COLUMNA CABEZA DE TURCO

Opinión | Todos somos los muertos

"Todos morimos todos los días con los que parten". Por Washington Abdala

Washington Abdala. Foto: Archivo El País
Washington Abdala. Foto: Archivo El País

Cada muerto de esta enfermedad tiene nombre y apellido. Cada muerto es uno de nosotros. Cada muerto es un pariente, un amigo, uno mismo. Todos morimos todos los días con los que parten. Todos somos los muertos. Nadie tiene el monopolio del dolor sobre la letalidad. Todos lo tenemos. Los muertos no son un número, nunca lo son, nunca lo fueron, no hay que bravuconear con eso. Mueren por un designio del destino, por algo que irrumpió de manera funesta.

Compartimos la existencia con la insoportable percepción de finitud que antes no veíamos.

Ahora, esto es una piña diaria en los dientes, afecta la esencia misma de lo que somos: seres que ubicamos a la muerte en algún lugar del disco duro para no cavilar sobre ella a diario porque hacerlo, con esta intensidad, daña la psiquis y transforma la vida en algo angustiante. Por eso el virus nos afecta el ser, nada menos, nos mata antes de matarnos.

Transitamos con barbijos, con distancia social, sin encuentros y solo los inconscientes (demasiados) se permiten contrariar esos mandatos sabiendo que eso es una ruleta rusa y que nos pueden aniquilar. Por eso la vida se metió adentro de las computadoras. Por eso a través de ellas estudiamos, trabajamos, escribimos y hasta damos discursos. Por eso los afectos están detrás de las pantallas. Por eso discutimos a través del teléfono móvil y por eso la tecnología, por suerte, estaba al alcance de la mano para suavizar lo que sería el infierno de aguantar de otra forma. Es una guerra que libramos sindicalizados como humanos.

La enfermedad nos resta dignidad porque nos aísla como si fuéramos culpables de algo. Nos pone en condición de proscriptos, de seres eventualmente contagiantes, de personas casi de una casta inferior (es una dimensión que utilizo -para que se entienda- pero no la comparto). Casi, casi nos ubica en la casilla del perro, fuera, lejos, para no estar más con los mortales puros y sanos que deben seguir sus vidas curriculares. Los enfermos, además, son aislados porque tienen el bicho adentro y deben ser separados de la manada. ¿Qué otra opción cabe? Se les provee comida, pero lejos y fuera del alcance del resto de los mortales. Es lógico pero desgarrador. Y sí, hay solidaridad, mucha, por suerte.

Y a los muertos los despedimos sin despedirlos. No los vemos más. Chau, desapareció el individuo. Se nos notifica el deceso y listo. Todo es de un minuto al otro, casi sin sepelio y duelo: ahora todo se termina de manera fulminante. Los sepelios no los hacíamos por el difunto, los hacíamos para que los que quedaran vivos asimilaran un poco mejor la pérdida y tomaran fuerza ante la tragedia. Es un acto que nos trasciende como sapiens. Pues esta maldita enfermedad parte como un rayo esa lógica humana. El muerto desaparece y los deudos nunca lo serán jamás. Infernal y lacerante.

La enfermedad, además, trajo consigo comunicadores, coucheadores, motivadores, expertos en la vida y diversos personajes hablando de todo en las redes. Qué sé yo… Por suerte están los médicos de primer nivel (los del GACH son Gardel). Y los medios de comunicación quedaron atrapados -en casi el mundo entero- ante cada avance de este monstruo que no para de mutar. ¿Cómo informar sin asustar? Hay países que son reactores virales y la gente muere de forma desgarradora. Y el morbo tira de la cuerda. Perdón, pero el planeta está así. Y, supongo, es la reacción previsible, no debemos de tener margen para reaccionar de otra forma. Será espanto, temor, impotencia, de veras no lo sé, pero impacta cómo se asumen las noticias en el planeta sobre la pandemia

Y, por supuesto, aparecen los predictores del futuro con pose célebre. No entiendo cómo gente seria se anima a salir de lo empírico y tira pelotazos sobre le que vendrá. Se puede hacer algo de prospectiva pero ser asertivo es caer en el despropósito.

Como pequeña comunidad en el mundo (los uruguayos) solo nos queda estar juntos, no discutir por lo menor y saber que solo la grandeza y la entrega de todos para con todos nos sacará de esto. El que se coma el balón solo nos mata como equipo. Ya deberíamos saberlo de memoria.

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