COLUMNA CABEZA DE TURCO 

Opinión | La necesaria buena fe para todo 

"El clima beligerante empieza a tornarse insostenible". Por Washington Abdala. 

Washington Abdala
Washington Abdala.

La buena fe no es solo un instituto que inventaron los romanos para ser demostrada en actos o contratos. Es mucho más que eso: es una postura mental del humano que encara la vida con ese talante en su relación con los demás. Tiendo a separarla de la probidad moral. Se puede tener probidad moral constatable pero actuar bajo mala fe. En los hechos, está lleno de gente honorable y honesta pero que en lo cotidiano verbalizan sus narrativas con mala fe en sus expresiones o sentimientos. En una época donde la percepción, la semiótica, la psicología social y otras disciplinas nos permiten saber muchísimo del otro, no me parece que se pueda sostener esa vieja teoría. Pero es una pelea académica que no voy a dar acá.

Lo que sí deseo aclarar es que no resiste mucho -la realidad- cuando la mala fe es obvia, cuando lo dogmático del enojo del otro gana el alma y es la motorización de la narrativa que se oye. Y es sencillo percibir esto. No importa si son tirios o troyanos los dicentes, se detecta enseguida la rispidez del vocablo, el tono del mismo, el enojo y hasta el odio.

Con franqueza las palabras duelen, tienen un grado de violencia descomunal y si van acompañadas de furia, aún más: asustan. Lo que pasa es que no advertimos que el relato, la narrativa, el discurso del otro, si es en clave de castigo retórico y no de disidencia o crítica, es violencia pura y construye un poder negativo.

¿Existe el poder negativo? Obvio. Si se enervan almas, se recalientan espíritus, si se cree que el otro es Satanás y se lo demoniza, si se entiende que Juan o Diego deben ser blasfemados públicamente, no debería extrañar si algún día alguno crea que -en cuanto lobo solitario o integrante de una comunidad- está autorizado a expresar vituperios crueles sobre cualquiera y así estribar el autoritarismo con la palabra. Eso es violencia y construye un poder negativo. Repito, no es lo mismo que disentir, discrepar, debatir y hasta elevar la voz, pero hay una zona “no imperceptible”, clara, definida -para los abogados aún es más nítido esto- en que se pasa a la otra ribera y se ingresa en la maledicencia violenta.

El poder negativo es mala fe pura. Y es un mal negocio para las sociedades que tienen que vivir con exceso de eso porque el clima beligerante empieza a tornarse insostenible y lo que es una divergencia pasa a ser una guerra dialéctica. Y en esa zona siempre pierden todos, el que cree que podrá sostener su argumentación sólida y el que la destroza con encares “ad hominem”, brutales, groseros, infamantes y sobre todo violentos que alimentan el desprecio público.

Digamos toda la verdad: esos dichos no alcanzan a tipificar la incitación al odio porque no se puede encuadrar esto en una figura penal, pero es el partido de fútbol previo que va de la mano de esa figura. Además, nunca se llega a la incitación al odio de un día para el otro, antes existió todo un bagaje de “perlas” que se fueron sumando con mucha premeditación, sigilo, permisividad maquiavélica. Así se demuestra poder: poder negativo. Nunca se amanece en medio de una tempestad. Los chaparrones siempre tienen algún meteorólogo que los preanuncia.

Volver a la buena fe es siempre el mejor camino. Volver en paz. Sabiendo que allí solo hay beneficio para todos. Todo se puede decir, todo, pero en el jardín de la razonabilidad, de la buena madera, de la respetabilidad de todos para con todos. El día que formalmente somos sensatos pero en la vida íntima asumimos el salvajismo, ese día ya somos salvajes. Y el día que ese salvajismo sale a la luz pública y se considera orondo, ese es el día del final del contrato social (implícito) en una nación. Ese día, se ingresa en la oscura noche del irrespeto inmisericorde. El irrespeto casi siempre viene cargado de ira. Y la ira es el máximo de los pecados en la vida pública, porque ella termina generando un lodazal de expresiones de las que luego ya no hay retorno. No hay disculpas posibles que permitan la admonición luego de que se rompieron ciertos puentes. Evitar y evitar, ese lugar es de gente sensata e inteligente. Lo otro es el infierno.

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