COLUMNA CABEZA DE TURCO 

Opinión | El mundo de los feos

¿Qué debe hacer uno cuando un feo le pregunta cómo se ve? Por Washington Abdala. 

Washington Abdala
Washington Abdala. Foto: El País.

Los feos somos un enorme club de gente que nos reconocemos al instante. Un feo sabe cuando está ante otro feo. Los lindos son un selecto grupo de personas que saben de sus atributos y nos agreden con solo vivir. Nosotros la llevamos, ellos nos gastan. El feo labura, el lindo la curra.

Es un tema duro, lo sé, pero formar parte del club de los feos no es sencillo. Los feos sudamos, tenemos algún diente que no posee simetría con el resto de la dentadura, quizás también algún quilo de más (o de menos), más de algún “calvo” forma parte del club (todos) y ni que hablar si además de ser feo sos medio turro con la vestimenta: es el combo perfecto. Sin embargo navegamos por el mundo con estoicismo.

Lo confieso: el cine me salvó la vida. El día que conocí a Jean Paul Belmondo supe que todo era cuestión de personalidad. Fue epifánico, comprendí que ser “feo” no importaba demasiado, sino la forma en cómo iba a desempeñarme en la vida. Ni que hablar cuando veía a Rolando Rivas (Claudio García Satur que era Boris Karloff) y sin embargo todas lo amaban, y siendo tachero que tampoco es ser el dueño de Facebook, quien también es miembro del club. Pero como es propietario de semejante monstruo, nadie se lo va a decir.

Los feos tenemos trucos existenciales. Somos buenos charlistas, estudiamos mucho más que los lindos, somos menos pretenciosos y en general somos simpáticos. ¡Es que no tenemos otra! Dante no pensó en nosotros ni para el inframundo (un desprecio pocas veces visto).

Yo tengo un montón de amigos que están locos de la cabeza. Además de feos, obesos y veteranos creen -por alguna razón alienante- que son lindos. Cuando almuerzo alguna vez con alguno de ellos y surge el tema, no sé si zambullirme en el plato de comida y empezar a reír de forma esquizofrénica. No digo que me suceda lo del Guasón, pero tengo mis momentos: en situaciones nerviosas me da por reírme. Me ha pasado en velorios, en momentos de alta tensión y supongo que a esta altura me dejo fluir.

Volvamos a los feos. El peor “feo” es el que posa de lindo, ese que se pone vestimentas a la moda de corte vanguardista y se ufana de su belleza (es un penal el tipo). Así te muestra su camisa colorida, sus zapatos incomprensibles o sus lentes formato mafioso.

¿Qué debe hacer uno ante la interrogante del feo de cómo se ve? Un consejo: mentir, solo mentir y nada más que mentir. El feo no está mentalmente preparado para recibir la verdad. Ya está en su delirio y si uno le dice la verdad no la entiende y se ofende. ¿Para qué? ¿Qué se gana? Ya no tiene retorno y lo que lográs es que un amigo no te quiera más. ¡Let it be! dijeran los Beatles y hay que dejarlo ir con los pantalones a rayas a la despedida de fin de año junto a esa camisa gitana que parece de Sandro cuando se iniciaba en los Sábados Circulares de Pipo Mancera.

Un feo que se la banca (y no me lo fumo, pero esta columna se caracteriza por decir la verdad) es Víctor Hugo Morales. ¿Cómo lo hace? Sencillo: a fuerza de retórica firme, personalidad, dicción, cruzando líneas enemigas sin temor, y mucha postura mental.

O sea, queridos feos: no necesitamos coaching para salir a la vida. Hay que dominar algún área y empujar. Eso sí, sigamos mancomunados.

Además, la fealdad es subjetiva. ¿Alguien cree que Messi es lindo? Y sin embargo con esa voz de niño aflautada y con dicción cero (Barcelona ¡páguenle un fonoaudiólogo carajo!) el tipo levanta algún suspiro que otro.

¿Erdogan es lindo? ¿Putin es lindo? ¡Minga! Son carlancos todos, pero como manejan “poder” la gente los mira desde otro ángulo. O sea, la gente confunde cosas. Integrantes del club: sigamos. Podemos con los lindos, es cuestión de ir a lo nuestro y listo. Que ellos sigan robando la plata. Nosotros remando.

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