COlUMNA CABEZA DE TURCO

Opinión| No es otro primero de marzo...

"Hay un Artigas para cada uno de nosotros porque todos somos Artigas". Por Washington Abdala.

Washington Abdala. Foto: Archivo El País
Washington Abdala. Foto: Archivo El País

Siempre es bueno saber que las democracias con “alternancia democrática” se enriquecen. Esto lo muestra la ciencia política hace bastante tiempo. Y por eso el primero de marzo refleja un “momentum” político especial.

No es contra nadie el clima que perciben lo que consideran que es una jornada relevante, es a favor de una concepción que va más allá de lo político-circunstancial y que se enriquece en la rotación del poder, procurando evitar hegemonías o dominaciones que siempre resultan patológicas al sistema democrático.

Le hace bien a una república que elencos políticos distintos asuman el compromiso de trabajar por toda la nación. Las hegemonías políticas cuando se eternizan generan un devenir del poder que pierde capacidad de cambio. Max Weber siempre sostuvo que la rutinización del poder era un mal negocio para la política. A rigor de ser intelectualmente honesto, Weber sí creía en la rutinización de la burocracia; claro, cuando él la estudia es un menester positivo (nuevo) porque ese “saber profesionalizado” traería beneficios para el ciudadano. No podía imaginar -el pensador alemán- cómo terminaríamos reconociendo en la burocracia un pulpo que todo lo succiona y que tiene vida por sí mismo. Luego Robert Merton nos mostró el lado oscuro de la luna.

Una clave de los gobiernos que logran superar las tormentas es trabajar para todos, para los que los invistieron y para los que no los votaron. Zurciendo al máximo las divergencias. Solo el que entiende “al otro” logra salir del rol de confrontación para introducirse en la “resolución del conflicto”. Esos son, en general, los actores que recuerda la historia, porque logran hacer sentir involucrados a tirios y troyanos. Por eso hay individuos del país histórico que están despartidizados, o en realidad ya le pertenecen a todo el pueblo. Los pueblos suelen no equivocarse en la recordación de quienes admiran. Y el imaginario colectivo (algo así como el inconsciente de la nación) elabora sus construcciones de manera activa, diaria, fermental y con una recordación de imágenes y conceptos para adentrarse en lo que entiende son sus referentes. Es así que el presidente Luis Lacalle Pou en medio de la tormenta logra empatizar con la mayoría ciudadana y muchos de los que no lo votaron le reconocen entrega, orientación sensata de gobierno y manejo adecuado de la coyuntura. Eso en Uruguay no se regala.

Digamos también que solo el sentido magnánimo es el que supera la miseria del enfoque sectario -en política- y logra salir de la trinchera para recorrer el campo grande. Lo aprendimos de Artigas, por eso sentimos que nos representa a todos. Por eso Artigas “apila” a gente de extrema derecha, derecha, centro, izquierda y extrema izquierda, porque a todos los toca en algo con su derrotero. Hay un Artigas para cada uno de nosotros porque todos somos Artigas.

No deberíamos olvidar jamás este factor como clave cohesionadora del país.

El 1º de marzo no deberíamos sentir que es una jornada de algunos sino de todos. Tengo claro que ciertos actores miran la fecha en blanco y negro desde sus construcciones corporativas. Es un error. Cuando un país está luchando en medio de una tormenta como la que padecemos, lo que corresponde -a los sensatos- es juntar filas, apretar los cintos y no mirar lo accesorio sino sentir que lo principal nos une. Es como en el fútbol: si la adversidad arrecia, solo se sale con sentido de equipo, sacrificio y sabiendo que no es con genialidades de nadie sino con aportes de todos que se revierte un resultado adverso.

Este, entonces, es un 1º de marzo especial. Venimos todos los uruguayos, todos, en el lugar que nos toca estar en la nave, remando con lo que se tiene para que el país, en algunos meses, esté afuera de esta amenaza que tanto nos ha quitado el sueño. Lo maduro es ir por el camino del entendimiento, bajar la pelota, saber que no es fagocitándonos entre nosotros mismos que se logra nada. A veces clamar por “unidad” es un lugar común burdo y menor. En circunstancias como las actuales es un acto patriótico.


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