COLUMNA CABEZA DE TURCO

Opinión | Mentira, terrorismo de Estado

"El mentiroso, al final, vive en su mitomanía y empieza a creer sus mentiras". Por Washington Abdala

Washington Abdala. Foto: Archivo El País
Washington Abdala. Foto: Archivo El País

Hace unos años escribí un libro sobre la mentira. Me gustó abordar ese problema, me llevó un tiempo la investigación del tema y lo disfruté. Como siempre pasa con los libros, algunos andan mejor que otros entre los lectores. Con el trabajo que me costó ese proyecto pensé que andaría volando. Anduvo, pero no corrió veloz como otros libros que escribí. Y no olfateé bien. Pensé que como a mí me interesaba el tema a muchos otros les pasaría lo mismo. Una vez más, la vida te enseña que no siempre estás en el circuito de todos. Paciencia, hay que hacer lo que corresponde y lo que corresponde es lo que hay que hacer. Luego, el destino juega sus cartas.

Esa experiencia me dejó aprendizajes. Un amigo me dijo, hace unos días, que estaba leyendo el libro. Le dije lo que sentía: ya está desactualizado, las investigaciones sobre la mentira han avanzado tanto desde el plano cognitivo, a la voz, a la construcción semiótica, que de a poco se va llegando a un escaneo de lo que somos y decimos para detectar la mentira sin necesidad de suero de la verdad o algún artefacto externo. Los mentirosos son pasibles de ser descubiertos con técnicas nuevas y decodificando sus mensajes. Casi que es perfecto el método actual.

Impresiona lo que se sabe de esto en el presente. Sigo leyendo del tema.

El asunto viene a cuento porque olfateo -no lo puedo probar- que estamos en un mundo donde cada vez más la mentira es una estrella en el firmamento de relatos que se nos presentan. A veces, son mentiras dogmáticas, históricas, hijas del pensamiento estrecho. Otras, de pobreza intelectual y repetición de consignas. Y otras, de cínicos que la usan de manera profesional para legitimar sus acciones y fundamentar lo equívoco de sus procederes. Ejemplos de esto sobran en el plano individual y en regímenes de terrorismo de Estado (o dictaduras, por la región hay varias) que creen que sosteniendo una falacia retórica se puede mantener la falsedad sin que nadie se oponga. El que no hace lo debido, no respeta al estado de derecho y viola derechos humanos, la historia sabrá de que lado ubicarlo. No hay demasiado debate ante lo salvaje.

El mentiroso, al final, vive en su mitomanía y empieza a creer sus mentiras. De alguna forma las hace realidad y esa alienación le viene como anillo al dedo para su rol delirante.

¿Qué dictador no es así? ¿Cómo se hace para montar terrorismo de estado sin creerse un cuento demencial para ello?

Lo que hay son mentirosos, falsos, mequetrefes empoderados en la ausencia de verdad como instrumento para seguir haciendo lo indebido en montajes cleptocráticos en su acepción filosófica y en la terrenal.

Robarle a la verdad para traficar la mentira por aquella es una forma de cleptocracia al fin de cuentas.

En los hechos, cuando se logra hacer caer una dictadura, del signo que sea, se encuentra al terrorismo de Estado criminal a la vista y todo queda en evidencia. Los torturados, los violentados, los vejados, todo sale a luz, y se acaba la estupidez de creer que fulano o fulana eran “justicieros”. Ya aprendimos que el jacobinismo es criminal, asesino y mezquino. Ya sabemos que los juicios populares en una esquina son ajusticiamientos de facto. Ya entendimos que la muerte política es igual -en materia biológica- que la muerte común y corriente. Quien alimente alguna justificación, además de un mentiroso, es alguien con mala fe que no acepta las reglas del derecho a la vida. En el fondo, no lo dice, pero su odio le permite (y se permite) mentirnos con rostro de lápida y sentir que se tracciona lo que debe ser. Falso, se está ante lo indebido, ante lo que no corresponde y ante lo mendaz.

Quitarle el velo a los dictadores no es solo la tarea de los oprimidos, es la tarea de los que corremos del lado correcto, de lo justo, de lo humano y desde la libertad nos toca bregar por el sufriente.
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