COLUMNA CABEZA DE TURCO

Opinión |No leas el telepronter

"Intuyo que cada vez más se seguirá valorando 'lo verdadero'”. Por Washington Abdala

Washington Abdala. Foto: Archivo El País
Washington Abdala. Foto: Archivo El País

El telepronter es, según Wikipedia (la enciclopedia de Diderot del presente), un aparato que permite reflejar un texto previamente cargado en una computadora, en un cristal transparente que se sitúa en la parte frontal de una cámara. El orador parece estar hablando de manera natural cuando -en realidad- está leyendo.

Hace algunos años se ponían los textos en cartulina arriba de la cámara de televisión y era el inicio del telepronter. (Todavía hay chivos publicitarios así en algunos canales de televisión del mundo). Luego llegamos al telepronter primario y a posteriori se avanzó al telepronter de pantalla líquida donde la audiencia no lo visualiza pero el orador también lee allí lo que aparece.

Ni que hablar de los Powerpoints (pantallas con textos cargadas en una computadora que se instala dentro de un auditorio generalmente académico). Asunto maravilloso que bien usado son organizadores de ideas, pero, en general, son un tren a quinientos quilómetros de velocidad que se hace añicos. ¿La razón? Los públicos se aburren de los Powerpoint. Unas pocas imágenes están bien, demasiadas terminan con la gente mirando el teléfono móvil vichando qué está pasando en Twitter.

Me parecen que todos estos instrumentos pueden colaborar en la comunicación pero en realidad hunden a los buenos oradores y los sumergen en el riesgo del tedio más brutal. (La palabra “tedio” la aprendí de Baudelaire en Las flores del Mal).

Es inevitable advertir que el individuo está leyendo. ¿Qué no se entiende de esto? ¿Alguien en su sano juicio cree que el espectador-ciudadano no capta eso? Todos, repito, todos los humanos -con algún sentido básico de la percepción- sabemos cuando alguien lee o cuando alguien habla a cara descubierta. Y si tiene que leer, que lo haga con la hoja y sin vergüenza. Es mejor que sanatear con cara de teleteatro tipo Nené Cascallar.

Esto lo afirmo -hace años- en mis cursos de Ciencia Política pero hoy lo ratifico: es mejor un esfuerzo intenso de estudio y no eso de sonar pluscuamperfecto y retumbar a hueco con cacofonías que el orador jamás verbalizaría. Y lo peor es el “acting” que se introduce en las lecturas del telepronter. Allí el desajuste es mayúsculo y la asimetría es total. Claro, si usted es Ronald Reagan no pasa nada, usted sabe impostar, decir, actuar; pero si usted cree que en pocos años se aprende todo eso, lamento estropearle el domingo, lleva años el dominio retórico, verbal y narrativo. Preste atención a cuánta gente se le sigue con atención en un discurso de más de cinco minutos. A casi nadie, es que el zapping no es un invento técnico, es nuestro al cerebro que cada día le cuesta más poner foco dado lo multicromático de la existencia. (Por eso las series de Netflix, las buenas son tiros cortos, pegan en seguida, no son eternas y buscan reeditar el viejo concepto de evasión cinematográfica. Y los podcast son casi todos “tediosos”. Sencillo.)

Es verdad, hay oradores de telepronter estupendos, pero es que lo son “ex ante”, son oradores de fuste, por eso se permiten el lujo de leer con elocuencia, porque ya son elocuentes.

Y ojo que la elocuencia del 2021 no es la de 1980, ni la de 1966, por citar tres épocas de comunicación política distintas. Obsérvese que en cada período se demandaba del “comunicador” asuntos acordes al tiempo existencial y filosófico en que se estaba. Somos hijos del tiempo en que estamos. Todos. Y si no lo creen miren cualquier discurso de hace 10 años del protagonista que sea, actor, humorista, político o cualquier orador y advertirán que los tonos, las cadencias, los espacios, los silencios, la retórica, el contenido, todo ha cambiado y aquello de ayer nos suena a paleolítico. La gente pide cada vez más naturalidad, frontalidad y genuinidad. Eso es lo que llegó. Esto dice mucho. Hay cansancio con el comunicador perfecto, lector con voz de cueva y letra impostada. Intuyo que cada vez más se seguirá valorando “lo verdadero”. Claro, allí aparece también el riesgo de los Fidel Pintos. Bue, pero ese es otro asunto, allí ingresamos en la “sanata”. Lo hablamos otro domingo.

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