CABEZA DE TURCO 

Opinión | ¿No hay cómo evitar el prejuicio?

"El prejuicio es hijo de la ignorancia y esta bruja es mala de verdad". Por Washington Abdala

Washington Abdala
Washington Abdala. Foto: El País.

No hay como evitar el prejuicio. Somos parte del mismo. Ya sé que alguno me leerá y dirá: tu serás prejuicioso, yo no.

Lo que sucede es que si todos pensamos así, habrá millones de verdades por el mundo. Solo aquellos que advierten que existe el pre-juicio serán capaces de entender a los demás.

El resto solo combatirá prejuicios versus prejuicios —sin siquiera dudar de nada— y se perderán la duda cartesiana que es maravillosa para elevarse del terreno mundano y ser algo mejor en relación al otro humano que está al lado nuestro.

El prejuicio encierra una mirada claustrofóbica de la sociedad. En realidad, hasta el juicio acabado fruto del conocimiento científico puede también ser nocivo. Es que los conceptos absolutos son dogmáticos y no permiten entender al otro. (El “tiempo” era de una forma hasta que Albert Einstein nos avivó que en el espacio es distinto).

El odio racial, sexual, religioso es un concepto absoluto que de manera latente posee una violencia radical. Los violentos decoran su violencia con rostros tipo Snoopy. Nos “sarasean”.

El odio político -algo que no reconoce nadie de manera pública- en realidad es (lamentablemente) mucho más común de lo que sería soportable. Las redes morales y su anonimato cruel vomitan al pirata cibernético y al asesino serial de la palabra. Estos granujas actúan impunemente y se juntan en barra para hacer destrozos. A veces, en el mundo se encuentran “operaciones” que se pasan de WhatsAapp a WhatsAapp para denostar la dignidad de una persona.

Mi teoría de lo que vivimos es la siguiente: de tanto trabajar en la construcción del relato “políticamente correcto”, desde el campo subterráneo se nos cuelan vetas de una sociedad autoritaria entre máscaras, organizaciones que simulan ser una fachada -y son otra- y la presión por no mostrar lo que se es (porque tiene desaprobación social).

Sin embargo, bajo la oscuridad de la noche (metáfora) se juntan muchos crápulas y arman un destrozo moral mayúsculo. De esa forma, se aniquila el honor y la dignidad del señalado o señalada. ¡Y andá a levantar el muerto que se tiró sobre la mesa! Cuando el cadáver se dice que está allí, la gente cree que existe, avala lo que cuentan todos y emerge así el pútrido rumor que tomó entidad de cosa juzgada. Fulano es chorro. Mengano tal cosa. Y todo por un post sin credenciales. ¿Se acuerdan de aquel rumor sobre el casamiento en el que el párroco le preguntaba a los fieles de la iglesia si alguno tenía algo que objetar y se levantaba un participante de la boda y decía algo sobre la infidelidad de uno de los miembros de la pareja? Bueno, aquello había sido un rumor que apenas había durado unas semanas en expandirse, sin redes sociales, sin celulares y todo fruto de un ensayo sociológico de hace décadas. Imaginen lo que se puede hacer hoy en solo horas con todos conectados al mismo aparatito y leyendo lo mismo al mismo tiempo.

Si el “cuento” posee algo de verosimilitud, si está bien armado y si cuela, estamos en problemas Houston.

Y los prejuicios, como están siempre a la vuelta de la esquina, son fáciles de motorizar; es cuestión de orientar la máquina destructiva en base a ellos y alguna fruta siempre caerá, porque el constructor de esas narrativas sabe que tiene que apelar a datos que el imaginario colectivo conoce internamente.

Por eso es tan cruel el presente: porque nunca tuvimos tantos prejuicios mezclados con noticias falsas. Pregunten cuánta gente no cree que el hombre llegó a la Luna, o que los atentados de las Torres Gemelas los propinó el propio gobierno americano. El prejuicio es hijo de la ignorancia y esta bruja es mala de verdad.

Los pueblos con educación saben discernir y son mejores en la construcción de sus destinos.

El camino para abatir los prejuicios es educar a mil kilómetros por hora.

Todo lo demás es sanata.

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