CABEZA DE TURCO

Opinión | Batallando contra la mediocracia

"A los que nos montan engañifas más vale olvidarlos". Por: Washington Abdala. 

Washington Abdala
Washington Abdala. Foto: El País.

Las lecciones de la realidad no matan al idealista: lo educan. Su afán de perfección tórnase más centrípeto y digno, busca los caminos propicios, aprende a salvar las acechanzas que la mediocridad le tiende… No puede doblar la realidad a sus ideales pero los defiende de ella, procurando salvarlos de toda mengua o envilecimiento”.

José Ingenieros debería ser lectura obligatoria como lo fue, alguna vez, Carlos Vaz Ferreira en este país; uno argentino, el otro uruguayo, ambas mentes privilegiadas que escribieron para la posteridad.

Si algo estamos perdiendo, en estos tiempos, es profundidad en el pensamiento, por eso sentimos que nos ahogamos en el mundo de los “pragmatismos” y dentro del “eclecticismo valorativo”. Se debe estar del lado de José Ingenieros: el idealismo implica una postura mental superior, una búsqueda por la verdad o la virtud que termina coronando acciones concretas dentro de la sociedad. Si, además, al idealismo se le añade el liderazgo humanista (en general de espíritus jóvenes, sostiene José Ingenieros) entonces aparecerán las generaciones que refutarán la mediocridad organizada, esa que impregna la sociedad y que nos hunde con su talante oscuro, depresivo e inmovilista. El hombre mediocre es, entonces, un libro imprescindible.

No lo neguemos, el presente no es un campo donde el pensamiento agudo esté activo, no estamos dentro de la batalla del positivismo versus el espiritualismo, menos aún es la pelea filosófica del pensamiento marxista contra el capitalismo, ni siquiera hay contencioso entre el mundo global y los mundos regionales. En realidad, nadie se hace cargo de ninguna biblioteca. Y los que así lo hacen nos huelen demodé, anacrónicos, tituladores de portada y no logran que nos identifiquemos con ellos. Son bravucones de palabra y fariseos en la puerta del templo.

Las ideologías están en problemas (siempre lo estuvieron pero el presente planetario nos alucina) y no está claro si podremos revivir lo mejor de ellas (la mayoría es pesimista), pero es obvio que a puro pragmatismo un día nos levantaremos y el mundo será el último círculo del infierno del Dante.

Ya sabemos como terminan las películas cuando los idealistas-humanistas son empujados al abismo por los tiranosaurios-autoritarios que solo blasfeman desde el encono, el odio de clases y algún chivo expiatorio de turno para conjurar sus teorías del enemigo. La humanidad ya debería haber aprendido de este asunto. Y si lo hubiera aprendido, no se habrían concedido tantos premios Nobel de la Paz que luego resultaron una afrenta sometidos al rigor histórico de la realidad.

A pesar de todo, creo que el humanismo vive y lucha. Los humanistas no son un club de pequeños burgueses que se juntan los viernes a tomar licores para hablar de la libertad mientras ella es conculcada a cinco cuadras, y menos aún son los que desde sus mundos corporativos leen la realidad (primero mi partido político, primero mi sindicato, primero mi núcleo de amigos, primero mi grupo de referencia y así hasta terminar en sus mascotas). En realidad, los humanistas saben que hay valores a rescatar como: la igualdad, la justicia, la solidaridad, el amor, la felicidad colectiva y los derechos que por esos valores emergen (José Artigas tuvo claridad en todo este panóptico) y para ellos trabajan, para que lo cotidiano sea siempre un poco mejor. Sencillo, sumando, siempre sumando. El humanista no anda blandiendo sus objetivos en cuanto cajón se le presenta para subirse a él y vociferar su credo, solo lo va cumpliendo. Es un servidor porque sabe que no llegará jamás a la meta pero su periplo paga su andar. Y posee siempre esa cuota de romanticismo-estoico que le motoriza el alma. Esos son los que vale la pena ayudar y empujar. A los que nos montan engañifas que quieren representar lo que no es, más vale olvidarlos. Buen domingo.

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