COLUMNA CABEZA DE TURCO

Opinión |No había redes sociales...

"Al devenir humano lo huelo de lejos". Por Washington Abdala

Washington Abdala. Foto: Archivo El País
Washington Abdala. Foto: Archivo El País

Hay veces en que tengo la sensación de que ya vi las películas, de que conozco su final, de que sé lo que dirá fulano y mengano. Intuyo lo que pasará y hasta los momentos trágicos tengo olfateados. Tengo un “dejá vu” hijo de la universidad de la vida (la otra enseñó otros menesteres). Suena soberbio, no es así, es que veo venir los remates de los pensamientos, conozco las anécdotas (las mismas de siempre) de mucha gente, es más, tengo claro cuándo me están mintiendo o cuándo estoy delante de un acting válido. Y por supuesto al devenir humano lo huelo de lejos y en política logro discernir cuándo el actor de turno está baldeando la vereda o cuándo están cambiando los caños del baño.

Percibo, soy bergsonianamente perceptivo, es una de las condiciones que me ayudan a sobrevivir. Percibo medianamente bien lo que el otro está cavilando. (En lo emocional no soy bueno, en lo relacional, en lo cognitivo y en los anhelos humanos los detecto al toque. Cuando me venden figuritas los cazo al vuelo. ¡Éramos tan pobres! Decía el maestro Olmedo).

No siempre fue así, es una condición que se desarrolla con el vivir, con el boliche, con el sufrimiento, con el correrse de escena y analizar a fondo todo de manera milimétrica. Con la experiencia se crece. (Todo buen docente es autocrítico de si mismo, y solo se supera con trabajo y método, de lo contrario es un ser ignoto de su peripecia. Y la política requiere de cierta alienación pero también de bastante introspección o se termina delirando. No pongo ejemplos).

Hay que revisarse a uno mismo a diario (Sócrates), aceptar como se es (Shopenahuer), perder importancia hacia adentro (Kierkegaard) para ayudar a los de afuera. Lo digo y tengo claro que al mirarme al espejo siempre hay una versión -de mí- mejor de la que veo, pero la tengo que forzar para que salga, es un diálogo conmigo mismo. Es que siempre están los dos tipos en tensión: el que sostiene el deber ser y el que simplemente es. Y los dos son el mismo.

A mí me gusta que gane el moralista, el jacobino, el que no afloja a las tentaciones y el que va por el sacrificio. Por eso sin ser católico soy admirador de Jesús. Es más, me parece la referencia más imponente del relato histórico y por eso posee la significación que posee. Nadie le regaló nada. Y me gusta el Jesús completo, el de la puerta del templo con los fariseos, el que se enoja con los poderosos, el que se sacrifica por el otro, el que exuda sentido magnánimo, ese que en solo tres años -creyentes o no- revolucionó el mundo y cambió el eje existencial para una cuarta parte de los humanos del planeta.

En mi caso -a esta altura- me gana por paliza el deber ser. Ya no soy sino lo que debo ser, lo que entiendo correcto. No pongo el cuerpo para recibir la pelota, si viene la pateo y si no me toca cabecear, cero estrés, no tengo miedo a casi nada, porque -repito- las películas (casi) las vi todas y tengo algunos finales fabulosos en mi mente y montones de piñas y dolor ya procesado. (Que me van a hablar de amor, Julio Sosa).

¿A qué viene esta catarsis? A que mis lectores saben que esta columna es de todo un poco, puede tener humor, algo de ciencia política, filosofía, charlas de coyuntura, mis enojos, mis sentires y procura ser un quiosco de libertad en una sociedad que se encierra en lógicas de pensamiento políticamente correcto, donde hay miedo a ser y decir todo lo que se piensa porque ahora hay limitaciones retóricas por las “intenciones” que se prejuzgan. ¡Ey! ¡Miren que murió gente por los derechos de otros! No es por allí la bocha. Siempre que no sea incite al odio o no haya vejación de la dignidad de nadie, podemos decir lo que se nos canta con tranquilidad y sin ofender. Entonces en una fecha tan profunda como la de hoy para los católicos, uno que no lo es, sabe reconocer en Jesús el inmenso bien que hizo a la humanidad y aún lo sigue haciendo con su narrativa, con su discurso y con su moral.

Los que tienen fe, bien por ellos. Los que no, aplaudimos al individuo que entregó su vida haciendo lo mejor para y por los otros. Lleva más de dos mil años en el estrellato y no había redes sociales cuando arrancó. No le ha ido nada mal.

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