COLUMNA — CABEZA DE TURCO

Opinión | El relato tenía que cambiar de alguna forma

Hay que enterrar la desidia y la inercia del poder que tanto mal le hizo al paísHay que enterrar la desidia y la inercia del poder que tanto mal le hizo al país. Por Washington Abdala. 

Tabaré Vázquez
Foto: El País. 

No nace el nuevo Uruguay como afirman los necios. Sucede que al Uruguay actual se le vienen refrescos humanos. El dogmatismo —en política— hace creer que lo que se impulsa es refundacional.

La sensatez sabe que solo somos una partícula de algo que viene y que va. Lo de hoy de noche (del cambio hablo) es eso. No caigamos en los antagonismos despectivos. Se hartó el país de esa soberbia.

Solo respeten y recibirán respeto. Y si no respetan, igual recibirán respeto. Muchos de los que hemos sido víctimas del “menosprecio” de la turba nos bancamos eso como parte del juego de la vida, sabiendo que quien ofende y discrimina se enloda a sí mismo. Porque al final con estoicismo, siempre la gente encuentra el camino que corresponde y lo recorre de manera mansa. La mayoría de la gente es buena, no mezquina como pretenden los mosquitos hacerles creer a mucho ingenuo con sus artilugios dialécticos.

De eso se trata todo esto: de ser mansos, buena gente, oír a los demás y superarnos como colectividad. Claro, con la conducción del que gana que imprime su talante y su vibración filosófica. Si el que gana es limpio habrá limpieza a su alrededor.

El país necesita más críticos que aplaudidores del poder. En parte pasa lo que pasa porque abundaron los segundos. Nos hará bien el cambio. Lo necesitamos.

Una sociedad repetidora es una sociedad empantanada, algorítmica, monocromática y con los mismas voces que posan de lúcidas y pujantes cuando son “amparadas” por el poder de turno. Habrá que ver ahora quién es quién.

Solo las gentes motivadas cambian la vida de las gentes. Hay que enterrar la desidia y la inercia del poder que tanto mal le hizo al país.

Y digamos la verdad: acá la desmotivación de muchos ha sido enorme porque el relato tenía que cambiar de alguna forma. Este cuento de que estuvimos en el mejor de los mundos posibles es tan absurdamente panglossiano que solo los cretinos (interesados) lo aplaudían comparándolo con el neolítico.

No se puede vivir eternamente recitando los mismos poemas.

La poesía cambia, la sociedad cambia, las generaciones jóvenes cambian y el momento mental de las sociedades cambia. O se lo interpreta o nos quedamos abajo del bondi. Eso le pasó a Evo y veremos como lo resuelve Chile.

Unos por perpetuarse en el poder -usurpador- otros por negados ante lo obvio —creídos que eran Sor Juana Inés de la Cruz— creyeron que sus países estaban divinos. Miralos: las gentes en las calles, muerte, sangre y el enojo día a día.

La violencia no pide permiso, un día se instala y andá a saber cómo salís de ese infierno. Lección aprendida excepto para los que quieren fiesta y sueñan con ir hacia allí…

He vivido tanto que de niño salía de la escuela y veía cómo se incendiaba algún ómnibus en las proximidades de la Universidad. Era un chiquilín. Vaya a saber qué pensaba de tanto loquero.

Se requiere paz mental y social para no terminar en sociedades anómicas o de alienación colectiva. ¡Ojo que más de uno cree que todo sirve! ¡Y no todo camino conduce a Roma! Por eso lo que viene es bueno para el país, bueno para los que tenían el poder y principalmente bueno para la gente que tendrá ganas de demandar y estar alerta ante lo que otros deciden por ella.

En el Uruguay “adormecido” de los últimos años ya nadie planteaba ningún reclamo de fondo porque sabía que la inercia del país estaba en otro lado: el poder no era poder (los sindicatos fueron íntimos del gobierno) y las burocracias (tenías razón Eleuterio en eso) mandaban cínicamente por detrás de la marioneta de turno.

Resfresco, ganas, ímpetu, talante distinto, encares modernos, nuevos amigos en el mundo, en fin, algo obvio en un manual de reorientación nacional que hay que recorrer. Eso viene, sin terremotos, ni suicidas que se tiren del Palacio Salvo.

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