COLUMNA CABEZA DE TURCO

Opinión | Los hechos no se sanatean

"Al decir socrático, se requiere un examen agudo del otro para conocerlo". Por: Washington Abdala

Washington Abdala
Washington Abdala. Foto: El País.

Las gentes no son lo que se observa de ellas, tampoco son su decir, en realidad, son la suma de eso y mucho más. Son también sus propias contradicciones. El ser humano es una infinidad de complejidades que no se desentrañan de una manera sencilla.

Veamos, si juzgamos al otro por lo que dice, por cómo lo dice y por cómo lo narra es probable que construyamos un juicio de valor limitado, básicamente porque lo que manifestamos nunca posee precisión absoluta.

Está lleno de gente que nos dice lo que queremos oír, gente que expresa lugares comunes —y quizás ellos sean mejor de lo que verbalizan— y gente que ni siquiera habla demasiado.

Y ni que decir de los “chantas”, esos que arman una vitrina llena de pescaditos de colores (ni que hablar de los cínicos que posan de lo que no son, por ejemplo, los nuevos burgueses travestidos en versión “popu”).

Están también los que hacen cosas. Estos son más fáciles de juzgar porque lo fáctico es lo que es. Punto. Ya tenemos algo concreto para pensar sobre el otro con algún elemento empírico.

Ahora, sucede que no siempre el otro es lo que hace y apenas se ve y entonces podemos juzgarlo mal. ¿El croupier de un casino es tan gélido como su organización? No lo sé, siempre recuerdo la serie Los Soprano en la que una familia mafiosa padecía problemas cotidianos y James Gandolfini iba a hacer terapia por sus temas mundanos mientras seguía matando gente y comiendo pizza.

A lo que voy es a que ni lo que decimos, ni lo que hacemos (si no se lo conoce a fondo), alcanza para abrir juicios definitivos sobre nadie.

Al decir socrático, se requiere un examen agudo del otro (y de uno mismo) para saber ante quién estamos. Y es probable que luego de ese examen profundo, nuestros cuestionamientos (interesados, curiosos, inquisitivos) tampoco construyan la verdad. Es que no habrá una verdad sino muchas verdades.

Sigamos, si el examen al que sometemos al otro (no es un examen en un banquillo, es una imagen metafórica) parte de la premisa que para “hacer el bien” es imposible hacer uso de la violencia, estaremos imposibilitados de considerar como gente apacible y tolerante a aquellos que en algún momento les quitaron la vida a otros creyendo que “la causa” lo ameritaba (¿es ser “duro” criticar a gente así?)

No me importa el bando en que se esté; como yo -hablo de mi sentir para que no tengas dudas, lector - solo creo en la paz y en el diálogo siempre. Todo aquel que le extinga la vida a otro mortal, en mi visión gandhiana de la existencia no merece el aplauso. Solo respeto la legítima defensa - y vaya si la conozco- pero la verdadera, no la que por detrás de su manto encubre un uso diabólico de la fuerza. Menos aún creo en las violencias revolucionarias. Robespierre creyó que era un justiciero y terminó creando un río de sangre. Es que la violencia solo dispara violencia y polarización.

Sencillo, fácil y sin demasiada vuelta. Puedo comprender el arrepentimiento del criminal, pero siempre estaré en guardia ante quien llega a ese extremo radical creyendo que matando a otro impone su razón. Mi mente me dice que un extremista violento es siempre un tipo a desconfiarle, que si lo hizo ayer lo podría volver a hacer hoy o lo podría justificar mañana. Y esto no es un mensaje para nadie -aviso al navegante desprevenido -, escribo desde la distancia y mirando el horizonte. Estoy grandecito. Ni las derechas, ni los centros, ni las izquierdas están ajenas a estas patologías. Lo sabemos todos: el totalitario anida en cualquier nicho y la historia lo muestra en todos los mostradores. No seamos ingenuos.

Por eso, al final, no somos lo que decimos sino lo que hacemos de verdad. Eso nos define.

Y allí no nos perdemos. En la diaria las narrativas son delicuescentes. En la historia quedan los hechos. Y esos sí que no sanatean; son lo que son.

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