COLUMNA CABEZA DE TURCO

Opinión | Del dolor al aprendizaje 

"Los que no entienden esto son necios y miserables". Por Washington Abdala. 

Washington Abdala. Foto: Archivo El País
Washington Abdala. Foto: Archivo El País

Procesar el dolor de todos y cada uno de nosotros no es un asunto fácil. El dolor se mete en el alma o en el cerebro, da igual, y no permite vivir en paz. Y nadie tiene un dolorímetro que permita sacar pecho diciendo “mi dolor es importante, el tuyo no vale”. Sin embargo, cada dolor, para cada uno de nosotros es angustiante y estremecedor.

Solo el cínico se ríe del dolor porque, pobre tonto, su dolor le angustia tanto que hace de él un desquicio. (El bufón).

Hay dolores que vienen de adentro, uno ni sabe cómo se instalaron allí. Hay dolores que la vida escupió de manera extraña en el andar y laceran la respiración. Hay dolores que son de otros pero que uno incorpora por amor al prójimo. Los dolores de nuestra gente (familiares y amigos) son los más insufribles porque uno está allí y no puede hacer nada relevante.

El dolor es el socio de la vida. La vida sin dolor no existe, pero tampoco la vida solo con dolor es soportable. Demasiado dolor saca de la cancha. Nada de dolor atonta.

Por eso hay que asumir que reducirle dolor a la vida, a la de uno y a la de la máxima cantidad de humanos, es uno de los cometidos del “ser”. Obsérvese que no hablo de generar “felicidad”, apenas entiendo cómo se alcanza y no me animaría a impulsar este asunto por no estar bajo mi competencia. Pero la vida sin demasiados dolores no debería ser un asunto tan complejo de evitar si nos pensáramos en términos de comunidad. Además, en medio de una pandemia solo cabe ser solidarios en serio, no hay espacio para el egoísta, ni para el ególatra.

Hay que poner tiempo, ganas, dedicación y voluntad en la vida de los otros para achicar demasiado dolor que anda merodeando por allí. No es que me volví pastor, es que en cuanto humanos, la vida del otro con dolor profundo es un martirio. Y si podemos ayudar, ayudemos.

Martin Heidegger hablaba del humanismo. Sostenía que el hombre para ser tal, necesitaba de libertad y dignidad. Ahora, que lo releo me doy cuenta que está hablando de la vida sin dolor, de una vida simple, luego el destino dirá hacia dónde irá cada uno. Pero sin esos valores no hay camino posible.

Y el presente es un camino doloroso, perdemos gente todos los días y es como una guerra extraña en la que el enemigo es un espía, nos mata por la espalda y no tiene rostro. El Covid es traición pura.

Por eso es una hora de generosidad, de mucho esfuerzo por dar hacia el otro más de lo que habitualmente damos; es una hora también de solidaridad en silencio porque el que marquetinea esos menesteres le termina restando nobleza al acto.

Todos podemos hacer cosas por los otros. Desde los que trabajamos en contacto con la gente, hasta el que está con una computadora en algún lugar del mundo creyendo que está solo. Pues no es así, si algo sabemos ahora es que somos una manada gigante que padece de lo mismo. Esto de dialogar con la muerte a diario es inescrupuloso e hiriente y nos ha ido erosionando la forma de existir porque nos ubicó en un lugar irracional. Son años duros, crueles, fieros ante tantas partidas de amigos, pero son años en los que, una vez más, aprendemos como humanidad que la resiliencia, la templanza, el acompañarse, la comprensión hacia el dolor del otro, la introspección hacia nuestro propio dolor, todo eso nos hace un poco mejores. Y los que no entienden esto son necios y miserables.

Ser mejor gente, en medio del infierno que nos ha tocado padecer, no es poca cosa. Hemos visto la grandeza de personas que no imaginábamos poseían ese don y hemos padecido las miserias de otros que no vale la pena recordar. Todo ha salido a luz. Y todo deja su marca. ¿Seremos distintos cuando salgamos de esta pandemia? Pues sí, no sé cuánto, pero este episodio en nuestra vida no es como el cierre de la Remington, esto que padecimos no se nos olvidará por un rato. Por un rato largo. Y en ese largo rato deberíamos aprender a ser un poco mejor humanos. La lección debe dejar aprendizajes, de lo contrario no habrá tenido sentido soportar tanta oscuridad.

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