COLUMNA  CABEZA DE TURCO 

Opinión | Más o menos somos así

Nos asquean los demagogos que siempre saben decir la mentira justa.

Demagogia
Foto: Flickr.

Vamos apelotonados en los transportes colectivos o sentados (pero apilados) de manera ordenada. Nos movemos por sendas, todos juntos, mirando las mismas cosas y con la convicción de que el otro no es nadie para uno, pero está allí.

Sudamos, caminamos, corremos, matamos calorías, pensamos (¿pensamos?), estiramos y seguimos. Nos subimos a los aviones y nos apilan de vuelta. Nos bajan. Nos suben. Nos meten a todos juntos en auditorios y nos dan clases de lo que sea. Cualquiera es un señor. Dicen que nos enseñan. Dicen que aprendemos. Dicen.

Nos metemos en el cine y todos —juntos— lloramos y reímos comiendo pop. Luego, cuando la luz se enciende no somos nada de nadie con nadie, sin embargo estuvimos conectados por algo que no existe en la vida real y sentimos la misma emoción ante el estímulo inexistente. ¡Corréte vieja tosedora! Vamos a reuniones en las que estamos con otras gentes y comemos otros animales del planeta que nunca nadie les preguntó si querían ese destino alimenticio. (¿Ya llegamos a Soylent Green?).

Empujamos a otros en una feria cualquiera donde haya cosas inútiles para comprar. Vamos allí como si algo mágico fuera a suceder y todos compramos chucherías, artículos absurdos y ropa que nunca usaremos. Le creemos a alguno que nos habla de política o de amor. Lo seguimos o la seguimos y tenemos la convicción que esa persona nos hará bien o nos ama (las probabilidades que nos claven —los dos— son elevadas).

Pensamos en los “otros” solo cuando dejamos de pensar en nosotros. O sea la solidaridad existirá a partir de nosotros: ser solidario arranca desde lo individual. Vamos a clubes a hacer deporte, corremos pero no queremos saber nada de la vida del tipo que está a nuestro costado. (¡morite flaca!).

A veces, vemos la televisión abierta para recordar el pasado cuando esa cajita lo era todo y Pipo Mancera era eterno. Ahora vemos Netflix en ese aparato y así seguimos evadiendo la realidad. Nos ponemos los auriculares y volamos. Cada vez nos importa menos todo, los comunicadores, los líderes políticos, los religiosos, todos.

En algún sentido somos “ganado”, parecido al que llevan a matar a los frigoríficos, solo que un poco más consciente de todo, por eso —igual que esos bichos— nos produce estrés el momento final.

Nos inquietan los imbéciles que se extralimitan en sus retóricas cuando no hay margen para ello. Nos sublevan los cobardes que no tienen los cojones que la hora impone para decir la verdad sin buscar ganancias de algún tipo. Nos asfixian los cínicos que ahora son retóricos con palabras armoniosas para seducir nuestra voluntad. Y nos asquean los demagogos que siempre saben decir la mentira justa para robarnos la poca libertad que nos queda.

Somos ganado, sí, pero un ganado de buena calidad, con una trazabilidad dada por la consciencia que nos permite saber quien será nuestro guillotinador. Ya no importa si es Robespierre o Danton. Da igual. El invento siempre mata al inventor. Estamos casi perdidos porque solo en algunos momentos logramos ser lo que deberíamos ser. Y, sin embargo, a pesar de tanta gangrena el humano avanza, mejora, educa mejor sus hijos y a los hijos de sus hijos. Se cae, se rompe las rodillas, las tiene ensangrentadas, pero sigue, sigue, sigue. Siempre sabiendo que hay que hacerlo por los que vienen detrás, aunque no crea en el detrás, sin embargo todos seguimos empujando el carro por y para los otros.

Hay una inercia que no es mala en lo que hacemos: es hija de lo correcto, de lo mejor, de lo positivo. En el fondo, en las vidas de todos el planteo moral siempre está presente. Se sale bien de este asunto haciendo lo que se debe.

La buena gente muere con una sonrisa imaginaria en los labios. Los otros mueren puteados.

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