CABEZA DE TURCO

Opinión |Matar la ignorancia salva la nación

La ignorancia tiene una moral réproba y cloacal. Por Washington Abdala.

Washington Abdala
Washington Abdala.

La ignorancia es “el” problema porque con ella se hunde a los pueblos y se reproduce la industria de la pobreza. La ignorancia mata antes de matar. La ignorancia sumerge a los más infelices (no solo a ellos) en el destierro existencial. La ignorancia, junto al hambre, son el cianuro que hay que desterrar.

La ignorancia construye exclusión. La ignorancia hace nacer dogmatismos (o los acelera). La ignorancia conduce a los pueblos detrás de salvadores que luego asesinan a su propio pueblo. La ignorancia no tiene sesgo ideológico porque fascistas de izquierda y derecha sobran en todo el planeta. La ignorancia alimenta el prejuicio y con él hace bucles adictivos.

La ignorancia termina odiando y el odio en la calle escupe sangre. La ignorancia al considerarse mesiánica se pretende -cínicamente- redentora. La ignorancia posa de humilde pero es soberbia en su desconocimiento de la realidad.

La ignorancia alimenta más ignorancia porque así domina a los más débiles y los tiene a su merced.

La ignorancia tiene algunos predicadores de buena fe que se comieron la pastilla. También está plagada de cretinos útiles. La ignorancia es inmoral o mejor dicho, tiene una moral réproba y cloacal.

La ignorancia construye manuales, se expende en miles de esquinas y tiene su patotero de barrio que la asume a pura prepotencia. La microignorancia es su franquicia.

La ignorancia ya no se avergüenza de la ignorancia, presume de sí misma. La ignorancia nunca comprendería a César Vallejo (¡Hay golpes en la vida tan fuertes… ¡Yo no sé!), creería que es un “roto” que grita por su droga. La ignorancia, a veces, parece interpretar a muchos cuando, en realidad, lo que hace es enterrarlos, tirar la llave del reino por la ventana y matarlos por inanición. La ignorancia es usada por los perversos que saben que ella es la manzana a morder. La ignorancia es ofrecida como reducto de identidad colectiva cuando, en realidad, aniquila la propia existencia individual.

Los ignorantes están en todos lados. No vaya a creer el lector que este menester es exclusivo de un sector social, hay ignorantes en todos los sectores sociales. Muchos intelectuales son así por claustrofóbicos y orugas. El intelectual-ignorante causa pena, pero cual imbécil en noche de adicción, levanta su verba y cree que ilumina.

Los pueblos que están sumidos en la ignorancia no es que no tengan futuro, lo que no poseen es presente.

Hace poco releí La pobre Gente de Fiodor Dostoievski (está en la red) y lo que me recordó el autor es que la pobreza no es sinónimo de ignorancia, que se puede tener recursos escasos y cultivar la apetencia, el interés y tener las ganas por adquirir el conocimiento. Las cartas de Makar Devushkin lo prueban con elocuencia en esa obra.

Es cierto, la ciencia demostró que los cerebros mal alimentados, a los pocos años de nacer están en desventaja de aquellos que tuvieron lo básico y siguieron un curso existencial con lo necesario. Por eso las batallas son simultáneas, trabajo y alimentación, más educación al mismo tiempo. Se mata el hambre y se cultiva el cerebro en tiempo real. Lo uno va con lo otro.

El Uruguay siempre ha sido -o así lo hemos creído sus habitantes- un pueblo afecto al entendimiento y a lo racional. Alguno discutirá esta premisa. No importa, lo central no es ese debate, lo relevante es el presente y el futuro, a ellos hay que acometerse con afán y entrega. En ese periplo la batalla por aniquilar la ignorancia es algo que compete a todos, no solo a los gobernantes de turno (gobierno y oposición), a la sociedad civil, a los actores sociales, a los medios de comunicación, a los influencers y hasta al taxista. O tenemos conciencia de esto o nos traga el vértigo de un presente ansioso que se deglute a sí mismo. Matar la ignorancia es salvar la nación.

Esa es la consigna.

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