COLUMNA CABEZA DE TURCO

Opinión | Todos somos Lady Macbeth

“Somos el ojo orwelliano y parte de la alienación colectiva”. Por: Washington Abdala

Washington Abdala
Washington Abdala. Foto: El País.

Lo auténtico no es sencillo descubrirlo. Por razones diversas, la sociedad moderna hace que el “yo” se esconda en caparazones de todo tipo, quizás porque es un mecanismo de protección ante lo externo, quizás por prudencia o quizás por memoria genética.

En los hechos, descubrir la autenticidad del otro no es un asunto fácil. Por eso una entrevista radial no alcanza ni aunque dure cinco horas. El escrutado puede estar en una performance y no salir de allí. ¿Cuántos años nos llevó hacernos una idea de quien era Charly García? ¿Y de veras sabemos quién es? ¿Qué padecimientos internos posee, que dolores y angustias lo atormentan? ¿O nos creemos que por cantar tres canciones de Sui Generis y verlo -de grande- jugar a sobrevivir en la carnicería de los medios lo conocemos? No seamos tontos.

En realidad casi no conocemos a nadie, o mejor dicho, conocemos lo que nos dejan ver del otro, lo que no siempre es lo que es, lo que le conviene o lo que desearía ser. (Sí, es muy lacaniano el asunto, lo tengo claro).

Es verdad que algunas personas, con el transcurrir de los años, terapia, y apostar a ser ellos mismos, van logrando el proceso de salir del personaje que produjeron en la vida y pasan a ser ellos tal cual son. No es un viaje livianito. Ese sí que es un viaje. Y es el verdadero viaje de la vida: poder ser coherente de la puerta de la casa hacia fuera con el tipo que uno es de la puerta para dentro. No hablo de las dudas, de los temores, de las angustias, me refiero a la simetría mental de no sanatear, no vender humo, no creer que sos un centímetro mejor que nadie por nada, captar que la vida es un péndulo y conocer las contradicciones que nos gobernarán de manera intensa con el vivir.

Ser siempre el mismo, pensar lo mismo, repetir lo mismo además de ser dogmatismo puro, resulta de imbécil e ignorante. Si la realidad no te cambia, es que no la entendés, y si no la entendés estás en problemas. Hace treinta años el mundo de Marlboro era idealizado con su hombre en su jinete, hoy sabemos que ese tipo se murió de cáncer por prenderle cartucho al cigarro. O sea, si no cambiás y entendés que eso te mata, ahora que es obvio, te sacan del juego de la vida. Ya no sirve el líder que acarrea a choripán y vinardo, menos el que cuenta sanata y arregla un puentecito en un barrio popular para que lo aplaudan. Eso es el pasado. Se murieron o se están muriendo esos perfiles. Y sigo y pongo.

¿Sabés cual es el problema de la desconfianza de la gente con tanto “referente” público? Sencillo, se le cree cada vez menos a casi todo el mundo porque todo el mundo habla desde intereses distintos (¡Pica!) y en un mundo de redes caníbales, catárticas y morales todo se descuartiza. Vivimos en una eterna revolución francesa desde que están las redes: los jacobinos están en todos lados. Todos tienen su pequeño jacobino en algún rinconcito del alma y de vez en cuando sienten que hay que sacarlo a pasear para que salga a guillotinar a alguno por allí. (Metafórico, por favor.)

Por eso los que se salvarán serán los “auténticos”, aunque errados en sus visiones, no importa, si olfateamos que no nos están vendiendo un camelo en su obra de teatro, en su discurso radial, en su programa de televisión, en su narrativa política, en su misión religiosa, en lo que sea…esos siempre tendrán un lugar en la sociedad que estamos viviendo. Sin embargo, los que ocultan un relato y hacen otro, los que encubren posiciones por ventajas personales y nos venden un discurso que lo traicionan con sus actos, los que dicen algo pero sus vidas representan lo contrario, lo lamento muchachos pero la barra ya sabe todo. Son tiempos donde solo lo real queda vivo, el ojo orwelliano está desplegado y va por todo. Todos somos el ojo y todos somos parte de la alienación colectiva. Lamento, pero todos somos Lady Macbeth.

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