COLUMNA CABEZA DE TURCO 

Opinión | El país de Luis Lacalle Pou

"Eso, donde el opositor desea el mal y el que gobierna tiene todos los infiernos a bordo, es de siglos atrás". Por Washington Abdala.

Washington Abdala
Washington Abdala. Foto: El País.

La gente quiso que Luis Lacalle Pou condujera los destinos del país y la gente actuó con un sentido proactivo, deseando que la alternancia democrática ventilara a la nación y soñando con un Uruguay distinto al del presente.

El deseo ferviente por vivir en una sociedad “segura”, el reclamo por una educación de calidad y la vocación por ser un gran país nos ganó la partida. Y sentimos, ciudadanos, partidos de la coalición multicolor, sociedad civil, gente de todos lados y ninguno que Luis Lacalle encarna esos anhelos. Es que fueron muchos años donde un partido político fue hegemónico en la vida de la nación y eso siempre es negativo porque engendra patologías, intolerancias, violencia moral y desvíos varios a los que no deseo referir por estas horas de algarabía. La vida mostrará lo que tenga que mostrar.

Los politólogos franceses enseñaron que el mejor político era el que hacía una “transfusión” con el sentir del pueblo. Tuvieron que llegar los politólogos anglosajones para mostrarnos que eso no siempre era así, que quizás el mejor político es el que hace lo que corresponde hacer y no quien busca el aplauso fácil a la vuelta de la esquina.

Luis Lacalle Pou será de los segundos, sabe que el país del presente no tiene la holgura de hace unos años, enfrenta un aparato estatal plagado de vicios y no sobra una migaja en las arcas públicas. No son tiempos sencillos, pero el desafío es lo que moviliza a un político responsable que conoce en lo que se adentra. Como barrenó las olas ayer ahora le toca hacerlo con el país.

Si el país vuelve a funcionar, si el país retoma la senda de la seguridad, si salimos del ranking nefasto de las pruebas Pisa -allá en pésimo lugar-, si la inversión retorna porque nos consideran un país creíble, en fin, empezaremos a ser lo que nunca debimos dejar de ser: la referencia regional del modelo político más inteligente de América del Sur.

El Uruguay es un país gigante si se decide a serlo (nunca fue el “paisito”) claro, si quiere ser mesocrático, navegar en las tinieblas y derrumbarse en la oscuridad de la noche también es una opción. Sobró de esto en este quinquenio. Y no pidan pruebas: homicidios al por mayor, sumisión genuflexa con el tirano Nicolás Maduro, nivel de comprensión lector nimio en los niños, marginalidad en las calles y “merca” pesada era todo lo que no debió suceder. Y le sucedió a los campeones mundiales de la verdad declamada.

También es bienvenido el Uruguay donde las “proscripciones” no estarán más, proscripciones ocultas y mezquinas. En este país a más de uno de nosotros por liberales y afines a los partidos tradicionales se nos puso en penitencia. Nadie lo reconocerá jamás pero un aldea con poderes concentrados sabe como tirar por la banquina al que molesta. (Mejor no hablar de ciertas cosas.)

Ahora que los dados están echados hacia lo “humanista” se requiere, igualmente, el concurso de todos, inclusive de los que en una semana dejarán de ser gobierno y serán opositores. Si poseen algo de veta patriótica deberían contribuir al mejor destino republicano.

El Uruguay no es de nadie. Eso, donde el opositor desea el mal y el que gobierna tiene todos los infiernos a bordo es de siglos atrás, y los que así actúan ya vemos como terminan por todo el planeta. Nicolás Maquiavelo no siempre tenía razón, es más, muchos de sus consejos hoy serían suicidas por su cinismo. Se mueren los tiempos cínicos.

Es la hora de la grandeza, del sentido magnánimo, de la contribución y de la emoción.

Luis Lacalle Pou es él y somos todos. Un presidente empieza a ser el epítome de una nación y por eso todos deberíamos querer y ayudar a que le fuera bien, porque él -repito para los distraídos- somos todos nosotros.

Y todos nosotros lo que queremos es mejorar a este país, seguirlo amando a reventar y dar todo por él.

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