hubiese cortado, trillado y vendido! Diríjase, para informes, al Agente más cercano a su chacra”.

tapa almanaque labrador 1914
La primera edición. 

A partir de 1933, la publicación ya adquirió su actual título y se afianzó en el camino hacia la consagración como un título de referencia para mucha gente, tanto legos como expertos. El investigador y antropólogo Gustavo Laborde recuerda que cuando estaba preparando su tesis, sobre la historia del asado (que luego se convirtió en el libro El asado. Origen, historia, ritual. Banda Oriental) consultó varias ediciones. En particular porque uno de los artículos más populares en la historia de la publicación tiene que ver con lo que él estaba investigando en ese momento (la primera edición del libro es de 2013): el artículo en cuestión fue escrito por el ingeniero Juan A. Rodríguez y detalla cómo se construye una estufa a leña para campaña y playa (Rodríguez, además, era funcionario del BSE).

Castro acota en su charla con Revista Domingo que muchos lectores del almanaque han solicitado la reimpresión de ese artículo, por su valor didáctico y práctico. Y aportes de ese tenor han habido muchos en la historia de la publicación. En la edición especial para el centenario del BSE (que se cumplió en 2011), el equipo editorial —liderado en ese momento por la escritora Inés Bortagaray y el artista visual Pablo Uribe— recopiló muchos de los artículos que jalonaron el recorrido del almanaque: cómo se voltea un caballo, cómo se construye un bebedero, cómo se baila el foxtrot, los distintos modos de emplear la yerba mate, cómo quitar las manchas y mucho, mucho más.

La acumulación de los más diversos saberes y métodos, tanto prácticos como socioculturales, hacían del almanaque una especie de híbrido. Como si fuera una cruza entre versiones proto de Wikipedia y YouTube, con sus múltiples tutoriales. Además, al ser de alcance nacional y tener tantos contenidos dedicados a las tareas del campo, el almanaque contribuía a unir campo y ciudad. “Yo soy del campo, de Soriano”, cuenta Castro, “y recuerdo que el almanaque siempre estaba en las estancias”. En ese sentido, la existencia y la popularidad de la publicación desmiente ese lugar común que señala a una capital de espaldas a lo que ocurre en el medio rural, sin interés en las cuestiones existenciales del campo. Además, la edición compilaba y presentaba las fechas patrias, las festividades, los carnavales y todo lo que contribuyera a la cohesión de un sentir comunitario nacional.

Del pasado al presente

edificio BSE
El punto de partida del almanaque: desde Montevideo hacia todo el país. 

Los grandes cambios en el panorama mediático y tecnológico han convertido al almanaque en algo que podría estar en un relicario, el vestigio de una era menos vertiginosa y teñida en sepia.

Pero tal como pasó con —por poner solo un ejemplo-—los discos de vinilo, pertenecer al pasado puede ser un argumento a favor en vez de un certificado de defunción. Además, el carácter institucional le da al almanaque cierto respiro, a resguardo de los vaivenes del mercado: “El Banco de Seguros es la única organización del Estado uruguayo que contiene dos instituciones: el banco propiamente dicho, y el Almanaque. ¿O es que alguien puede dudar de que esta entrañable publicación es, por sí misma, una verdadera institución nacional? (...) Siempre me pareció que el título le quedaba chico. Porque casi por definición alude a lo efímero, a lo destinado a morir cada mes y cada año”, escribió el expresidente José Mujica en el editorial del almanaque cuando el BSE cumplió 100 años.

Con esas palabras, Mujica señalaba la superación de la contradicción de permanecer en el tiempo y en la memoria a pesar de tener un carácter de calendario. Pero el almanaque siempre fue, como ya lo había pensado el vocal José A. Navarro, un vehículo para la propagación de ideas, valores y conocimientos, un dispositivo de reproducción cultural que formó parte de un proyecto político y nacional.

El aporte del almanaque en la construcción de un espíritu ciudadano y republicano es uno de sus legados más relevantes. Aunque hoy todos consultemos los smartphones para aprender o leer algo, sus ediciones quedarán como testimonio de que la palabra impresa fue, como tantas otras veces, la constructora del pasado, el presente y el futuro.

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