CABEZA DE TURCO 

Opinión | La señora Libertad

"O se trabaja para la libertad, o se trabaja en contra de ella". Por Washington Abdala.

Washington Abdala
Washington Abdala. Foto: El País.

La libertad no es un asunto filosófico. Los que creen eso, se equivocan, es un estado, forma de ser o de existir de una comunidad. Hay sociedades más libres que otras. Los abogados creen que la libertad es un derecho que debe consagrar una Constitución. Lo propio le sucede a los politólogos que estudian la libertad y miden -en base a ella- el nivel y la calidad de la democracia de una sociedad. Y ni que hablar de los economistas que evalúan el grado de libertad de “mercado” que posee un país. Todas son libertades, todas conectadas entre si, pero ninguna igual a la otra. Los que niegan algunas, en el fondo, no creen demasiado en la libertad total.

La libertad que ha venido impulsando el país es una “libertad responsable” de ciudadanos que se cuidan entre ellos mismos y que se saben integrantes de una sociedad con identidades particulares. El Estado orienta, no impone. Las sociedades libres son sociedades abiertas -dijera Karl Popper-, flexibles y son cosmopolitas porque se alimentan del aporte de la diversidad.

La libertad está enfrentada a lo homogéneo, al discurso único. La libertad es policromática por excelencia y solo se supera a sí misma con más libertad.

La libertad responsable implica entonces una conexión con la idea de lo colectivo y de lo individual. En cuanto “colectivo” reclama lo máximo del hecho social, en cuanto a lo “individual” exige también grandes esfuerzos para ejercer una ciudadanía responsable. ¿No tiene límites entonces la libertad? Por supuesto que si, son parte del contrato social que establece el ciudadano con el decisor y con el resto de los actores que integran su misma sociedad.

El liberalismo no deja de mirar y velar por todos, no mira al Estado como un fin en si mismo sino como un medio y cree en la superación como valor de referencia. El liberalismo connota un sentido de “paso tras paso” que permite acelerar la movilidad social. A mayor movilidad social menos pobreza. De manual aunque algunos no lo reconozcan.

Los liberales, además, interpretan el mejor republicanismo: son los que lo hacen posible, respetan los derechos de todos, construyen sin creerse dueños de la verdad (hoy le dicen “relato”) y saben que no siempre el ejercicio del poder etático está exento de errores. El Estado no es el rey, el rey es el soberano y ese es a quien se debe servir. Fin del debate.

Parece sencillo comprender algunas de las consignas que vengo de estampar acá, pero créanme, hay gente que no cree en la libertad en cuanto tal (y se siente con derecho de restringir la libertad de expresión del otro), hay gente que no termina de aceptar que el Estado no debe ser hipertrofiado y creen que no tiene límites (la historia sepultó a los estatistas extremos), hay gente que no cree que dentro del mercado -ahora sí en términos económicos- sin libertad no hay prosperidad.

Y esto no es aplaudir al rico, es entender que el emprendedor (que no es sinónimo del capital) es quien empuja el carro de la acción económica.

En la revista Guía Financiera, durante años, publiqué artículos referidos a la libertad, a la República, a los pensadores de esa libertad y no logro encontrarlos.

Quizás escribo esta nota como recuerdo a esa época. No fue poco el tiempo que le dediqué a esos menesteres juveniles pero en alguna mudanza se perdieron las revistas.

Esa revista la dirigía un amigo, Miguel Malis, y me decía: ¿Otra vez otro artículo sobre la libertad? Y sí, me pasé largo tiempo creyendo que era bueno saber del asunto (mientras escribía, estudiaba del tema) y era una forma da auto-adoctrinarme en la propia idea de la libertad.

Que no es una idea simple, es profunda, requiere conocer sus potencialidades y de saber que no todo lo que creemos que nos hace libres efectivamente lo logra. O se trabaja para la libertad o se trabaja en contra de ella.

La señora no permite ambigüedades.

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