COLUMNA CABEZA DE TURCO

Opinión | Abuelos contra el COVID

"Tuvo que irrumpir una pandemia para ubicar lo sensato". Por: Washington Abdala

Washington Abdala. Foto: Archivo El País
Washington Abdala. Foto: Archivo El País

Los abuelos han odiado al COVID pero no lo han expresado de manera abierta porque son gigantes. La mayoría de los que han caído son abuelos y como demasiada gente considera que la edad acumulativa es señal de despedida de la vida, no pocos de manera implícita miraron con desdén la intensidad del deceso de los abuelos ante el COVID. ¡Total! Ya estaban “viejitos”, pensaron los muy cretinos.

Los abuelos -en todo el mundo- han mirado por internet y por mil plataformas tecnológicas a sus nietos; han tenido que aprender a amar por una pantalla virtual, apretando teclas de manera errática mientras siguen soportando “estoicos” no poder abrazar, besar y tomar un vaso de leche con sus nietos. Claro, los abuelos son fuertes, han llegado hasta aquí, pero no son tan potentes como para vivir aislados.

Los abuelos saben que sus tiempos no son los de los demás, intuyen la finitud mejor que nadie, pero como son tan (súper) experientes, por suerte, en el destino cotidiano se olvidan de esa percepción, aunque -es notorio- se han llevado la peor parte en todo este tsunami.

Es verdad, los niños han sufrido depresión, las edades jóvenes socializaron menos, los adultos tuvieron que aprender instrumentos de conexión que no conocían, pero los abuelos fueron dejados de lado -en buena parte del planeta- siendo además la primera trinchera ante el COVID. No doy referencias geográficas, pero países que son considerados un ejemplo en su calidad democrática dejaron de lado a la tercera edad cuando las primeras olas del COVID arrasaron. Esos países -siempre modélicos- solo vieron cómo se descargaba el tambor del COVID mientras sus viejos morían al por mayor dentro de residenciales preciosos, equipados con todo pero inútiles al fin y al cabo. (En eso, digamos la verdad, el Uruguay abraza con enorme solidaridad a sus más viejos con lo que tiene y puede).

Es que los viejos tienen pocos abogados. Muy pocos de veras se preocuparán por ellos. Hay cierto sentir tácito que sostiene la idea: “Vos ya viviste, ahora dejá a los demás”. Y ese pensamiento -nunca expreso- es el que impulsa a otras generaciones a correr las prioridades y dejar en el último lugar a los abuelos. No son grupo a ser tenido en cuenta, no tienen lobby relevante, no son una minoría que se pare y se oiga su voz, no pueden detener la economía mundial y su productividad ya no existe. Son rehenes de su debilidad. Simplemente ante la fragilidad del lobo nace lo peor del propio hombre. Por suerte, algunas culturas, como la italiana, la judía y la japonesa (por citar ejemplos dispares) hacen un culto de los más viejos.

El COVID, en el fondo, despertó un humanismo que se estaba perdiendo para con los veteranos, avivó la llama de que ser grande no es sinónimo de defunción mañana a las tres de la tarde, sensibilizó a comunicadores y se logró que el orden de vacunación planetaria arrancara por allí.

Sensatez, sensibilidad y sentido lógico. Pero ¿qué delirio no?

Tuvo que irrumpir una pandemia para ubicar lo sensato en el lugar de lo sensato.

Si alguna duda teníamos de que las cadenas familiares son necesarias, que las generaciones se necesitan en su socialización, que no es verdad eso que a cierta edad rajo de mi familia y no me importan los más viejos, sencillo, irrumpió el COVID y demostró que esa era una mentira hiriente.

Por eso la victoria sobre el COVID es mucho más que una victoria sanitaria. Es la victoria por la vuelta a los lazos sociales y familiares, con el relato del abuelo o la tía veterana que narra sus peripecias (reales o inventadas, tanto da) y nos hacen sentir la emoción de ese viaje; es el ejemplo de vida de los más viejos como el que nos legó Luis Alberto Colotuzzo no siempre recordado como merecería. (Siempre pasa que cuando falta el protagonista nos avivamos tarde de su aporte).

En la manada estamos todos, no se abandona a los viejos, al contrario, se va a su velocidad y estamos juntos.

Vale recordar esto en tiempos donde el destino nos obligó a ser anacoretas.

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