COLUMNA CABEZA DE TURCO

Opinión | Ya sabemos quién es quién

"Algunos quedarán del lado de la entrega". Por: Washington Abdala.

Washington Abdala. Foto: Archivo El País
Washington Abdala. Foto: Archivo El País

Las sociedades tienen diversas formas de asumir el presente desafiante. Cada una reacciona según el temperamento que posee. Algunas logran procesar la contingencia en base a matrices culturales dotadas de respeto (o temor) hacia la autoridad. La autoridad señala el camino y la gente recorre ese periplo. Otras sociedades, con menos sumisión ante la autoridad pero mayor cultura cívica y sentido de lo comunitario, recorren la incertidumbre con “enlaces” que les permiten superar lo que se vive. En ellas se construyen puentes sociales y el poder no tiene la necesidad de balizar los caminos de forma imperativa. El poder organiza, hace y orienta pero no digita “in totum” el recorrido social.

Y están también las sociedades que se disgregan, las que no logran captar la gravedad de la hora y profundizan sus divergencias, sin comprender que ese talante solo producirá resultados negativos y menos soluciones. Estas serían las sociedades en las que ni el Estado, ni la comunidad poseen reglas mínimas. Son básicamente hijas de la anomia.

En alguna de las tres tipologías, el lector ubicará al Uruguay. Creo que somos parte de la segunda categoría. Mis razones, ahí van. Primero el circulo rojo de la prensa, de la comunicación y de los medios masivos creen que el mundo se juega allí, sin saber que por más que es relevante ese rol, la verdad es que la vida real está afuera de lo que rebota en radios, diarios, televisión y redes sociales. Estás últimas, inclusive, son solo un reflejo parcial de la realidad. Si creyera que los uruguayos somos las pestes malignas que emergen de las redes sociales -por lo que se brama allí- seríamos seres pestilentes. No, no somos así. Mentira. Segundo, el Estado rema con lo que puede, pero la sociedad siempre es más que el Estado y rema con lo que es. Lo que se tiene nunca le gana a lo que se es. El ser es más que el tener. Erich Fromm básico y el que no lo comprende, no entiende que el desafío COVID es al país, no al gobierno o al Estado. El Estado debe organizar las políticas, pero los que nos empoderamos de la vida somos los ciudadanos. Cada rol es distinto y no se puede traficar gato por liebre.

Tercero: o se le tiene fe al país o no se le tiene. Yo le tengo enorme fe. El gobierno, por su parte, en situaciones como las que se padecen se aleja de lo filosófico y va por las soluciones pragmáticas. Esa es la postura mental que hace bien y que ayuda a salir de bretes. No jugar al achique. Se pelea por más vida en un combate con la muerte. ¿Qué no se entiende? Creo en los uruguayos. Somos complejos, es cierto, somos rebeldes, es verdad, pero cuando no nos queda otra sabemos sacar lo mejor de nosotros y comprender que no nos va a salvar nadie. Estamos nosotros contra el bicho.

El mundo no espera por nosotros que somos tan especiales, sin embargo, nosotros en el mundo hemos sido ejemplo de civilidad, de humanismo, de solidaridad y de entrega colectiva. No hoy, siempre. Y eso es bueno afirmarlo como sentido de país, sabiendo que en una embestida brutal -como esta maldición que nos cayó encima- nos encuentra más unidos que distanciados. Los que pongan palos en la rueda, se equivocan y duele que se equivoquen, pero allá ellos.

La gente no es tonta y sabe dónde está cada uno en la cancha, quién especula, quién sanatea, quién se juega el todo por el todo y quién hace la plancha.

El ojo escrutador del ciudadano, que es la vez el militante por la vida -que está peleando minuto a minuto para salvarla- sabe que no queda otra que sumar, que arrimar afecto, comprensión y solidaridad en medio de este funesto momento de la existencia republicana. Acá no hay Aquiles que nos salve, somos nosotros mismos.

Ya pasará, más temprano que tarde, y ya recordaremos esto como uno de los momentos más duros que nos tocó vivir en la historia contemporánea. Y algunos quedarán del lado de la entrega y otros del lado de lo diminuto. Cada uno sabrá quién es quién. El ojo histórico, por suerte, relojea bien.

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