COLUMNA CABEZA DE TURCO

Opinión | Tiempos de resignificación

"Es obvio que la causa de la mujer tiene razón". Por: Washington Abdala

Washington Abdala
Washington Abdala. (Archivo El País)

La resignificación ahora lo es todo. Y dale a la perinola. Todo vuelve a tener nuevas lecturas y la turba viene por todo. Ya nada es como antes. Cambalache vuelve a vivir remasterizado en versión “cancelación” (no es verdad que el mundo fue y será una porquería).

Me hace gracia porque algunos creen que no irán a la hoguera como Juana de Arco y van a terminar allí por alentar el alma de la discordia. Son Robespierre que murió por su propia ira. Es que se viene por todo y solo constato que desde las estatuas hasta los íconos de siempre todo es sujeto de controversia. Y no es sensato vivir en un mundo donde las reinterpretaciones de la historia se hacen con anacronismos, descontextualizando y releyendo el pasado como si fuera el presente. Eso es no usar la inteligencia, o para no autocensurarme, ser tontos. Y no hablo de nadie en particular y hablo de todo aquel que cree que puede con el diario del presente juzgar el pasado en lo que obviamente estuvo mal. Es más, aún vivimos con pena de muerte en muchos países, con mujeres que no tienen derecho a nada en otro montón de países a los que no siempre se los denuncia, con minorías que por serlo siguen siendo perseguidas en territorios que dicen ser avanzados en sus miradas. Qué sé yo, es larga la lista. Está lleno de violencia por todos lados y todas las violencias son punibles. Y no se trata de estar del lado del populismo punitivo o de la lectura humanista ingenua. Es más complejo el asunto, mucho más profundo queridos lectores. Las miradas binarias son simplificadoras y nunca son reales.

Ya le queda poco a muchas estatuas de Cristobal Colón e Isabel la Católica (no con mi admonición, por el contrario pienso que están bien esos reconocimientos). Pero lo veo venir, es un dato de la realidad: hay quien lee en el presente a la colonización como un imperativo que no era el anhelado. Fue duro, pero de ese mundo somos hijos, y lo mejor que podríamos hacer es mirar hacia el futuro, recordar con seriedad el pasado, no regalar nada en lo que hubo de desmesura, pero comprender que de ese sincretismo hoy somos lo que somos. Y no seguir lamiéndonos las heridas porque allí no encontraremos demasiado. Lo afirmo con respeto por todos los americanos que vivimos lo que vivimos, pero nos superamos y nos quedamos con la mezcla del presente que es lo que somos. Y no me gusta vivir en el arrepentimiento, porque a ese enfoque solo se lo combate con acción y positividad. Es mi manera de ver el mundo, lo otro es dogmatismo autojustificatorio, complaciente y solo apuesta al enojo eterno.

O sea, sí, todo es controversial, esto se pondrá difícil para convivir donde es claro que millones de grupos humanos han sido postergados en sus derechos y eso no se resuelve al grito sino con nuevos “contratos sociales” y sin castraciones salvajes al pensamiento.

La clave es entender los cambios sociales y asumirlos sin miedo. Por ejemplo, es obvio que la causa de la mujer tiene razón. Asumirlo no significa perder nada sino ganar en el terreno de la equidad. Ese plano es superior y nos hace mejor a todos como especie. No tiene demasiado debate el tema aunque alguno o alguna pretenda ganar terreno para su mirada, cuando es una mirada de todos la igualdad femenina real.

Igual, este asunto de la resignificación de lo que se vive, de cierto sentido refundacional posmoderno con versiones que no son las adecuadas y las verdaderas, no es sencillo. Pero la vida no es filosofía, es vida, si no traigo el pan a mi casa y no tengo libertad, nada es real para los míos. Y allí se sale del mundo abstracto donde pensamos de manera lejana de la realidad y aterrizamos. Libertad y comida. Suena duro pero arrancamos por allí.

Por eso lo que vienen son nuevos contratos sociales. Eso es lo que hay que entender. Rousseau lo enseñó, solo que ahora es al revés, se ganarán derechos en las nuevas normas sin entregar libertad. Esa debería ser la fórmula. Sin misterios y sin grandes dramas. Aceptar los cambios y vivirlos, o quedarse mirando de costado alienado.

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