COLUMNA CABEZA DE TURCO

Opinión | La libertad (los unos y los otros)

"La ética de la convicción entonces se mimetiza con la ética de la responsabilidad". Por Washington Abdala

Washington Abdala
Washington Abdala. Foto: El País.

Las sociedades modernas son democráticas a carta cabal o democráticas a medias (estas últimas sostienen regímenes con Estados legítimos pero ilegalidades varias) y sociedades no democráticas (aquellas ilegítimas e ilegales en el funcionamiento del poder a través del Estado).

El lector atento sabrá ubicar al país que desee en la citada tipología. Son tres categorías; no es una fórmula química. Sin embargo, entre el segundo y el tercer caso no es sencillo advertir claramente la diferencia. El maestro Giovanni Sartori luego de una vida académica puso foco en el “acto electoral democrático” para afirmar que desde allí se podría encontrar a las primeras… empezar, simplemente.

Las sociedades democráticas, como lo es Uruguay, están jugadas al destino de sus gentes. El destino de las gentes depende de las condiciones que posea el país. Y las condiciones que ambienta el país tienen conexión directa con la política de turno que -en calidad de inquilina- orienta la voluntad de la nación.

El Uruguay democrático actual cree en la libertad con mayúsculas. Ese no es un punto de arranque menor. El presidente de la República mira desde ese periscopio, lo sabemos todos. Por eso todo lo que se hace pasa por allí, lo que se puede y lo que se dificulta alcanzar.

El gobierno, apuesta -en mi visión- al círculo virtuoso de la ética de la responsabilidad sin descuidar la ética de la convicción. Aquella tensión que ilustraba Max Weber con maestría (ética de la “convicción” versus ética de la “responsabilidad”) tiene una tercera posición en que ambas perspectivas pueden ser fusionadas. Entiendo que la “responsabilidad” también puede ser una “convicción” principista. No por ser liberal me amputaré la mano para requerirle al Estado una intervención mayor. O no por ser socialista abdicaré de relevar al Estado de aquello que hace mal y un tercero lo hace mejor. Entender que se está ante una convicción-responsable o una responsabilidad-convincente es la clave. No hay motivo de exasperación. La ética de la convicción entonces se mimetiza con la ética de la responsabilidad y ambas son una sola.

Se es responsable y por eso se legisla (leyes y decretos) y se lo hace en base a la convicción de defender un bien superior (como es la vida de la población).

Los que discrepan con el periplo actual lo hacen desde sus convicciones, respetables siempre, pero quedan subsumidas por el accionar de las mayorías democráticas que poseen la legitimidad (y legalidad) para seleccionar la ruta conveniente (mientras las minorías preservan la potestad de controlar el derrotero).

Es verdad que la sociedad del presente -en el mundo- posee términos de intercambio duros. Pero es la aldea global en la que estamos. No se la puede cambiar. Nunca creí en el Arielismo. Menos en los clubes de amigos ideológicos de los países. Soy pragmático y no aplaudo al capitalismo y su rudeza; solo entiendo que no hay otro enclave más apto -dentro del formato democrático- para sostener a la libertad como eje rector de todo lo que vendrá. Lo afirmo con respeto; las otras visiones no han tenido aterrizaje efectivo en el mundo. Esa es la evidencia empírica, guste o no.

Y este es el mundo en que estamos. Un mundo complejo en el que el Uruguay solo logrará emerger si se piensa a sí mismo con cabeza global.

Somos ciudadanos del mundo. Y la COVID lo ratificó desde la computadora hasta la pizza que se encarga por teléfono móvil.

Tenemos una enorme ventaja aún pero la consolidación del mejor modelo educativo debe seguir siendo nuestro anhelo constante (me consta que los actores involucrados se están rompiendo el alma para ello) y es desde allí que se llega a la orilla.

La libertad tiene que ser la palanca de movilidad social ascendente. Por eso los liberales-humanistas creemos que solo el humano supera al humano y, de esa forma, lo ayuda con su propia idea de progreso. Lo individual y lo colectivo van de la mano. Si se impone uno u otro se atenta contra la libertad. Delgada línea que no siempre se percibe.

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