COLUMNA CABEZA DE TURCO

Opinión | La rebelión en la granja

"Levanto el credo libertario contra el autoritarismo del pelo que sea". Por: Washington Abdala 

Washington Abdala
Washington Abdala. (Archivo El País)

Son cerdos los que mandan en una suerte de rebelión contra los humanos y su trato ominoso; los cerdos se rebelan y pasan a dominar a aquellos que los dominaron. El sistema adquiere su lado más sórdido cuando inevitablemente deviene en tiranía. Los cerdos que venían a salvar a sus amigos del trato inhumano se transforman ahora en totalitarios y corruptos. La rebelión de la granja es una obra de George Orwell que, en clave de alegoría, desnuda las patologías del autoritarismo. Fue escrita hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, así que cabe interpretar claramente al culpable que imputa el autor.

Pero la obra no vale solo para su tiempo histórico sino para todos los tiempos. Y con aquellos que irrumpen en escena con el canto de sirenas -a supuestamente salvarnos de la opresión-, si no tienen el eje de su actuación claro, el resultado será amargo y devendrá en dictadura. El libertador se transforma en un déspota aún más asfixiante que quien le precedió. Y lo paradójico es que levanta banderas de justicia y revolución, con las que cree que esa pátina lo exime de dar pruebas democráticas. Un delirio inescrupuloso. Solo primates básicos pueden creer esa narrativa o cínicos tremendos ante la vida. Hoy, también, el dogmatismo religioso hace pie en esta biblioteca. ¿O los talibanes no son la redención pura del radicalismo religioso del siglo catorce?

En el presente, podríamos afirmar que la imagen de Orwell no fue premonitoria, en los hechos constató algo que sabíamos y sabemos: el supuesto redentor puede ser un dictador y ese dictador no debería ser visto jamás con sentido exculpatorio. Siempre son seres movilizados por el poder en sí mismo y no por el poder para cambiar lo que estaba mal. El talibán va detrás del hachís y la amapola, le pone la bota a la mujer y cree en una sharia totalitaria. Y el mundo está lleno de esta bestialidad en diversas versiones.

Mirar a la cara a un ciudadano cubano que huyó de su isla, a un venezolano que se escapó de la opresión dictatorial o a un nicaragüense que se viene a refugiar a países democráticos, que imploran por dignidad cuando en sus tierras se les conculca el derecho a existir, a expresarse y a ser, es un acto que solo se puede entender desde el humanismo, la sensibilidad. Y nunca se debería caer en la política mezquina de negar lo evidente. Quien huye, quien se refugia, quien se reasienta, -y además pasa por los organismos internacionales que lo avalan- es un sufriente. Y a los sufrientes no se les toma examen, se les da un vaso de leche, un pan y un abrazo. Lo otro es mezquindad. Y se les debe dar una mano en su inserción en las tierras que accedan para empezar a vivir. No está bueno que solo terminen siendo deliveries con pocos papeles.

Son demasiados los que miran para el costado y los que creen que por alguna razón, ideológica, privada o de alguna índole, esos espacios donde tanto dolor se dispara no deben ser combatidos. No sé cómo los cretinos ponen la cabeza en la almohada creyendo que se pueden encubrir dictadores o déspotas. Una cosa es la identidad cultural, otra la violencia. La segunda no debe ambientarse como excusa de la primera.

No estoy en ese grupo, levanto el credo libertario contra el autoritarismo del pelo que sea, en mi tierra y en las que se me ha permitido alzar la voz sobre lo que siento que es inmoral, ilegal y arbitrario. Soy de los que aún creen que la moral y la política tienen derecho a vivir en concubinato. Lo aprendí de Erich Fromm y Karl Popper.

Solo la buena moral construye la buena política, y solo la buena política tracciona diplomacias honorables. El que rehúye el desafío solo ambienta una mayor espiral de sangre. Cualquier desviación será un error y eso hay que saberlo siempre para no ingresar en ejercicios dilatorios y sigilosamente armados que solo le sirven a quien tiene el monopolio ilegítimo del uso de la fuerza. Lo sabemos.

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