COLUMNA CABEZA DE TURCO

Opinión | Nos jugamos la vida

“Nadie nos está esperando para regalarnos nada. No hay almuerzos gratis”. Por: washington abdala

Washington Abdala
Washington Abdala. Foto: El País.

Arranca un nuevo gobierno y es inevitable no sentir que cambiarán diversas percepciones, vivencias y sentires que se tienen en el país. Los gobiernos no son el Estado y el Estado no es la sociedad, pero los tres son socios en el destino de una nación. Si no logran conjugar algunos tópicos en sintonía al gobierno le irá mal. Si lo logran es probable que todos estemos mejor.

A esto se suma la variable “cultural” sobre la sociedad. No lo cultural como asunto de sumatoria de conocimientos sino como matriz de valores y forma de ser de un conglomerado humano. Me parece central pensarnos desde ese lugar.

Hace demasiado tiempo que entregamos las naves en el territorio de lo burdo, lo frontalmente ofensivo y lo pequeño. Las naciones son gigantes o minúsculas según como se adviertan a si mismas y según como construyan el porvenir de sus gentes. Eso es “cultural” cien por ciento, y si no se entiende esa premisa no se capta lo esencial del problema que enfrentamos.

Pensemos un segundo si la sociedad uruguaya premia a la excelencia, si el esfuerzo paga la pena, si el trabajo es un valor por si mismo, si lo educativo es central en esta tierra, si la tolerancia viene dada por la real conjugación de la idea democrática en comunidad, si la competencia es transparente (y no es solo una barra de amigos del poder que por esa razón se reparten los bizcochos), en fin, si estos asuntos no cambian de manera sustancial, o sea si no hay un cambio cultural radical en la cabeza uruguaya, no alcanzará con un gobierno trabajador y un Estado menos goloso. Todos tenemos que cambiar. Esa es la verdadera revolución, la mental, todo lo demás es cuento chino.

Y la verdad, la sociedades no dan saltos al vacío, solo dan saltos cualitativos cuando sienten que ese es el verdadero camino a seguir. (Sí, algo de Hegel, disculpen). Y no siempre se acierta, está plagado de movimientos humanos en los que las decisiones fueron erradas, con lo cual ese asunto de que el pueblo nunca se equivoca no es cierto. El pueblo -al ser un conjunto de humanos- erra y acierta, y no siempre es sencillo advertir el camino correcto.

Soy un optimista nato -biológicamente optimista como decía Washington Cataldi-, lo soy porque he visto la superación en gente que pasó por los infiernos más truculentos y salió de allí para enseñarnos el camino a los simples mortales, lo soy porque creo en lo magnánimo, en la entrega por el otro y hacia el otro sin buchonear la acción. Soy optimista porque siento que el gobierno que ingresa se juega la vida día a día y eso me encanta porque bajo presión sale lo mejor de la buena gente.

El Uruguay merece que se la jueguen por él y no que hagan tiempo para terminar el partido con el referí apretado y felices con un empate.

Y, digamos la verdad, (lo escribí tenuemente la semana pasada) pero digámoslo frontalmente: hoy el Presidente puede decir a los cuatro vientos que este es y puede ser el mejor país del mundo y todos deberíamos sentir que semejante aseveración no es una declamación motivadora sino que debe ser verdad.

¿Imposible? Falso, se debe intentarlo y habrá que entender que solo si jugamos para llegar a la final del mundo tiene sentido el desafío. Ya basta con eso de ser mediocres y banales.

Sobró tiempo de ser lo que no queremos ser, ahora es tiempo de asumir lo que aspiramos a ser, y serlo.

Obvio, requerirá cambios “culturales” revolucionarios, eliminar la cultura de la viveza criolla, no soñar más con atracar al Estado y asumir que nadie nos está esperando para regalarnos nada. No hay almuerzos gratis.

Estamos solos pero juntos los tres millones y medio que somos, más los quinientos mil que están afuera, somos uno y hay que salir a batallar por nosotros mismos.

Esa es la ruta.

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