COLUMNA CABEZA DE TURCO

Opinión | Sobre cisnes negros malditos

“Está lleno de vaticinadores del futuro a los que les prestamos atención”. Por: Washington Abdala

Washington Abdala
Washington Abdala. Foto: El País.

Estuve releyendo El Cisne Negro de Nassim Nicholas Taleb. Me compré ese libro en Guatemala hace algunos años. Al comprarlo lo viché un ratito (tengo la técnica de leer cinco o seis carilla al azar del libro que sea, si me gusta y me conmueve algo de lo que está escrito, lo compro) y quedé prendido al toque.

Nassim Nicholas Taleb escribe claro, nunca sentí que me estaba dictando cátedra sino que simplemente estaba ilustrando de algo que yo no quería reconocer por pequeño humano necio.

La verdad, el impacto de lo improbable -en nuestro diario vivir- no es tan improbable. Para mi esa sería la tesis central del Cisne Negro. Y la tesis por la que no miramos lo que puede suceder (sea lo que sea) es que los humanos estudiamos poco lo desconocido y profundizamos mucho lo que ya conocemos. Eso nos hace débiles, frágiles y redundantes. Esa es la clave para captar la razón por la cual los cisnes negros no son tan improbables. ¿No sabíamos que un avión podía chocar contra una torre de edificios por grupos terroristas que odian a Estados Unidos? Tuvo que pasar un 11 de setiembre para que sucediera lo que no queríamos ver. ¿Pandemias? No me da la cabeza para contar la cantidad de ellas y advertir que siempre nos sorprenden. Y muchas son causadas por la ignorancia humana de aplicarnos con los animales (prestá atención la palabra que uso “aplicarnos”) es enorme.

Burbujas inmobiliarias, crisis financieras, países en dictaduras narcos por la vuelta, que sé yo, sobran casos y no deberíamos decir que todo eso nos resulta ficcional. No lo reconoce el necio. La semana pasada quedé mirando el vuelo espacial de Elon Musk y cuando quería ingresar con mi hijo en la maravilla de la conquista del espacio y volarme en esa ensoñación, Estados Unidos se detona y arranca en lo que vimos. Espectral e impactado. La realidad no da tregua y no somos demasiado lúcidos para decodificarla.

Luego las muertes de uruguayos en los días subsiguientes. Y ahora que estoy escribiendo esto, tengo temor que -como entrego el artículo algunos días antes- la realidad de este domingo sea tan inconcebible que estemos en otra alienación y la nota pierda sentido por cualquier locura que pueda suceder.

Y ojo que está lleno de vaticinadores del futuro a los que les prestamos atención con generosidad magnánima, típica de gente buena que a cualquiera oímos con respeto. En algunas de mis profesiones, varias, demasiados son expertos en vender camelos y montar argumentaciones adversariales que no se compadecen con la verdad. La verdad es una cosa, la argumentación de la misma, otra muy distinta. Un complejo lío retórico. Ni te digo si le sumo una pizca de semiótica, allí entramos en una licuadora en la que está bravo saber que es lo “real” y que es una “performance”. Lo otro que creo que nos complica la vida es el sesgo cognitivo. No pocas veces queremos creer algo y así nos metemos en esa dimensión sin dudar nada de lo que la evidencia empírica muestra.

No es casualidad que Taleb termina el libro volviendo a Séneca, el gran pensador que lo tenía todo pero que vivía la vida sabiendo que en cualquier momento todo se perdería. Por algo -dice Taleb- le enseñó a Montaigne que filosofar “es aprender a morir”.

No digo tanto, pero una clave para vivir con cierto equilibrio es la mirada estoica, el espíritu estoico, la entrega hacia el otro y saber bancar lo desagradable sabiendo que la vida viene con ese bonus track. Si sabés eso, listo, estás preparado para vivir, mirar los Cisnes Negros, seguir tomando tu mate sin drama sabiendo que la humanidad es algo superior a los episodios cotidianos que nos golpean. Por eso -y lo escribe un no creyente- Jesús, Mahoma y Buda son ejemplos para todos, para creyentes y no creyentes, porque de alguna forma aterrizan la correcta moral humana del “deber ser”.

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