COLUMNA CABEZA DE TURCO

Opinión | Masificación e individualización

“La plusvalía debería ser homenajeada, por ella buena parte del planeta se rompe el alma y otro tanto es ‘succionado’”. Por Washington Abdala

Washington Abdala. Foto: El País
Washington Abdala. Foto: El País

Es un tiempo de masificación. Es un tiempo de individualización. Ambas son verdades que habitan en el mundo, allí anida el conflicto actual en la sociedad del presente, y ese patrón puede advertirse desde París -con sus chalecos amarillos- hasta la movida de los indígenas bolivianos que plantan coca y aspiran a mejorar sus existencias.

La masificación, hija de la globalización capitalista seduce con lo que hay en el mundo para “poseer” asimilando eso a la libertad, a lo que podemos consumir y a lo que podemos aspirar. Hoy, sin embargo, se vive en una intemperie imprevisible. Ahora, la masificación crea productos, mejora la vida de la gente y lo hace desde el progreso. La “plusvalía” debería ser homenajeada, por ella buena parte del planeta se rompe el alma y otro tanto es “succionado” para que los márgenes de rentabilidad sean mejorados y las economías crezcan. La masificación crea paneles solares y produce energías alternativas -por los excesos del consumo burdo- que obligan a pensar en una sociedad sobreviviente. El Tánatos nos obligó a mejorar (o quizás a comprender) la pulsión de vida que tenemos. Solo tenemos esta vida y si no la mejoramos, francamente seríamos suicidas. (No hay mucho margen para la imbecilidad).

La individualización trae consigo que no todos queremos ser iguales a todos. Las grande marcas captaron esa “necesidad” hace décadas y el ejemplo paradigmático fue cuando Levis empezó a producir modelos distintos de sus jeans. Ya no todos querían ir vestidos iguales. Eso de recitar un relato común, creer en un mundo romántico tipo Woodstock y soñar con una revolución que cambiará el planeta resultó fantasía. Hoy, los tatuajes revelan esa pelea contra la masa: el tatuaje que se hace cada joven lo hace único, propio, específico para su narrativa existencial y por eso casi un tercio de los jóvenes de hoy se estampan algo, para ser ellos mismos y no iguales al otro. (No recuerdan el tatuaje nazi, el tiempo vuela).

Por eso las miradas dogmáticas no tienen andamiento, por lo que la masificación y la individualización van de la mano. Si nos paramos solo en la vereda de los indicadores de progreso, como hace Steven Pinker nos encontramos con el mundo Panglossiano, mejorado, con saneamiento masivo, con más agua al alcance de más gente y menos pobres, pero un mundo “tontito”. A la vez, ese mismo mundo -si alguien quisiera refutar a Pinker le diría: mire que las migraciones son horribles (Siria y Venezuela), la violencia no se detiene, la prisionización es elevada, los autoritarismos son gigantes y las chances de triunfar, si no hay educación de buena calidad- no es real, es un cuentito.

Y no es fácil comprender el presente cuando los conflictos están en cualquier lugar, en cualquier momento y sin necesidad de previo anuncio. La revolución francesa se podía ver venir. Mucho más la revolución rusa. Ya en 1989 no se entendió cómo de un día para el otro se cayó el muro de Berlín (luego comprendimos la estafa del socialismo real cuando pudimos saber la verdad). Pero hoy no es sencillo pronosticar por donde vienen los tiros. ¿Alguien vio venir lo de Chile? ¿Alguno tiene un pronóstico optimista de Argentina? ¿Se puede saber que pasará en los Estados Unidos el año entrante? ¿Alguno imaginó al capitalismo reinando en China comunista de manera rutilante? ¿De veras nos creemos que la tensión entre Arabia Saudita e Irán no va a terminar generando algún “desastre”? ¿Se puede bardear a los musulmanes en la India y creer que no pasa nada?

Sí querido lector, algunas son obviedades las que constato, otras son “ojo al gol” que nadie tiene muy claro como se vivirá el día de mañana. Por eso, un consejo: cada día es maravilloso si lo viviste en paz. Lo demás se verá como lo vamos resolviendo. Buen año.

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