COLUMNA CABEZA DE TURCO 

Opinión | Mi amigo Pablo Gorga

"Su curiosidad era inagotable, le gustaba conocer culturas, gente, tratar de entender la mente de los otros". Por Washington Abdala. 

Washington Abdala
Washington Abdala. (Archivo El País)

Cuando era adolescente, hace más de cuatro décadas, tuve un amigo que quise mucho llamado Pablo. Era de esos amigos que junto a otro gran amigo, Alejandro, intuía -a esa edad en que todo es duda- que los iba a tener para siempre. La amistad se construye con identidad, con afectos, con química, con momentos únicos, con risas y con cosas en común no demasiado complejas. Lo cotidiano hace a la amistad y desde allí se alimenta. Con ellos, teníamos vida de barrio, deportes juntos y pérdida de tiempo compartida. Yo iba hacia donde ellos vivían (el barrio que vivo hoy). Era la época en que empezábamos a mirar al otro sexo (en mi tiempo no se decía “género”, perdonen). Pablo era alto, enorme y tenía unas ventajas seductoras sobre nosotros, que éramos más normalitos, digamos.

Alejandro y Pablo se fueron un día, allá por los setenta, como tantos del país, por razones que ya no vienen al caso. Se pusieron a trabajar en Nueva York para Naciones Unidas. Pablo, más aventurero, empezó a salir en misiones al exterior. Un día se cansó y se tomó un año sabático para recorrer el mundo. Se le puso en la cabeza que eso era lo que quería hacer. Viajar y ver la vida. Yo nunca tuve ese valor. Lo admiraba por eso, me parecía un grito de libertad que yo no me animaba a asumir. Lo mío era estudiar y seguir molestando a la dictadura con mis alfileres, escarbadientes y artículos. Siempre fui obvio en mucha cosa.

Y, mientras tanto, por algún lugar andaba Pablo recorriendo el mundo y mirando las estrellas de las noches de oriente. Su curiosidad era inagotable, le gustaba conocer culturas, gente, tratar de entender la mente de los otros y compartir un plato de arroz con algún ser del planeta en idiomas incomprensibles. Me llegaban sus postales de lugares demenciales: Jordania, Nepal y alguna ciudad europea tipo Venecia. En algunos lugares dormía en las azoteas, y en algún otro tenía una novia que supe lo amó mucho. Sus postales eran hermosas, mostraban un momento del lugar que visitaba. Escribía con buena letra, relatando lo que era semejante asunto.

Pablo tenía una risa fuerte, nos reíamos de las mismas picardías de la edad, con la actitud de sorna e ingenuidad de los que saben que la vida está para gozarla y punto. Su risa, aún la siento tronar, jacarandosa, fuerte, casi como alaridos de felicidad. A veces, su risa me hacía reír por contagio.

A los años, luego de sus periplos viajeros, volvió a Estados Unidos. Su hermano del alma, Alejandro, siempre estuvo allí para bajarle el copete y volverlo a la realidad. No sé cómo llegué en algún momento a Nueva York para conocer esa ciudad y los tres nos fuimos a las Torres Gemelas a treparlas y ver por dónde se había colgado el francés a hacer su locura de caminar por un cable de torre a torre. Tengo asociada la gran manzana a ellos dos para siempre. Las fotos de ese día, son épicas.

Pasaban los años y -sin Internet- yo me las ingeniaba para estar en contacto con ellos, o les escribía, o hablaba por algún teléfono de alguien que me permitía hacer eso, o ellos me llamaban de algún lugar de Estados Unidos. Fui creciendo y cada vez que podía los iba a ver. Siempre estaba uno de los dos en el aeropuerto para buscarme y reunificar las vidas a una zona de eterna comunión. Todo era como si nos hubiéramos visto la noche anterior en la pizzería.

Un día estaba trabajando en el Parlamento y no sé cómo me entero de que se había caído un helicóptero de Naciones Unidas en Guatemala. Pensé en Pablo pero no quise asumirlo. Luego, a la tarde, la CNN decía que había fallecido un uruguayo en ese asunto. Más tarde ratifiqué con otro amigo médico, Fernando González, que todo era así y que no había error posible. Simplemente quedé congelado en el tiempo.

Los recuerdos no son imaginación como dice Joyce, son recuerdos, son memoria viva de lo que vivimos que se nos impregna en la mente para siempre y que por alguna razón se esconden allí para alertarnos que hay asuntos, emociones y sentires que no desaparecerán jamás.

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