COLUMNA CABEZA DE TURCO

Opinión | Pavada de paquete 

"Educar es el máximo acto de responsabilidad". Por Washington Abdala. 

Washington Abdala
Washington Abdala. (Archivo El País)

De una familia razonable, trabajadora y luchadora, es poco probable que irrumpan en la vida hijos poco afectos al trabajo. En un ambiente de valores positivos, en general, por socialización y educación se tienden a reproducir esos valores en formatos contemporáneos. La gente siempre es mucho más hija de su tiempo histórico que de sus padres, pero si los padres los formaron en la laboriosidad, esas generaciones tendrán enganche con esos menesteres. Aunque fumen voladores, beban alcohol y parezca que el estruendo que producen es disruptivo. Todas las generaciones nuevas son disruptivas, si no lo fueran, guambia, porque esa bomba explotará en el futuro.

A la inversa, generaciones de gente que no trabaja, de vagos que tienen por cometido existencial la viveza criolla, que son depredadores antes que constructores, sus hijos, es probable que tiendan a repetir ese modelo nefasto. Y es lógico que eso sea así porque nadie nace remador, con garra y luchando contra la adversidad si previamente no se enseñó esa materia. (Sí, a veces la vida misma es la que educa con dolor y sufrimiento, pero estoy refiriendo situaciones genéricas, entiéndaseme bien).

Seguramente, ya hay lectores que me están ladrando, y diciendo que nada de lo que afirmé es ineluctable y que todo puede variar, que conocen personas con padres que son un penal y que, sin embargo, han tenido hijos modélicos. Bien, eso puede suceder, también conozco casos así, pero no es la regla.

Tengo claro que nuestros hijos son ellos mismos y no lo que uno quiere que sean, pero tengo claro, también, que los valores en los que se formaron, de alguna forma, los permearon y algo queda siempre en ellos. O sea, los hijos son lo que querrán ser, pero llevarán inoculado en sus ADN (psicológico) algunos códigos que les transmitimos a lo largo de la vida. (¿Es una ilusión creer esto o estoy acertado?)

Tengo entrañables amigos que han tenido hijos que son el infierno. Tengo otros que son bendecidos por hijos más buenos que el pan. Y está lleno de hijos, muy “normales” como la gran mayoría. Y todo está bien, no hay que desesperar por este asunto. Además todo permanentemente está en mutación. Nada será siempre igual. Nada.

En el fondo, sigo estupefacto con el asunto de educar en libertad, de formar individuos libres, con cabeza propia, no émulos de lo que nosotros somos por narcisismo estúpido de los padres. Educar es vértigo puro, pero educar en libertad es un desafío monumental. En general los padres recorremos la educación con un manual básico creyendo que tenemos el libro rojo de Mao. La vida nos demuestra que los libros rojos no existen.

Otro asunto complejo de concretar con hijos y educandos es ubicar dónde están los “límites” que suelen ser entendidos como “prohibiciones”. Error, los límites son los que definen el área transitable, los que permiten ambientar la seguridad del terreno habilitado por lo sensato. No todo se puede hacer porque sos joven y no todo se debe prohibir. Este contrato social no es verdurita pero cada época construye el suyo. Repito: hay asuntos básicos pero cada momento histórico crea sus códigos implícitos. La necedad de creer que todo tiempo pasado fue mejor es arrogancia e ignorancia.

Como soy liberal, mis límites son más elásticos que los de otras cosmovisiones filosóficas, pero justamente el liberalismo me lleva por el terreno de lo no dogmático. Me la complica hermosamente.

Por eso educar en valores es imprescindible. Educar para fertilizar una sociedad de gente sana, mejor de lo que lo que hemos sido nosotros es la meta. Ese es el éxito de un padre, de una sociedad, de cualquiera que se tome en serio el presente. Hay que alejar necedad y obcecación, solo así se recorre un camino valioso. Y hay que pensar en estos asuntos o reventar. Y parte de la magia uruguaya es esta: somos buena gente pero podemos ser mucho mejores. Y por eso desde José Pedro Varela hasta llegar a cada padre: educar es el máximo acto de responsabilidad que asumimos como seres en sociedad. Pavada de paquete.

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